martes, 22 de julio de 2014

El derrotismo por sistema


En la estupenda serie «Deshinchar a Castellani», que Hernán está desarrollando en su blog, y que recomiendo a todos los que les gusta Castellani sin estar en lista de espera para casarse con él, se explaya sobre la actitud del cura (y con él de mucha "intelectualidad" de la época) ante el alunizaje del 69. De allí salió la referencia a palabras de Pablo VI en el mismo contexto del hecho: la audiencia del miércoles 23 de julio de 1969 habla elogiosamente del progreso técnico, de cómo ese progreso no se opone a la fe cristiana, y allí se encuentra este párrafo:

«[...] también podríamos observar, de paso, cuán fuera de lugar está, al menos en este campo, ese derrotismo hoy de moda contra la sociedad y sus emprendimientos, y en general contra la vida moderna. Este derrotismo seduce incluso hoy a buena parte de la juventud, y a hombres de pensamiento y de acción; hablan de progresismo insolente, lo cual parece conferirles un aire de superioridad; cuando están llenos de instintos rebeldes, y de un desprecio prejuicioso contra nuestro tiempo y su esfuerzo creativo. Pero la vida es cosa seria; y así nos lo enseña la cantidad inmensa de estudio, gastos, trabajo, tentativas, riesgos y sacrificios que una colosal empresa -como esta espacial- ha exigido. Criticar e imprecar es fácil; lo difícil es construir y cooperar; no sólo en este tipo de iniciativas sino en muchas otras que fundan nuestra civilización actual.
Por esto, creemos que el acontecimiento que celebramos nos obliga a reconsiderar y a apreciar los valores de la vida moderna. No negamos el derecho a la crítica, y no nos oponemos al genio de la juventud con su instinto empancipador e innovador. Pero creemos que el decadentismo iconoclasta y sin amor de los impugnadores de profesión es indigno de esa juventud. Los jóvenes deben acoger el impulso idealista y positivo que conlleva la magnífica aventura espacial.
Y aquí una consideración más: nuestra abierta aprobación hacia la conquista progresiva del mundo natural, hecha mediante la investigación científica y los avances técnicos e industriales, no está en contraste con nuestra fe, y con la concepción de la vida y el universo que ella comporta.» (tr. Hernán)

El problema no es propiamente ver derrotas donde hay derrotas, e incluso lamentarse por ellas, sino el derrotismo por sistema, el suponer que porque algo es nuevo, o aceptado por muchos, o vigente, a actualizado, es necesariamente sospechoso, cuando no por principio equivocado y demoníaco.

«Hijo, estos tiempos no son lo que era antes...» esa frase no proviene de un nostálgico de nuestro siglo, sino de un poema egipcio del siglo XXV aC. Hace 4500 años, y más también, ya experimentaban la falta de suelo, de certezas, de estabilidad, de la vida vivida y experimentada hoy, y ya se angustiaban por compararla con la aparente solidez de la generación anterior. Solidez sólo aparente, porque comparamos algo en desarrollo con algo que ya ha dado frutos. El mito de la edad de oro sigue funcionando en nosotros con la misma fuerza que en los tiempos de Hesiodo.

El devenir del mundo es siempre una transición, a nuevas formas de concebir y experimentar la humanidad, y crecer en ello; eso es y fue siempre así, pero hay épocas, como la nuestra, en la que los cambios se aceleran, la desorientación general es más grande, y un derrotismo de "los lúcidos" -que pretenden parapetarse en las certezas ya conseguidas siglos antes- no aporta nada, y por el contrario, ayuda a que crezcan la angustia y la desazón.
Porque el peligro del derrotismo por sistema no es con uno mismo. Si todos nuestros problemas fueran nuestros personales sentimientos y estados de ánimo, ya está cada uno para apañarse con ellos. El problema fundamental es que somos custodios los unos de los otros. Custodios por naturaleza, pero los cristianos sabemos que también lo somos -doblemente- por gracia.

La comunidad de Corinto le plantea a Pablo el caso de un cristiano que escandalizaba por su inmoralidad. La primera reacción de Pablo fue preservar la pureza escatológica de la comunidad (1Co 5) y mandarlos que expulsen al mal hermano. En aquellos tiempos muy iniciales de la Iglesia (esta carta se escribió un par de décadas antes que los evangelios), aun esperaban que la venida del Señor fuera inminente, entonces no cabían planteos como los que puede hacer hoy un papa Francisco, de la Iglesia como "hospital de campaña", era más la agrupación de los que estaban a la espera del acontecimiento inminente, y es lógico que desarrollaran ese sentimiento de superioridad que da el saberse del lado de lo verdadero y definitivo.
Lógico, pero ¿adecuado?. El propio Pablo reflexiona sobre ello, y produce una segunda respuesta, de mayor profundidad:
«Bastante es para ese tal el castigo infligido por la comunidad, por lo que es mejor, por el contrario, que le perdonéis y le animéis no sea que se vea ése hundido en una excesiva tristeza. Os suplico, pues, que reavivéis la caridad para con él.» (2Co 2,6-8)
La primera respuesta miraba al ideal de la comunidad, la segunda mira a la realidad del hombre, a ese ser débil, que siempre está al cuidado de los demás, incluso cuando aparentemente no lo esté, o diga no estarlo, o crea no estarlo. Somos en parte responsables de la tristeza o alegría (auténticas) que haya en el mundo, y la continua denuncia, la continua descalificación, la continua queja, la continua desvalorización, aun cuando se hiciera sobre cosas completamente ciertas (que además no siempre es así), en tanto aumenta el estado de tristeza en el mundo, lo cierra y envuelve en su no-salvación, en su angustia y aprieto de estar fuera de Dios.

No se trata de optimismos o pesimismos. Esos son estados psicológicos, que pueden o no darse, subjetivamente, y están o no ligados a los datos de la realidad. No se trata de estados psicológicos sino de mirada -incluso de forzarse-, de echar un tipo de mirada que sabemos que ayuda, que "cuida", que alienta y traza camino.

Si pueden ser ciertas muchas cosas que la mayoría de sitios católicos denuncian sobre nuestro mundo presente, el hecho de que esa denuncia se haya convertido en el sistema de "ser católico" en la red, en la cara visible del catolicismo virtual, lo vuielve enfermizo e inválido, por no decir abiertamente antievangélico.

sábado, 5 de julio de 2014

¿Qué espero del sínodo de la familia?


La verdad es que a la vista del "instrumentum laboris" y de la ideologización general que hay en la Iglesia, según la cual importa primero si eres "progre" o "retro" y luego si hay razones en lo que piensas, hay poco para esperar del Sínodo y de nada. Pero de todos modos un sínodo, hermano menor de un concilio, es un acontecimiento especial de gracia, un momento de impulso del Espíritu Santo, y él sí puede hacer mucho, como hizo mucho en cada uno de los concilios, en especial en el Vaticano II.
¿No será "en especial en el de Nicea I" o "en especial en el de Trento"? No, es "en especial en el Vaticano II", porque en cierto sentido todos los anteriores lo tuvieron un tanto más fácil (y fueron concilios difíciles, de tiempos muy conflictivos!); el Concilio Vaticano II tuvo que bregar por hacer pasar a la Iglesia del repliegue en sí misma de la modernidad a una nueva apertura, que la recondujera a lo que ella es: nada en sí, todo desde Cristo, todo para el mundo. Fue un concilio para pasar de la modernidad a la posmodernidad.
No se consiguió en todo, pero sí en mucho. Entre los diversos "aggiornamientos", doctrinales, teológicos, litúrgicos, pastorales, no se abordó un aggiornamiento muy necesario, pero para el que posiblemente la Iglesia no estaba preparada: el aggiornmamiento moral. Sólo la moral (no específicamente la sexual, pero es la más visible en este punto) quedó anclada en el moralismo moderno.
Sería una simpática ironía (de esas que gustan al E.S. y que tanto se ven en la Escritura) que un moralismo inventado por jesuitas sea liquidado por el primer papa jesuita; pero bueno, no es él el que lo liquida, sino una Iglesia que en este momento marcha en ritmos (mal) sincopados: una buena parte va bastante a tempo, en el ritmo del Concilio Vaticano II, tratando de mantenerse pertrechada para el encuentro con la posmodernidad, y una parte viene un tiempo más tarde, a las cansadas, arrítmicamente sincronizada todavía al mundo moderno, y respondiendo a criterios y problemas que el mundo ya no tiene.
Porque toda esa moral que algunos se aferran en defender como el non-plus-ultra de la moral cristiana, o el destilado quintaesencial del irreformable pensamiento de la tradición (perdón, de la Tradición), no tiene más de cinco siglos, es jesuítica de punta a punta, porque es casuística de punta a punta, y tiene como eje el muy jesuítico reemplazo de la conciencia personal por la conciencia del director espiritual.
Claro que ya no es común el director espiritual, así que a la heteronomía de la conciencia hasta cierto punto admisible de abandonarse en manos de otra persona de más experiencia, le sucedió la heteronomía de abandonarse a la interpretación (de más en más literalista y carente de matices) de encíclicas y documentos... La pregunta moral por excelencia «¿entonces qué debo hacer?» resulta ser respondida con: «Lo que dice la "Humanae Vitae"».
Lo que espero del Sínodo de la familia es que se anime a poner como punto de partida la conciencia del creyente: no los documentos, ni la doctrina, ni el director espiritual, sino la conciencia de cada creyente, a partir de lo cual cobran sentido las demás realidades.

Por ejemplo, a la pregunta "¿puede comulgar el que está en una unión matrimonial irregular?" Yo desearía que se respondiera: "es algo que cada creyente tiene que preguntarse y responder primero desde sí mismo, desde su propia conciencia de creyente, en oración, ante la Escritura, ante el Santísimo, ante la exigencia misma de la grandeza del misterio al que quiere acceder. Si le resulta enorme el peso de esa respuesta, que lo consulte con su confesor, su director espìritual, su párroco, su obispo".
No otra es la pregunta que debe hacerse cada creyente para entrar en comunión con su Señor, y en él, con la Iglesia. Resulta un tanto indigno pretender reducir la cuestión a una lista, necesariamente casuística, de los que pueden y los que no pueden comulgar.
La responsabilidad de acercarse a la comunión o no hacerlo sólo la puede tener el propio creyente, ya que tenemos los dos mandatos contrapuestos de respetar la trascendente santidad de la Eucaristía, al tiempo que el contenido de esa misma Eucaritía es "tomad y comed todos de él".

Otro ejemplo: la Humanae Vitae retoma (un poco a regañadientes, n. 7) el concepto de "paternidad responsable"; hace una estupenda síntesis doctrinaria de un concepto cristiano de matrimonio y amor conyugal (nn. 8-9), y luego deduce de allí, entre otras cuestiones, la del control de la natalidad: "En la misión de transmitir la vida, los esposos no quedan, por tanto, libres para proceder arbitrariamente, como si ellos pudiesen determinar de manera completamente autónoma los caminos lícitos a seguir, sino que deben conformar su conducta a la intención creadora de Dios, manifestada en la misma naturaleza del matrimonio y de sus actos y constantemente enseñada por la Iglesia" (n. 10)
Como principio, no podría estar mejor dicho. Ahora bien: el resultado histórico es que lo que no se dejó a la libre autonomía, en vez de volverse teó-nomo -que es lo que introduce como concepto: "conformar su conducta a la intención creadora de Dios"- se volvió "heterónomo": "¿Entonces, ¿qué método me deja usar la Iglesia?", o aun peor: "La Iglesia te deja usar este método, pero no este", "curso para aprender el método de la Iglesia", etc.
Se sentó a la vez una ficticia división entre métodos "naturales" (típicamente el Billings) y métodos "artificiales". División cuestionable por dos motivos:
-Porque el llamado método "natural" es tan técnico como los otros, sólo que toma como parámetro el ciclo ovular (más visible y por ello en apariencia más "natural"), en lugar de incidir en modificar ese ciclo, como las pastillas, o impedir la unión de óvulo y espermatozoide con una barrera. Sólo es "natural" en apariencia, o bien todos son naturales, porque todos actúan sobre posibilidades que están en la naturaleza de la relación sexual.
-Porque si en los documentos conciliares se habla de que la creación humana y técnica es extensión del poder creador divino, y que cuando el hombre incide en la creación no se opone a los designios creadores divinos sino que más bien los actualiza (esto es doctrina común, incluso mencionada en HV n. 16), ¿cómo es que se va a parar a un concepto en el que la incidencia técnica del hombre parece como raigalmente -y no sólo accidentalmente- opuesta a la acción creadora de Dios?
De esta división surgen los resultados de una lectura heterónoma (y por tanto exterior) de una doctrina que daba (y puede seguir dando) para una comprensión personalista de la cuestión de la natalidad, en donde la conciencia de los esposos fuera el punto de partida, y el diálogo conyugal el lugar donde el poder creador de Dios hablara.

Pienso yo que hay un consenso muy grande entre los creyentes para admitir cambios que serán -sean cuales sean- radicales, si es que se va a las raíces profundas de los problemas, y a la raíz profunda por excelencia, el cambio de época.
El consenso de los creyentes es fundamental, del momento en que en la fe vivida se expresa gran parte del Espíritu. Y en este momento muchos creyentes sinceros, bienintencionados, formados, no pueden, en conciencia, plegarse a las exigencias de una moral puramente moderna (es decir heterónoma y casuísitica), por lo que se da esa impresión de desafección por parte de una masa importante de católicos. No se trata de nada orquestado: la desafección tiene, creo yo, la raíz de no poder discutirse con alguien que de antemano siempre va a tener la razón (la Iglesia), y al mismo tiempo entrar en colisión con lo que personalmente se cree, se vive, y se ve como proveniente de Dios.

Me parece a mí que poner las bases de una superación de esa "arritmia" de la que hablaba antes podrá ser -y ruego que lo sea- uno de los frutos de este sínodo. Independientemente de que los documentos serán, como siempre, conciliadores con todos, y de que conseguirán, como siempre, no dejar conforme a nadie.

martes, 1 de julio de 2014

Jesús y el «sentir general»

Francisco me hace una interesante observación en el post «Ir al mundo». Quise responderle allí mismo, pero mi propio blog me dice que es una respuesta muy larga... cria blogs, y te sacarán las letras.
Dice Francisco (para más contexto, ver todos los comentarios al post):
¿qué debe hacer un cristiano cuando se da cuenta de que no sólo se trata de desiciones puntuales como la del vecino moroso sino de que, peor aún, los fundamentos y objetivos de su comunidad son perversos? Supongo que si la junta de vecinos me convoca a medianoche con antorchas y aperos de labranza para expulsar al vecino moroso o acudir al juez de paz para que ordene a la fuerza pública realizar esta tarea yo podría abstenerme u oponer una objeción de conciencia, pero en el fondo me estoy beneficiando de esta política esencial para la supervivencia de la comunidad.
El alfa y el omega de los estados nacionales es la resistencia al mal, y actualmente el crecimiento económico es el fetiche. Se sostienen sobre la quema del petróleo que provoca muerte por contaminación y guerras, se industrializa todo, lo que provoca la alienación del hombre y la crueldad con los animales, etc.
Es decir, yo puedo tener un exquisito respeto por esta verdad de los otros, pero ¿puedo influir positivamente desde dentro si pertenezco al ku-klux clan? ¿Qué consideración tuvo Jesús con el " sentir general"?
Esto es lo que pienso al respecto:
¿Qué consideración tuvo Jesús con el "sentir general"?
Ahí está la raíz de todo, no en la pregunta abstracta acerca de lo que yo como cristiano podría (o debería) hacer, sino en lo que este buen señor, un tal Jesús, en tal momento de la historia, decidió hacer; y en tanto ese buen señor resultó ser el Señor de la historia, qué me cabe a mí hacer en su nombre y como imitación suya.
Pienso que cuando la fe cristiana inicial fue ahondando desde ese "misterio de Dios en Jesús" que despunta en Marcos, pasando por el origen divino de Jesús en su concepción (Mateo, Lucas), hasta recalar en la preexistencia misma de Jesús (Juan), y su soberanía sobre la historia ("nadie me quita la vida...", etc.), a despecho de las dificultades que luego tendríamos para convertir eso en una serie de frases inteligibles, puso el acento en el punto de la aceptación por Dios de lo humano, de todo lo humano, de lo más oscuro y tenebroso.
Luego podremos semiracionalizar eso imaginando un pecado como una especie de mancha que va tocando a los seres humanos en tanto ellos tocan la existencia, o un ser poderoso y malvado que trata de robar este mundo de las manos del Padre... representaciones que contienen un núcleo de verdad, mucho símbolo sin lo cual no se puede decir esa verdad, y mucha imaginería mitológica adosada, pero lo que está en el fondo es que este mundo tal cual es, y no cuando sea puro, sino ahora, es amado por Dios.
Los jefes religiosos (y diría que la "religión natural" y las "expectativas religiosas del momento") sólo pedían una cosa para aceptarlo: «compórtate como nos dice nuestro instinto religioso, da un golpe sobre la mesa, expulsa el mal de nuestro entorno y te creeremos" (es lo mismo, como puedes ver, que siguen diciendo los sitios católicos actualmente).
Pero él no hizo nada de eso, al contrario: comió con pecadores y publicanos, les dio esperanza, les habló del amor incondicional de Dios, les sanó algunas heridas, no todas, se lamentó con ellos de la estupidez de su generación, y se subió tranquilamente a la cruz; amando incluso a los que lo hacían subir.

A mi entender eso es el programa de la vida cristiana: no tengo, ni debo, ni puedo esperar nada del mundo, tampoco de mí mismo. Sólo estar allí en lugar de estar en otra parte. Eso es ya un fermento en la masa. En la medida que se pueda, fermentar más. Cuando se puede, cuando cabe, dar una palabra explícita sobre el amor de Dios a este mundo; cuando no cabe, darla implícita; cuando ni eso cabe, simplemente permanecer. Como hacían los mártires en los primeros tiempos (y ahora).
Dices, humorísiticamente: ¿puedo influir positivamente desde dentro si pertenezco al ku-klux clan? Sí, es la única manera de influir positivamente. Las denuncias desde afuera, y los likes en facebook no influyen en nada: Pon me gusta si quieres que no se derrita el ártico. Bueno, pues me gusta, y? La única manera es pertenecer a la massa damnata, aceptar que se pertenece a ella, que es nuestro lugar, que es allí donde somos plenamente lo que somos. Y sólo así se puede "denunciar" sin caer en estúpidos moralismos o paralizantes utopismos.
Sólo si acepto desde mi interior que yo no soy distinto del político del que me quejo, que yo posiblemente me tendería a beneficiar del sistema, sólo que no tengo la oportunidad, puedo influir eficazmente (aunque de a poco y en forma lenta, para no arrancar sino enderezar) en que mejore el ejercicio de la política. Es un ejemplo.
Pero puedo hacerlo porque vivo en mí mismo la tensión entre el perdido y el redimido, porque no soy yo el redimido y el perdido el vecino, o viceversa.
Imagínate si toda esa masa de personas que se sienten perfectos porque piensan distinto que el mundo, usaran ese mismo montante de amor en vez de para amarse entre ellos y a ellos mismos, para amar al mundo tal como es, y al cual pertenecen en toda su imperfección, ¿te imaginas la cantidad de amor circulante que habría? Eso solo cambiaría la historia. Una obra de teatro de Javier Daulte ("Nunca estuviste tan adorable") lo dice más o menos así: "en el instante que dos personas concibieron un hijo, en ese instante se amaron, así que hay mucho amor en el mundo."

lunes, 30 de junio de 2014

Tiempos oscuros

El Huffington Post publicó ayer que por fin el gobierno contestó al ofrecimiento que hizo la directora del Canal Historia de dotar sin cargo de testículos al león Daoíz, uno de los dos que enmarcan la entrada del Congreso de los Diputados, en Madrid, y que no tiene testículos.
En 2012 el Canal Historia había comenzado a investigar por qué no estaban, y si era producto de un robo o cuál era la razón. Y llegó a la conclusión de que «no existía razón artística, histórica, biológica o de cualquier otro tipo que justifique la ausencia de ese elemento». Es entonces que la directora del canal ofreció colaborar para que el león estuviera «completo».
Desde el gobierno declinaron el ofrecimiento, haciendo prevalecer el criterio de que la ausencia de elementos en una obra de arte, por rotura o cualquier otra causa, forma parte de la historia de la pieza, y de que incluso en este caso una intervención actual en el bronce podría ser contraproducente.
Lo que llama la atención es que ninguno se haya planteado que los dos leones estén representando a Atalanta e Hipomene, la pareja convertida en leones por la diosa Cibeles para evitar que se amaran (Robert Graves, Los mitos griegos, 80l). Uno de los cuales (Atalanta) carecería, naturalmente, de testículos.
Yo no sé si Daoíz y Velarde representan a Atalanta e Hipomene, pero da la impresión de que el hecho de que a uno de los dos leones le falten los testículos, y que no haya en la historia registrado ningún robo, deterioro o fallo al respecto, debería llevar la investigación por ese lado. Quizás en los papeles que se conserven acerca de su hechura (no son tan antiguos) se pueda encontrar alguna alusión del artista al proyecto.
No entiendo que a nadie del canal Historia, ni del Ministerio de Cultura se les haya dado por preguntar lo más obvio: ¿no será que esta obra de arte es exactamente así?

jueves, 26 de junio de 2014

La nueva kakangelización


En griego "kakón" (que significa malo, torpe, etc.) se usa como prefijo opuesto a "eu" (que significa bueno, adecuado, etc.). Así que si "eu-angelion" es una buena noticia -y para nosotros la Buena Noticia por excelencia: Jesús=Dios con nosotros-, "kak'angelion" vendría a ser una mala noticia; y tal vez la mala noticia por excelencia: estamos perdidos, en la sombra y la tiniebla, deambulando en el vacío.
Cualquiera diría que la palabreja me la inventé yo, pero no: aparece ya en Plutarco y en Esquilo. Es que esto del vértigo de la tiniebla, de sentirse más perdido que salvado, confiar más en la oscuridad que en la luz es algo bastante nuestro. El propio Juan dice que «los hombres amaron más las tinieblas que la luz» (3,19). No es tan claro que los hombres deseen salvarse. Y aun peor: que los que están enviados a anunciar la Buena Noticia deseen hacerlo, y no encuentren más bien excusas para kakangelizar.
Gracias a un tuit de Hernán pude ayer leer algunas partes de este libro. Una interesante lectura, que resume muy bien el espíritu de la kakangelización: esta vida es un infierno, y es sólo el anticipo del que en realidad nos espera, dispuesto por Dios para toda la eternidad. Por supuesto, eso no impide que sepamos que también está el cielo, pero así lo enuncia el autor: «para conocer la horribilidad del Infierno es medio muy proporcionado poner los ojos en su contrario, que es el Cielo» (pág. 534) luego viene una descripción a trazos gruesos de los placeres celestiales, tras lo cual vuelve el autor a lo que toca: los infiernos de esta vida, anticipos infinitamente menores a la «oscura cárcel que la infinita justicia de Dios fabricó en la creación del mundo en medio del corazón de la tierra» (pág. 537).

El cometido de la evangelización es anunciar que estamos por fin salvados, que quien lo desea, puede ir a la luz: «los ciegos ven y los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y se anuncia a los pobres la Buena Nueva» (Mt 11,5), sin embargo andando el tiempo, fueron imponiéndose de a poco las sensibilidades kakangélicas, de tal modo que el anuncio se invirtió: «oh, tú, horrible mundo, tú, que prefieres la tiniebla, ¡estás condenado!».
Y no se crea que aquel texto sobre el infierno constituye una excepción, porque es muy viejo (de 1750). La cosa llegó incluso a textos de devoción, como el tan central «pésame», que todos hemos aprendido de chicos: «pésame por el infierno que merecí, y por el cielo que perdí». Parece muy devoto, pero es horrible, completamente kakangélico, que un cristiano ponga por delante su dolor por el pecado, antes que el perdón que ya le ha sido dado, y la alegría del cielo por la vuelta (otra cosa sería que dijera «por el cielo que podría haber perdido»).
Toda esa predicación del infierno más que del cielo, de nuestro obrar más que del de Dios, de la perdición, más que de la salvación, de la sombra más que de la luz, fue declinando de a poco: simplemente el mundo dejó de escucharnos. Cualquiera pensaría que es porque el mundo no quiere infierno sino cielo, o porque la gente es demasiado optimista... No lo creo. Pienso que sigue valiendo la observación de Juan: el hombre natural ama más la tiniebla que la luz, sólo que no necesita de nosotros para descubrirla. El mayor halago que tenemos los seres humanos para cualquier cosa es afirmar que «vale la pena», con lo cual ponemos la pena y el dolor como moneda de cambio. Ese cristianismo de condena y pesadumbre no es necesario, porque el mundo mismo no experimenta sino la condena y la pesadumbre, ¿qué de nuevo le anuncio si le anuncio eso? «¡A vivir que son dos días!», se dice en el mundo...

Pero llegaron los tiempos de la nueva evangelización. El papa, creo yo, nos está dando un interesante ejemplo de equilibrio en cómo no olvidar los aspectos sombríos que la fe implica, teniendo a la vista el anuncio de la buena noticia, no de la mala. Es decir: implicar los aspectos sombríos sin convertirlos en mala noticia, ni mucho menos en centro del anuncio. No digo que el papa sea el único, ni sea apto para todas las sensibilidades, pero en general es un buen ejemplo de cómo hablar del demonio, de la excomunión, y de las demás realidades «de la sombra», sin hacerlo como centro de la fe, sino más bien como recorte de ese centro luminoso que está a cada paso en sus labios de predicador.
Sin embargo, junto a esta "nueva" evangelización, se está desarrollando también con bastante fuerza una nueva kakangelización, un nuevo modo de predicar las sombras, de amenazar con la condena, o de medir la salvación a partir de la condena. Se trata de todos esos sitios católicos que se dedican a demostrar que el mundo "fue y será una porquería", y a medir su propia santidad y pureza de costumbres con el fango infinito en el que el mundo está sumido. ¡Como si el mundo no lo supiera! ¡Como si cada uno de nosotros no supiéramos -como si no lo sintiéramos a cada instante- que solos estamos perdidos!
Todos estos anunciadores de desgracias, predicadores de la muerte y de las negruras de la existencia olvidan que el mundo no era distinto cuando llegó el evangelio: estaba repleto de los mismos pecados que ahora, y hasta en mayor cantidad. Si tenemos escasas palabras condenatorias de este mundo y sus costumbres en el Nuevo Testamento fue precisamente porque en sus tiempos vitales la fe cristiana no hizo de eso su centro: predicó la gracia y la aceptación sin condiciones, y sólo cuando abrió el camino del amor de Dios en el mundo, los hombres fueron descubriendo las profundidades de ese amor y cómo expresarlo en sus propias vidas, y crearon instituciones nuevas y adecuadas para dar cuenta de ello.

Ese es el camino que debemos seguir, quizás con un nuevo énfasis en la responsabilidad absolutamente personal de ese descubrimiento de amor, que no era el énfasis de la cultura en la que nació el evangelio (y que justifica hablar de la necesidad de una "nueva" evangelización), pero con su misma impronta: hablar de lo que nos toca, y no hablar de lo que no nos toca. Porque no hemos sido enviados para juzgar sino para anunciar la salvación. Un anuncio del que depende nuestra propia salvación.

viernes, 20 de junio de 2014

Un 81% de asesinos...

Ayer leí un tuit (supuestamente) provida, que me dio repeluz y una inmensa vergüenza de tener algo que ver, aunque sea indirectamente, con quienes escriben esas cosas (el sólo hecho de que apareciera en mi TL, aunque no fuera de nadie mío, indica que estoy conectado de alguna manera). Decía:
«El 81% de los andaluces son asesinos de niños», y remitía a este link:  donde el copete de la «noticia» comienza por aclarar: «Según un sondeo del Centro de Estudios Andaluces, el 81% de los andaluces apoyan aborto.»
Es decir que queda claro que para el autor del post, el apoyo a una ley que permite el infanticio es exactamente lo mismo que el infanticidio.
Es tan absurdo, tan fuera de toda perspectiva, de toda consideración honesta de los hechos, en suma, tan ridículo, que luego el propio post consiste en una serie de preguntas donde el autor se cuestiona si realmente los andaluces saben lo que apoyan. Yo más bien preguntaría: ¿no será que el propio autor no tiene la menor idea de cómo relacionar dos hechos y se le ocurre la relación más delirante, lo que lo lleva a no poder siquiera entenderla él, cuánto más a hacersela entender a los demás?
No consumo esa clase de "pensamiento" (llamémosle así, puesto que proviene de un cerebro, órgano mayormente pensante), pero me detengo en este post porque es de lamentar la permanente endecha de los "provida" (muy entrecomillas, cada día una comilla más) porque la gente no entiende las categorías de la lucha pro-vida... ¡categorías que se les sirven en post que equiparan el apoyo a partidos abortistas o a una ley del aborto con el infanticidio!
Hoy leía un post por demás interesante sobre el tema del abuso de niños donde el autor rechazaba de plano que se apliquen indiscriminadamente a los abusadores (y ojo: a los abusadores, no al que vota una ley que finalmente admite el abuso) de "predador" y otra serie de invectivas aparentemente justificadas, pero que en definitiva de lo que hablan es de nuestra nula empatía con la humanidad a la que creemos defender.
Lo dice así, en un párrafo brillante:
And that distinction does matter. Not because it makes statutory rape okay; of course it doesn't. But it does, for example, make the difference between a good man corrupted by his desires and a man who pretended to be good to make his evil more effective. And that difference is important, primarily because different responses are needed, in both cure and prevention, for differing situations. To treat every case of this wrong (or any wrong) as though it were the worst of its kind actually makes things worse, not better; because a response that suits the worst case probably isn't suited to correct the problems of milder, or at any rate different, cases. Which leaves these other cases effectively untreated. And that means that the problem persists.

Debe hacerse la distinción [entre grados de abuso]. No para dar estatus aceptable al abuso: por supuesto que no. Pero sí, por ejemplo, para hacer la diferencia entre un buen hombre corrompido por sus deseos, y un hombre que se hace pasar por bueno para realizar su mal de manera más efectiva [recordemos el caso del fundador de los Legionarios, agrego yo]. Esta diferencia es importante, principalmente a causa de las diferentes respuestas que requiere, tanto en cuanto a la cura como en cuanto a la prevención, para situaciones que son diferentes. Tratar cada tipo de mal (o cada mal) como si fuera el peor de su tipo, es un error, no un acierto. Porque las respuestas que sirven para el peor de los casos, no sirven posiblemente para resolver el caso medio, o de alguna otra proporción en la escala. Esto conlleva a que esos otros casos permanezcan sin tratar. Y eso significa que el problema persiste. (los corchetes con míos, también lo es la pobre traducción)

Volvamos al caso del «asesinato de niños». Entre quienes «admiten» el aborto (y habría que ver si todos realmente lo admiten):

  • hay quienes lo admiten porque es una manera de «normalizar», de «humanizar» lo que ellos/as mismos han practicado. Triste manera, pero no hay necesariamente una aceptación del aborto como tal, sino una fuga hacia adelante de su propio problema interior.
  • quienes lo admiten en el sentido en que teorizan sobre los «derechos» de este o aquel, sin que necesariamente hayan tomado del todo conciencia de lo que está en juego.
  • quienes lo admiten porque viven de ellos (clínicas abortistas).
  • quienes lo admiten porque comen de ello (empleados de las clínicas abortistas).
  • quienes votan en unas cámaras de diputados perversamente sujetas a disciplina de voto.
  • quienes votan a partidos que entre sus plataformas incluyen de manera directa o indirecta el aborto.


Y estos son sólo algunos casos, de muchos más posibles. ¿Se trata siempre de «asesinos»? ¿en el mismo grado? ¿con el mismo significado?
Posiblemente la palabra le quepa al dedillo a los dueños de clínicas abortistas, que representan un muy pequeño (aunque muy significativo) porcentaje de personas que están a favor del aborto, pero entonces, todos los demás han quedado sin tratar: al haber incluido a todos en el registro del mayor, lo que se ha hecho es dejar de entender el problema en su complejidad. Y lo que es peor, se ha rehusado admitir que se pertenece a la misma humanidad donde la separación entre «provida» y «promuerte» es sólo un peldaño, en realidad una minúscula mancha en el ojo que impide ver la realidad de aquello que se elige, o se cree elegir libremente.
Lo que revela esta clase de post es la nula empatía con la humanidad de aquellos que se arrogan estar defendiéndola en sus formas más débiles.

lunes, 16 de junio de 2014

Ir al mundo

Dice un escritor católico que
«en España, los católicos vivimos en alguna de estas situaciones:»

«-Una fe meramente cultural o folclórica. Bodas, bautizos, comuniones y romerías.»
Cuando el conjunto de la fe de un pueblo se reduce a bodas, bautizos, etc. posiblemente se está a un paso de que desaparezca del todo. Eso es cierto. Pero por otro lado no es esperable que todos puedan asumir el riesgo y la tensión interior de la fe cristiana. Dios no llama a todos a eso. Nuestro Dios sigue siendo el Dios que te puede pedir en sacrificio el hijo único (Gn 22), que puede dejar solo al profeta cuya vida buscan (1Re 19,10), porque él mismo fue el Hijo y el Profeta, y todas las demás figuras.
Dios inviste al profeta en su fuerza y al patriarca en su fuerza. Mientras tanto, los sacramentos y el "folclore" hacen de caldo de cultivo, mantienen viva una llama, y en ese sentido son imprescindibles y no deberían ser despreciados por quienes pueden mantener la confesión de la fe gracias al "background" de una sociedad básicamente cristiana.
No digo conformarse con el background, pero tener un poco más de delicadeza al criticarlo: si se es mejor que eso, es un don específico de Dios, y quien lo tenga, si desprecia a los demás será juzgado con mayor severidad por haber pretendido apropiarse de un don.

«-Una fe personalista, que no moleste a nadie y que dialogue con el mundo, renunciando incluso a principios que no son negociables: véase el ejemplo de la ley del aborto y las cesiones continuas al lobby LGTB.»
La fe es esencialmente personalista, es decir, se dirige persona a persona ofreciéndole de parte de Dios un sentido de trascendencia, una vida eterna. En tanto lo hace persona a persona, sólo podrá hacerlo bien si es capaz de hablar a cada persona en su lenguaje.
Si se comienza por creer que los demás están «en lobby», en lugar de pensar que los demás tienen sinceros motivos para pensar lo que piensan, aunque lo que piensan esté errado, y los motivos sean incorrectos, se expone uno mismo a ser considerado parte de un lobby (el lobby cristiano), es decir, no ser tomado en serio, además de quedar imposibilitado de hablar a la persona.
Como buen judío, san Pablo rechazaba con todo su ser cualquier manifestación religiosa que oliera a idolatría. El relato de su predicación en el Areópago (Hech 17) marca muy bien el contraste:
v. 16: Mientras Pablo les esperaba en Atenas, estaba interiormente indignado al ver la ciudad llena de ídolos.
v. 22-23: Pablo, de pie en medio del Areópago, dijo: "Atenienses, veo que vosotros sois, por todos los conceptos, los más respetuosos de la divinidad. Pues al pasar y contemplar vuestros monumentos sagrados, he encontrado también un altar en el que estaba grabada esta inscripción: "Al Dios desconocido." Pues bien, lo que adoráis sin conocer, eso os vengo yo a anunciar.
Yo pregunto: ¿era más negociable la idolatría que el aborto o la homosexualidad? San Pablo no tuvo ningún escrúpulo en callarse sus principios cuando le venía bien para ganar una voluntad más. Porque el objetivo de la predicación es que el otro, la persona, ese que vive en el mundo, ese que está en el pantano, reciba a través nuestro (indignamente de nuestra parte) una mano tendida por Dios. No somos ni dueños ni administradores de ninguna verdad, sólo somos el brazo postizo que Dios usa para entrar en el mundo: una prótesis. Eso es el cristiano. Cualquier otra consideración propia que exceda de eso, que implique juzgar la vida de los demás, es pecado, así venga revestida de alta teología.

«-Una fe "de los domingos", ese cumplir el precepto y tranquilizar la conciencia con las pocas monedas que se dan al pobre de la puerta del templo.»
Vale lo mismo que para la primera, con el agravante de que ponerse a juzgar la conciencia de los demás, eso sí que es algo completamente fuera de lugar.

«-Una fe intelectualizada, desencarnada, que asume postulados netamente anticristianos, como aquellos de los filósofos de la sospecha. Un cristiano-nietzscheano, por ejemplo, es un oxímoron. Un cristiano nacionalista es un idólatra.»
La confusión está en creer que el cristianismo es un tabulado de principios, de postulados, y que por tanto entran en competencia con aquellos del mundo.
Si el pensamiento del mundo es Nietzsche, lo que hay que hacer, como cristiano, es leer a Nietzsche (si se ha sido llamado a ese desarrollo intelectual de la fe, que es una parte del necesario desarrollo de la fe), si el pensamiento del mundo es Dawkins, hay que leer a Dawkins. Y no sólo leer: comprender, asumir, traducir la fe en esas categorías.
Porque somos la prótesis de Dios, no su consejo asesor. ¿Cómo se espera que Dios salve el mundo si nosotros, los cristianos, en vez de comprender vicariamente el mundo, en vez de servir a la función para la que hemos sido puestos, nos dedicamos a corregir los malos planes de un Dios que no acribilla ni aplasta a un mundo apóstata?
Un cristiano-nietzscheano no es ningún oxímoron, es posiblemente alguien que está haciendo un esfuerzo de parte de Dios para dejar que Dios le hable a los nitzscheanos y los salve, que es lo que hace normalmente Dios: salvar, no perder.
El agregado de que «Un cristiano nacionalista es un idólatra» no tiene mucho contexto aquí, pero se ve que el autor se salía de la vaina por decirlo. De todos modos el análisis de esa frase llevaría un post aparte (que no descarto escribirlo, aunque es el tema que menos me preocupa).

«-Una fe refugiada en sacristías burguesas, endogámica y complaciente con el poder.»
Nuevamente, vale lo dicho para la primera, la cuestión del "background". Es simplemente imposible para la viejita que va a misa todos los días "dar batalla" en el mundo, pero colabora con la Iglesia rezando, manteniendo en orden la sacristía, abriendo a las 19 para el rosario... y dejando el juicio sobre el mundo a quienes les competa y estén llamados a eso.
Lo más preocupante de esta frase no es lo que dice, sino lo opuesto que supone: da la impresión de que el catolicismo es cosa de alcanzar un poder. Como en este momento el poder nos es (supuestamente) hostil, entonces el catolicismo consiste en alcanzar un contrapoder, una «nación cristiana» (en ese caso creo que el autor nos dejaría ser "nacionalistas y cristianos"), regida por los valores innegociables del cristianismo, y donde el que no comparte esos valores se aguante, mientras esté en minoría, como nos aguantamos nosotros ahora, que somos minoría.
Quisiera hacer notar que nadie puede servir a dos señores (como leí en algún sitio), y quien lucha por el poder, no está luchando por Cristo, así sea luchar por el poder de la Iglesia, de los valores innegociables, de la escuela cristiana, etc. Es poder, y el poder es exactamente lo opuesto de la cruz, que es el no-poder de Dios en el mundo.
El cristiano tiene obligación de hacer una opción: por Dios o contra él. Acepta ser la extensión de Dios en el mundo, o lo rechaza y hace su propio proyecto de mundo, saca su espada y corta la oreja de Malco. Jesús no le quitó la espada a nadie, pero prohibió usarla. Quien la usa, así sea por algo tan loable como defender a Jesús, va contra su proyecto.
Y la espada no es solamente la espada material con la que matar, como si el hecho de pretender un poder no obtenido por la violencia sino por el número (por ejemplo) nos librara de la prohibición de Cristo. Es el poder, el poder como proyecto, como método y como objetivo lo que está interdicto.
Así que sí, señores: si se reúnen 1.000.000 de defensores de los valores innegociables en Madrid, y la Iglesia al día siguiente se ufana de haber conseguido movilizar a un millón de personas contra el aborto, y usa esa cifra como forma de presión, ese día el proyecto de Cristo en este mundo, del que la Iglesia -nosotros- debíamos ser avanzadilla, es traicionado. No importa que no fueron violentos. Fueron "poderosos", y eso nos está prohibido.
¿Entonces no debemos hacer manifestaciones? No lo sé, no sabría qué es lo que hay que hacer para conquistar el poder, pero no debemos hacer nada que implique comprometer a Jesús con la consecución de ningún poder, ni mucho menos debemos engañarnos creyendo que la manifestación de poder de la Iglesia es la realización del Reino en este mundo.

De todas esas situaciones en las que estamos sumergidos los católicos, el escritor saca esta conclusión:
«O la Iglesia y los católicos armamos lío y salimos a la calle, a las periferias, al mundo, como clama el Papa Francisco, o la Iglesia quedará reducida a lo que no es y muchos pretenden que sea: una ONG más, subvencionada y estéril.»

Concuerdo con eso, pero me temo que la expresión del Papa de "hacer lío", de ir "a las periferias", "al mundo" no tiene nada que ver, pero realmente nada que ver con esta propuesta de "ir al mundo" armados hasta los dientes, y con nuestros principios perfectamente definidos, inamovibles, innegociables, bajo el brazo.

Mi propio diagnóstico del catolicismo occidental (España incluida) es el siguiente:
Se nos predicó que nosotros, hermanos menores, éramos acogidos sin reservas por Dios, pero con el tiempo nos hemos vuelto hermanos mayores, esos que traicionan el Evangelio de tan adentro del riñón de Dios que creen estar. O nos volvemos de nuevo con urgencia hermanos menores, o la Iglesia quedará reducida a lo que no es y muchos pretenden que sea: un grupo de presión para hacer prevalecer sus valores innegociables.