Mostrando entradas con la etiqueta postmodernidad. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta postmodernidad. Mostrar todas las entradas

viernes, 8 de mayo de 2015

Está bien, acepto el mote

En un blog de periodismo llamado «La réplica», Marta Güelfo Márquez explora desde la perspectiva de género los [supuestos] subterfugios (especialmente de lenguaje, aunque no sólo) por medio de los que llega a caracterizar una nueva categoría: la del «neomachista», que ya no es «machista», porque es políticamente incorrecto, pero continúa consolidando lo que la perspectiva de género llama la «cultura patriarcal».
Pues bien, puesto que el periódico se llama «La réplica», supongo que, a pesar del escaso margen que la autora deja, se le podrá replicar... salvo que por ese pecado se saque otro mote con el que intimidar a los que no vemos con sus mismas gafas (comienza declarando ella misma que lo que tiene puestas son unas gafas. A confesión de parte...).
Porque de eso se trata este artículo, de encontrar un mote descalificador. Lo curioso es que el juego de los motes todos lo reconocemos como nocivo para el pensamiento: la misma autora, como veremos, encuentra en el uso de un mote infamante («feminazi», punto 4) uno de los puntos que revelan las malas intenciones del otro.

Vayamos uno por uno (en cada uno copio la explicación de la autora, y disculpen que resulte largo):
1- «Yo no soy feminista ni machista, yo creo en la igualdad»: Este es un error muy frecuente producto del desconocimiento. El feminismo es un movimiento que reivindica la igualdad de derechos entre hombres y mujeres. El machismo se conforma por actitudes, conductas y creencias de superioridad del hombre con respecto a la mujer.

Me alegro de que la autora sea tan penetrante: en palabras que no lo indican en absoluto, ha llegado a descubrir intenciones ocultas... ¿o será que las palabras son decidoras y transparentes sólo si vienen aprobadas por ella misma? Si yo digo que "creo en la igualdad", hasta que se demuestre lo contrario será que creo en la igualdad. La igualdad no quiere decir ni apunta necesariamente a «actitudes, conductas y creencias de superioridad del hombre con respecto a la mujer», la igualdad quiere decir igualdad.
Por supuesto, puede ser que alguien diga que "cree en la igualdad" y en realidad mantenga "actitudes, conductas y creencias de superioridad del hombre con respecto a la mujer", en cuyo caso está mintiendo, o se está autoengañando, pero no es la frase la que lo revela, sino el contraste de los hechos de esa persona con la frase que suscribe.
Ahora bien, cuando se pasa de contrastar hechos y frases a que la frase misma está viciada "lingüísticamente", por así decirlo, se está pasando de la raya, se está saliendo de la ambigüedad de todo lo humano al cielo puro de las categorías, que sólo existen en la obra de Kant y en las ideologías de toda especie.
Muchos, como es mi caso, no tendríamos ningún problema en reivindicarnos como feministas, pero si eso significa formar parte del cotarro donde una persona se sienta a categorizar al resto a partir de fragmentos de palabras y sin molestarse en nadar enlodada entre la ambigüedad de las palabras y los gestos, prefiero decir que no soy machista ni feminista, sino que creo en la igualdad. Y si eso me hace adquirir el mote de "neomachista", lo aceptaré por mis pecados. No es el único mote que sobrellevo.
¿Cómo podría decir esto mismo la autora, si en vez de dedicarse a categorizar, se dedicara a pensar el problema? Posiblemente hubiera sido interesante criticar la frase «Yo no soy feminista ni machista, yo creo en la igualdad» explicando que no hay simetría entre los dos campos, y que la «igualdad» aunque es el justo medio de los derechos, no es el justo medio de las actitudes culturales. En eso tiene razón: en ese uso de la frase, sólo en ese, podría ser un indicativo de pervivencia camuflada del machismo. Lo que implica que si se la escucho decir a alguien, eso no significa que sea neomachista (claro que tampoco que no lo sea).

2- «También hay violencia de género contra los hombres»: la violencia de género no se da de la mujer hacia el hombre porque no existe un sistema ideológico y cultural que oprima al hombre, sino a la mujer. La violencia de género se da en la pareja o expareja, del hombre hacia la mujer y tiene sus raíces en el patriarcado, el androcentrismo, el sentimiento de posesión y la idea tradicional de amor romántico. Conforma un fenómeno social que se da en todas las culturas y que provoca sólo en nuestro país 50, 60 ó 70 mujeres asesinadas al año por sus parejas o exparejas. Supone por tanto una situación de emergencia que precisa respuestas educativas, sociales y políticas concretas.

Por qué tú lo digas... La expresión «violencia de género» tiende al menos dos sentidos, y los dos pueden darse (y de hecho creo que se dan) también en la dirección de la mujer al varón: en un sentido «real» (el menos importante para la teoría del género), se puede dar por el simple hecho de que donde hay poder, está el contexto necesario para el abuso de poder, y por tanto para la violencia: si hay contextos de poder donde la que enarbola ese poder es una mujer, puede darse (y de hecho es muy probable que se dé), la violencia de la mujer hacia el varón. El segundo sentido tiene que ver como lo usa la autora: la violencia «estructural» -por así decirlo- es decir, la existencia de un relato unas estructuras, un lenguaje en general que, al justificar la violencia, la amparan y dificultan su erradicación.
Naturalmente estoy de acuerdo con ello: ese relato justificador existe, y eso es suficiente emergencia como para emprender todo tipo de acciones (educativas fundamentalmente, pero también preventivas y punitivas) contra ello.
Ahora bien, precisamente por eso mismo, la axiomática negación que la autora hace se me representa como la exacta réplica feminista del relato ocultador del androcentrismo: «la violencia de género no se da de la mujer hacia el hombre». Pues mira, ¿y si se da? ¿no estás reproduciendo el mecanismo negador del androcentrismo? ¿no es ese discurso mismo, sin necesidad de ningún aditamento, ya el desarrollo, o al menos el conato de un sistema ideológico y cultural de represión, al dejar de lado que la causa de la violencia, encarnada mayoritariamente en el varón del sistema androcentrismo, es el ser humano?
Hay violencia de la mujer al varón, muchos la hemos experimentado, muchos la vemos o hemos visto, y para liberar realmente al ser humano, lo que hay que hacer es no negar.

3- «Existen muchas denuncias falsas»: Según la Fiscalía General del Estado, el porcentaje de denuncias falsas en materia de violencia de género es de un 0,018%.

Puede ser. Tratándose de estadísticas, soy absolutamente incompetente: tanto para el indeterminado «muchas» como para el determinado «0,018%». Lo que no termino de entender es cómo la existencia de una convicción sobre la cantidad de denuncias falsas le sirve a la autora para establecer sus cortes de clase.
A mí el sólo hecho de que haya una denuncia falsa me parece dos cosas:
-que es lógico, puesto que somos seres humanos todos, mujeres y varones, por tanto el poder nos va a tentar de corromper de manera necesaria, así que si a través de denunciar adquiero algún poder sobre otro, es seguro que un porcentaje cualquiera (0,01 o 99,99) intentará abusar de él.
-que no cabe usar como elemento ideológicamente discriminador (el que reconoce denuncias falsas es porque es neomachista, no porque de hecho hay denuncias falsas) el sufrimiento de otro ser humano, en este caso del 1, 2 o 3 que son víctimas del abuso de poder de una denuncia falsa.

4- «Eres una feminazi radical»: No existe tal cosa. La palabra feminazi ha sido inventada por el neomachismo para demonizar y ridiculizar al movimiento feminista. Esta palabra ha sido utilizada incluso por neomachistas de renombre como Arturo Pérez-Reverte para atacar al feminismo.

No me gusta la palabra «feminazi» y de hecho no la uso en mis escritos, pero este punto es uno de los que me parecen más interesantes, porque reconoce el poder demonizador y ridiculizante de los motes... ¡en un artículo dedicado a poner en circulación un mote sobre el contrario!

5- «El lenguaje inclusivo es una tontería, acabaremos diciendo sillas y sillos»: El uso del lenguaje es importante en cuanto que con él construimos nuestro pensamiento y nuestra representación mental. Aquello que no se nombra, no se ve, y lo que no se ve, no existe. Nuestro lenguaje se ha regulado en base a los valores sociales y culturales dominantes patriarcales y androcéntricos, y es por esto por lo que debe ser cuestionado. Utilizar como argumento el femenino y el masculino en cualquier sustantivo es un intento de ridiculizar el lenguaje no sexista, que no tiene fundamento puesto que no hay que diferenciar el género en aquellos sustantivos que no tienen sexo biológico ni género.

Naturalmente que «El uso del lenguaje es importante en cuanto que con él construimos nuestro pensamiento y nuestra representación mental», eso es un principio completamente indiscutible. Y también que «aquello que no se nombra, no se ve», Precisamente por eso el llamado «lenguaje inclusivo», en la medida en que representa los esfuerzos voluntarios por imponerlo, podría hacerse conscientemente muchísimo mejor, y no imponer «abusos» de la inclusividad.
Por ejemplo, cuando yo digo "los estudiantes y las estudiantes", hago visibles dos conjuntos donde parece haber sólo el de los varones. Ahora bien, precisamente por dejar de nombrar una realidad, la condeno a la desaparición: cuando el profesor ve delante suyo a los estudiantes y las estudiantes, no ve dos conjuntos, ve uno, porque en tanto estudiantes no son dos, sino uno.
Quizás sea cierto que con el tiempo este equilibrio al que los idiomas indoeuropeos habían llegado se haya ideologizado androcéntricamente (en esto creo que la teoría del género tiene razón), pero la solución no es poner dos donde hay realmente uno, sino romper la alianza de ese uno con el androcentrismo. Me explico: si en vez de decir "los estudiantes y las estudiantes" dijéramos "les estudiantes", específicamente como una nueva forma de neutro inclusivo, estaríamos al mismo tiempo desandrocentrando, y reconociendo la unicidad donde hay y no debe dejar de haber unicidad. Y más bien reservar la duplicación de palabras donde realmente tiene sentido, que es cuando necesitamos realmente referirnos a dos conjuntos.
En la práctica el sistema de la lengua funciona poco por convenciones conscientes, así que el genio popular ha reemplazado la innecesaria duplicación por dos maneras que hoy coexisten: "lxs estudiantes", que incluye a todos los géneros posibles, y "l@s estudiantes", que convencionalmente todos entendemos que se refiere a las y los. La verdad que las dos soluciones son estupendas, pero lamentablemente no son pronunciables. Hay que buscar otros lexemas que remedien la situación.

En vez de dedicarse a clasificar al otro a partir de que le parece una tontería el hecho de que podremos acabar diciendo "sillos y sillas", podría la autora aprender de esa crítica que, aunque no tiene razón en el principio (el lenguaje inclusivo sí es necesario), la tiene en haber pescado el aspecto incómodo y puramente artificial de un sistema que funciona muy por fuera de nuestras voluntades individuales.

6- «Sois muy pesadas con eso del feminismo»: sí, hay días que nos levantamos y nos da por pelear y reivindicar nuestros derechos y nuestro lugar en cualquier ámbito de nuestras vidas. Incluidos en aquellos contextos y situaciones en los que la desigualdad no es fácilmente apreciable.

Ajá, bueno, gracias por la confesión de parte, de nuevo... efectivamente hay muchas feministas pesadas con el feminismo; a muchos les gusta el fútbol pero uno les huye porque son pesados con el fútbol, muchos son pesados con lo que les interesa.
Eso no tiene nada que ver con que el otro se convierta en "neo nada" por reconocer lo que es evidente: que ni el feminismo se libra de los pesados.

7- «No es acoso, es un piropo»: un piropo es algo agradable que se dice a la cara de alguien conocido con respeto y con la intención de animar y/o agradar a la persona a la que se le está diciendo o mostrarle afecto. Silbar y/o gritar por la calle a una mujer desconocida algo relacionado con su aspecto, su cuerpo y su ropa es acoso verbal.

Sí, estoy completamente de acuerdo. Ahora bien: la frase, tal como la copia la periodista, no niega eso. Será, no neomachista sino machista a secas, quien acose verbalmente, y dirá un piropo quien le diga "algo agradable a la cara de alguien conocido con respeto y con la intención de animar y/o agradar a la persona". No hace falta inventarse un mote nuevo.

8- «Me da igual que sea un hombre o una mujer, lo que importa es la persona»: este argumento es muy repetido en organizaciones políticas o sociales cuando se trata el tema de la paridad en listas o en cargos. Por cuestiones relacionadas con la educación, la socialización, los estereotipos y la falta de referentes es probable que el protagonismo, el liderazgo y el poder de las organizaciones acabe siendo masculino. Herramientas paritarias como las listas cremallera fomentan una participación más igualitaria y representativa.

«es probable que...», puede ser, como puede ser que no, la frase en sí no es machista ni neomachista, en absoluto, al contrario, debería ser el ideal al que tendiera la lucha por la igualdad.

9- «También debería existir un día del hombre»: el 8 de marzo fue declarado el día Internacional de la Mujer Trabajadora por la ONU en 1975. Conmemora las luchas de las mujeres obreras que reivindicaban sus derechos y la igualdad en la sociedad. Actualmente aún vivimos en una sociedad que oprime a la mujer y en la que la desigualdad en el ámbito laboral, económico, político y familiar sigue siendo evidente, por lo que seguimos peleando y reivindicando nuestros derechos cada día y, en especial, el 8 de marzo.
Ajá, bueno, la frase original no me parece demasiado lúcida, más bien un tanto pava, así que por suerte encontré una con la que estoy de acuerdo con la autora, mi nivel de neomachismo a descendido 1/10.

10- «Ya hemos conseguido “la igualdad”»: creer que las mujeres ya estamos en igualdad de condiciones en todas las esferas de la vida es un error frecuente. La infrarrepresentación política, la brecha salarial, las mujeres asesinadas por sus parejas, el techo de cristal o el sobrecargo de los cuidados nos indican todo lo contrario: vivimos en una sociedad desigual.

No, no hemos conseguido la igualdad. Pero no me apunto un 2/10 con la periodista porque me parece que yo lucho a mi manera y en mi ámbito, por la igualdad, y ella también; pero estoy convencido de que la lucha de ella es estéril en muchos aspectos, por luchar en el plano de la ideología, por excluir en vez de incluir, por invitar a condenar sin juicio, y, en fin, por pretender primero la adhesión y luego la acción.
No digo que la autora no luche, y que no lo haga con buenas intenciones, digo que las luchas que se hacen desde esos referentes han resultado a lo largo de la historia, estériles.
Yo no puedo formar parte de esa lucha. Ya sé que a la autora no le interesará, porque de hecho parece más interesada en denunciar a gente como nosotros con un mote nuevo que a incluir luchadores a sus filas. Pero es una lástima que ante tanta necesidad de lucha haya gente que gaste sus energías así.


miércoles, 15 de abril de 2015

Ideología de la ideología de género, o cómo aprovecharse de un papa para llevar agua al propio molino

El Papa comenzó hoy a dedicar sus catequesis de los miércoles a la cuestión de varón y mujer, de la matrimonialidad, la diferencia, etc. Son enseñanzas muy sencillas, casi obvias, pero muy ricas porque con su habitual cotidianeidad en el hablar, consigue "bajar" algunas imágenes bíblicas muy potentes (como la del ser humano creado a imagen de Dios), a la comprensión de los peregrinos que -muchas veces bajo la inclemencia del tiempo- lo están oyendo en ese mismo momento.
Esto es, en cierto sentido, una gran novedad. Si comparamos las catequesis de los miércoles de Juan Pablo II sobre el mismo tema (catequesis entre septiembre de 1979 y noviembre de 1984) no hay duda de que llega a hacer una verdadera y perdurable teología... sin embargo dudo de que el que estuviera escuchando en ese momento entendiera algo de lo que el Papa estaba en ese mismo momento diciendo. Digamos que lo de Juan Pablo II era una teología, mientras que lo de Francisco es una muy sencilla explicación catequética para el momento en que se produce. Las dos cosas cumplen funciones definidas e importantes (aunque a algunos nos pueda parecer mucho más adecuado al contexto lo de Francisco que lo de Juan Pablo II).
Todo esto implica que, aunque lo que dice Francisco está teológica y bíblicamente fundado, no debería uno sacarle demasiada punta, porque la elaboración misma de las charlas está subordinada a la sencillez e inmediata captación, no a la búsqueda de profundidad ni, diría, enorme trascendencia: procura más bien un concepto claro que la gente se pueda llevar, como se lleva los evangelios de bolsillo y devocionarios que el mismo Papa hacer regalar en esas ocasiones.
Hablar de la diferencia varón/mujer como lo hizo hoy invita a confrontar con la llamada «ideología de género», uno de los aspectos más omnipresentes y acríticamente desparramados en Occidente, y con la que ese mismo público que lo estaba escuchando se las tiene que ver uno y otro día. Sin embargo el Papa apenas aludió a ello, y lo hizo, no en tono confrontativo, sino con mucho respeto. El párrafo dice:
«La cultura moderna y contemporánea ha abierto nuevos espacios, nuevas libertades y nuevas profundidades para el enriquecimiento de la comprensión de esta diferencia. Pero también ha introducido muchas dudas y mucho escepticismo. Por ejemplo, yo me pregunto si la así llamada 'teoría del género' no es también expresión de una frustración y de una resignación que apunta a cancelar la diferencia sexual porque ya no sabe confrontarse con ella. Nos arriesgamos a dar un paso atrás.»
No habló de «ideología de género» sino de «teoría del género», como en realidad corresponde hacer, ya que es su auténtico nombre, y no confrontó radicalmente, no "condenó", "alertó", ni "mostró una serie de preocupaciones que se derivan de ella", ni nada de todo eso que no puede resolverse en un párrafo... se hizo una pregunta: no cuestionó sino que SE cuestionó, y no habló de un tercero fuera de la plaza, sino en primera persona, como una teoría en la que, lo sepamos o no, estamos inmersos, porque es una de las marcas de nuestra época; y lo hizo ante todo valorando primero los logros de la época, antes de dejar caer su (auto)cuestionamiento.

No habló tampoco de ningún «plan de Dios», sino (lo más parecido que dice) de un «designio de Dios», al cual no lo identifica con la diferencia de sexos, sino que en realidad deja entender (si uno quiere elaborar un poco teológicamente lo que dice, aunque él no lo hace) que el designio de Dios tiene como uno de sus elementos, esa diferencia:
«De aquí viene la gran responsabilidad de la Iglesia, de todos los creyentes, y ante todo de las familias creyentes, para redescubrir la belleza del designio de Dios también en la alianza entre el hombre y la mujer.» (el destacado es mío)
No es el designio DE la alianza entre varón y mujer, sino el designio que se manifiesta EN esa alianza. El designio de Dios -que es único- trasciende los modos en que se manifiesta, y permite una gran creatividad y libertad por parte del hombre para descubrir ese designio y hacerlo propio.

Muchos utilizan la expresión "plan de Dios". Sin embargo es una expresión bastante impropia, y teológicamente problemática y peligrosa (como muy humorísticamente muestra el chiste gráfico que ilustra este post). Es verdad que en el Antiguo Testamento a veces Dios habla de sus "planes", pero en general la palabra «plan» se utiliza preferentemente para las maquinaciones de los malvados (Sal 33, Jeremías 18,23, Isaías 8,10, etc), mientras que, aplicado a Dios, equivale a los "caminos de Dios", trayectorias, andares, no arquitecturas cerradas que el hombre tiene que repetir (como es nuestra noción espontánea de «plan»).
En el Nuevo Testamento alude muy indirectamente a la idea de «plan de Dios», en las expresiones «voluntad de Dios» (Lc 7,30) o «economía divina» (1Tim 7,4); en ambos caso se puede traducir como «plan», mientras entendamos que no se refiere a un modelo trazado que los demás (nosotros) tienen que repetir, sino a un modo de moverse Dios mismo en el mundo, acorde con su interés salvífico por el hombre, siempre frustrado por nuestro pecado, y retomado por Dios con un cambio en los «planes maestros», que deja intacto el «misterio de su voluntad»: conseguir que todas las cosas tuviesen a Cristo por cabeza (Efesios 1,9-10)

No hay nada en el Nuevo Testamento, ni en la Biblia en general, que suponga la idea de quienes predican que nosotros tenemos que realizar ciertas cosas rigurosamente predichas (y que por lo tanto el pecado consistiría en irse del molde trazado); al contrario: a eso Pablo lo llamaba "vivir según la Ley", y lo consideraba contrario a la libertad en Cristo, y por tanto contrario al designio divino.

Porque hay, sí, un designio de Dios, que se realiza en el actuar del hombre, y también a pesar del actuar del hombre: quien vive de cara a ese «misterio de su voluntad», ya ha entrado en la dimensión de la fe, y por tanto de la salvación, y quien se niega a percibir el «misterio de su voluntad» es invitado una y otra vez a hacerlo, que para eso está este tiempo: para invitar, no para evaluar los planes y sus resultados.

Ahora vayamos a lo que motiva el título de esta nota: leo hoy en Aciprensa que el Papa dice que «la Ideología de género contradice el plan de Dios», e incluso pone entre comillas la expresión «ideología de género», como si fueran palabras del Papa, cuando leyendo la catequesis se nota precisamente la delicadeza del Papa al evitar esa expresión. También en Infocatólica se se dice que «El Papa afirma que la ideología de género es expresión de una frustración que busca borrar la diferencia sexual», cuando, como hemos visto, no sólo no habla de la «ideología de género», sino que evita «afirmar» y más bien «se pregunta». Mientras que Infovaticana convirtió la autopregunta del Papa en una afirmación, aunque -todo hay que decirlo- fue por esta vez la más moderada de este grupo casi unísono, ya que no habla de «ideología de género», ni de «plan de Dios», y es la única de las tres que reproduce el discurso entero tal como lo dijo el Papa.

viernes, 19 de diciembre de 2014

Presunción o desesperación

Estaba leyendo en el blog Todo Era Bueno (TEB), como hago habitualmente, y un comentario de un lector me disparó una reflexión. El comentario decía:
«Yo un problema muy gordo que le veo al cristianismo que yo conozco es la cantidad de cristianos que creen que no necesitan sacramentos, sobre todo confesión. Porque, en lugar de considerarnos pecadores y sufridores de las consecuencias del pecado original y necesitar, por tanto, perdón de los pecados y reconciliación con Dios, pues consideramos que nuestro mal es fruto de las circunstancias sociales al más puro estilo del materialismo histórico. Como decía el bueno de Marx: "No es la conciencia del hombre la que determina su ser sino, por el contrario, el ser social es lo que determina su conciencia." Y por eso vemos obispos diciendo que lo mejor es que los divorciados adúlteros comulguen y otros desastres. Y claro, si no necesitamos conversión sino subsidios, pues... el cristianismo no vale para mucho, la verdad.» (user: quebellassontustiendas)

A decir verdad, mi reflexión se disparó muy pronto de ese comentario, y no digamos del tema principal del post... sin embargo se me unió al diálogo el P. Javier Vicens, con quien frecuentemente tenemos intercambios allí mismo, a partir de puntos de vista bastante disímiles.
El tema se fue profundizando y ramificando, y me resultaba vergonzoso ya utilizarle el blog a TEB para responder, así que traigo aquí toda la conversación, agrego un paso más, y si quiere D. Javier (o quien lo desee), podemos continuar.

Abel:
Ese que dijo que "los publicanos y prostitutas os precederán en el Reino", sin aclarar si tenían que dejar de serlo para preceder, seguramente era un populista, qué fácil es prometer utopías para ganarse al pueblito: "liberación a los cautivos...", "Yo os aliviaré..." ¡demagogo! 
Afortunadamente al Demagogo populista lo crucificaron, si no, no sé a dónde hubiéramos llegado... tras lo cual la paciente obra del Gran Inquisidor (en distintas versiones, pero idéntica pasión por la Verdad), año tras años ha conseguido poner un poco de orden en tanto revuelto que casi amenazaba con acabar con nuestra religión.
Lo importante ahora sería completar la obra, sacar del medio a toda la antiiglesia, a todos los pecadores que no consiguen dejar de serlo, a todos los manchados cuya mancha no se puede tapar ni dejar a cero; que se vayan, así no habrá salvación ni alegría de redimidos, ni segundas oportunidades, pero al menos sabremos quién es quién.

Javier:
Si Nuestro Señor, tan amable siempre, le dijo a la amable adultera que no pecase mas, me extrañaría que hubiera propuesto a las prostitutas como ejemplo a seguir sin hacer mención de su arrepentimiento. Herodes escuchaba con gusto a Juan -el bautizador- pero no se arrepentía de estar con la amable mujer de su hermano. Si Herodes se hubiera arrepentido, Jesus -Nuestro Señor- nos habría dicho: "hasta el mismo Herodes os precederá en en el Reino". 
Y perdonen las faltas de acentuación. Es que mi tablet -como los teólogos modernos- pone los acentos no según las reglas de acentuación sino siguiendo los impulsos de su noble corazón o, por decirlo al modo antiguo, a su albur.

Abel:
Lo interesante del relato de la adúltera es que muestra que Jesús daba con mucha facilidad y liberalidad cheques en blanco: "en adelante no peques más"... y nosotros convertimos esa afirmación en su contraria: "Jesús la perdonó A CONDICIÓN de que no pecara más". En realidad nadie sabe si la adúltera siguió pecando o no; ni siquiera es exactamente una condición, bien puede ser un consejo, o un deseo; y a la vista de nuestra naturaleza humana, podemos casi asegurar el resultado. 
Pero mientras tanto salió de la arena feliz con su cheque en blanco, y nadie le pudo quitar ese perdón ya dado de antemano, sin condiciones, sin racionalizaciones, y sin proporciones. 
Jesús predicó y enseñó cosas muy contrastantes, sobre la puerta angosta, pero también con la mano ancha, y cuando dijo el apotegma del camello por el ojo de la aguja y los discípulos sacaron la consecuencia lógica: "entonces ningún rico se puede salvar", les salió por la tangente: "no hay nada imposible para Dios". 
La verdad es que no termino de entender de dónde sacamos y justificamos este agobiante racionalismo que convierte una fe auténticamente liberadora en una religión como todas las demás, "y si no te gusta, vete". 
Luego al propio TEB le contraría un tanto que el Papa aparezca mencionado entre "los demás líderes religiosos"

Javier:
Más que dar cheques en blanco, tal como lo veo yo, Jesus pedía y pide cheques en blanco. Nunca -que yo sepa- dijo: "poned lo que queráis y yo lo firmo y os lo pago" Esa era la actitud de Herodes cuando había bebido más de la cuenta y se emocionaba con el baile de Salomé: "pídeme lo que quieras, la mitad de mi reino o la cabeza del bautizador, tan amable". Nuestro Señor no es Herodes. Lo que vino a decir y dice es, mas bien, "Firmadme un cheque en blanco y dejad que yo ponga la cantidad que me debéis. Todos me debéis mas de lo que podeis pagar pero no os preocupéis. Cualquier deuda reconocida será perdonada porque no he venido al mundo para cobrar deudas sino para perdonar deudas reconocidas".
El "yo confieso" es un cheque en blanco que firmamos en cada Misa confiando en Nuestro Señor Jesucristo que no pondrá ni mas ni menos de lo que le debemos. Una sola gota de su sangre puede librar al mundo entero de todos sus crímenes. Pero el mundo debe firmar algo así como un cheque en blanco o algo así como un reconocimiento de sus crímenes.

Abel:
Ya que estamos en el "tal como lo veo yo", te diría que estoy completamente de acuerdo con lo que dices excepto en un punto: puedo firmar el cheque en blanco, porque Él me lo firmó primero. 
Tú pones el acento en lo que el mundo (la comunidad, el individuo) DEBE hacer primero; lo que yo pienso es que lo bueno y saludable, lo mejor para el mundo y para cada hombre es llegar en algún momento, en esta vida o en la otra (que para algo creemos en el purgatorio) a reconocer los crímenes. Pero eso, que es lo bueno, lo saludable y la salvación, aunque quizás DEBERÍA reconocerlo primero, no PUEDE reconocerlo primero (yo no puedo, y por solidaridad de naturaleza, me atrevo a pensar que tú tampoco); así que se nos da un cheque en blanco, un perdón gratuito de manera absoluta, no relativa, sino absoluta, y gracias a ese perdón, y en la medida en que vamos penetrando en él, que vamos interiorizando ese perdón, que se van curando las heridas de nuestro corazón, nos vamos haciendo capaces (no nosotros a nosotros mismos, sino que ese perdón nos hace capaces) de salir de nuestro pecado. 
Eso tarda en unos lo que una confesión, en otros toda una vida, y otros necesitan un vida terrena + un plus de purgatorio... 
Por racionalizar esto y tomar el efecto como causa, es que convertimos nuestra fe en una máquina de desesperar pecadores: tú no vengas, tú no te acerques, tú no estás limpio, tú no crees lo suficientemente bien, tú no comprendes, tú no ves, tú no sabes, tú no vives, tú no alcanzas la contrición necesaria, tú no pones los medios para dejar de pecar... 
Pero en fin, es "como lo veo yo", así que no hace falta que me hagas más caso que el justito.

Javier:
Conste que sus puntos de vista me interesan muchísimo y que disfruto de lo lindo -y aprendo- leyendo su blog. No discuto la verdad -misteriosa- del perdón de Dios que precede a nuestro arrepentimiento: perdónalos, no saben lo que hacen. Y si, en efecto, nuestro arrepentimiento no es condición para su perdón, si (acento) que lo es para que su perdón nos salve: Dios que te creo (no sale el acento) sin ti, no te salvara (acento) sin ti. Tenemos ante los ojos a Uno que da su Vida por nosotros. Tenemos una vida para reconocer ese Amor. Se nos dice que no desesperemos y que -pase lo que pase- confiemos en ese Amor que siempre perdona. Pero también se nos dice: no tentaras (acento) al Señor. Y se nos advierte así tanto contra la desesperación como contra la presunción. Cierto que la Ley sin gracia es una carga que ni nuestros padres pudieron llevar ni podemos llevar nosotros. Pero no en vano el anuncio del Evangelio va unido a la llamada a la conversión. Podemos convertir nuestra fe en una maquina de desesperar o en una máquina de fabricar presunción. De todo se ha dado en la historia del cristianismo. Gracias por su atención.

Hasta aquí lo ya habido, en comentarios agregaré mi respuesta a esto último, y queda abierto para continuar.

martes, 30 de septiembre de 2014

La carta de Reig Plá, el «gaymonio» y otras cuestiones que dan que pensar...

Con el traído y llevado asunto de la abortada ley Gallardón, hubo en la red opiniones de toda clase. La ley parecía hecha a la medida de las exigencias provida católicas (a la medida de mínimos, ya sé, porque somos inconformables), pero como los provida en España somos una auténtica minoría, la ley cayó antes de levantarse.
El PP había prometido vagamente revisar la Ley Aído, una ley del aborto hiperpermisiva, es más: de activa promoción del aborto. Se le encargó a Gallardón la revisión de la Ley, e hizo una que gustaba a esta minoría (como digo: gustaba de mínimos, pero gustaba).
Con una mano en el corazón: Gallardón no hizo lo que el gobierno le pidió, que era revisar un poco a la baja la Ley Aído, lo que hizo fue contraponer a la Ley Aído otra Ley que partía de otro principio, no del principio mayoritariamente aceptado por la sociedad del "derecho al aborto", así que el gobierno hizo lo que le toca a un gobierno en una democracia: preservar su base de votantes.
Porque aunque ahora los provida lloren y pataleen, la verdad es que no son la base de votantes del PP, que es un partido liberal, «informado ideológicamente por el feminismo radical y la ideología de género, e “infectado”, como el resto de los partidos políticos y sindicatos mayoritarios, por el lobby LGBTQ; siervos todos, a su vez, de instituciones internacionales (públicas y privadas) para la promoción de la llamada “gobernanza global” al servicio del imperialismo transnacional neocapitalista» (jolines con el Obispo! si es que parece un panfleto de izquierda de los 70!). Bueno, de paso acabo de presentarla: es un párrafo de la carta de Mons. Reig Plá, obispo de Alcalá de Henares, a propósito de la retirada del proyecto de Ley Gallardón.
Los provida están que trinan (aquí ya no uso la primera del plural, porque mi postura provida no tiene que ver con las "leyes del aborto" que son otras cosas que el aborto), por un lado se quieren comer crudo a Rajoy, por el otro, el hecho de que ellos y sólo ellos pataleen les muestra bien a las claras que no son la base de votantes del PP, y no tienen ninguna otra fuerza política con posibilidades de gobierno; así que el mismo pataleo demuestra que el gobierno actuó como era previsible que actuara, y que esto no es sentido -ni por el gobierno ni por su base electoral- como una traición a sus promesas electorales, por mucho que los provida lo quieran presentar así. Es más, en el acto por el cual Rajoy daba una patada a la ley y a Gallardón juntos (cuya hora había llegado hacía ya un tiempo), se leyeron esas mismas promesas electorales, signo de que el gobierno no considera que las haya incumplido, sino que "todavía" (y los tiempos de Rajoy son más inescrutables que los de Dios) no ha comenzado a hacerlo.

Presentada la cuestión, de lo que quería hablar es, como tantas veces, del modo de insertarnos los católicos, con nuestras exigencias, nuestras ideas, nuestra cosmovisión, etc. en un mundo que gira para otro lado, que ve las cosas distintas, y en el que tenemos que contar con que la inmensa mayoría de los que van a misa no están en desacuerdo con el aborto (aunque no tengan quizás una teoría al respecto), no están en contra del matrimonio del mismo sexo "si se aman", no ven mal que las parejas convivan años antes de casarse, la señora de la casa compra los preservativos para todos los varoncitos del hogar, "por si salen el fin de semana, para que tengan cuidado, porque estos chicos de hoy...", y no ven mal del todo que los matrimonios se separen "cuando se acabó el amor".
No estoy hablando de las teorías de género, del "derecho a la posesión de mi cuerpo", ni de todo eso tan teórico, sino de percepciones completamente palpables, primitivas, a flor de piel, hechas por fuera de toda consideración teórica: intuiciones del pueblo fiel.
Hace un par de generaciones todavía se representaba en colegios católicos el «Entremés del mancebo que casó con mujer brava», de Alejandro Casona, que es un sátira, pero que resulta también una horrible apología de la violencia de género. La razón es que eso, tan profundamente anticristiano, era aceptado por la gente piadosa: "una buena sacudida [del esposo a la esposa, se entiende] ayuda a mantener el matrimonio como Dios manda", escuché yo mismo hace unos años a una señora mayor en la cola de Mercadona. El santoral católico está bastante nutrido de mujeres maltratadas -pobrecillas ellas y bien santas que fueron, heroicamente-, que los hagiógrafos aprovechaban para poner de ejemplo a las casadas, para que supieran aguantar.
Los horripilantes crímenes pederastas cometidos por eclesiásticos no se pudieron destapar hasta que no entró en la conciencia del pueblo fiel (de ese que va silenciosamente a misa), que no era piadoso guardar silencio ante ello.
Este "sensus fidelium" (sentido cristiano de los fieles) tiene sus tiempos, y no es manipulable, ni reductible a códigos. A veces da gracia cómo los "conscientes de la fe" apelan al "sensus fidelium": cuando concuerda con lo que la doctrina oficial dice, viva el sensus fidelium, cuando no concuerda, "le ha han lavado el cerebro al pueblo cristiano".
Pero resulta que posiblemente el sensus fidelium (que no es infalible) se mueva por un cierto "olor a pastos", y lo interprete a su manera, en parte bien, en parte mal. No creo que haya que casarse con las interpretaciones de la fe y la moral que hacen las viejas al salir de misa, pero estoy seguro de que hay que, al menos, escucharlas un poco más. Y si ellas dicen que "bueno, mejor que se separen si no hay amor", o "si se aman, qué tiene de malo que vivan juntos?", deberíamos saber que allí hay, en la representación de una cáscara cultural que terminará cambiando, un núcleo de verdad que el Espíritu está hablando a nuestra fe.
Por muy cierta que pudiera ser la doctrina oficial sobre el aborto, la anticoncepción, la homosexualidad, la indisolubilidad matrimonial, las relaciones prematrimoniales, etc. hay -y creo que el Espíritu está golpenado la puerta de su Casa a ver si le abrimos- demasiados seres humanos que dejamos fuera, demasiada misericordia que estamos guardando en el cajón para mejores tiempos, demasiados abrazos del Padre que no somos capaces de repartir.

Bueno, ¿y qué hacer entonces? ¿simplemente cambiar 2000 años de convicciones "para que un par de degenerados que igual no vendrán a misa estén contentos"? (la frase es literal de un blog católico). Me parece reductivo ese planteo, pero quizás se trate de algo de eso. En la misa de hoy se leyó el fragmento de Lucas 9,51-56, que en su versión litúrgica dice así:
«Cuando se iba cumpliendo el tiempo de ser llevado al cielo, Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén. Y envió mensajeros por delante.
De camino entraron en una aldea de Samaria para prepararle alojamiento. Pero no lo recibieron, porque se dirigía a Jerusalén.
Al ver esto, Santiago y Juan, discípulos suyos, le preguntaron:
-Señor, ¿quieres que mandemos bajar fuego del cielo y acabe con ellos?
El se volvió y les regañó, y dijo:
-No sabéis de qué espíritu sois. Porque el Hijo del Hombre no ha venido a perder a los hombres, sino a salvarlos.»
Aclaro que eso dice la versión litúrgica, porque la última frase: "no sabéis...a salvarlos", no figura en muchos manuscritos antiguos, y la crítica bíblica tiene sobradas sospechas de la autenticidad lucana, así que en la mayoría de las biblias no figura. Sin embargo la liturgia la lee, mira por dónde, quizás para azote de la Iglesia, ya que ayuda a tomar conciencia de que lo nuestro no es el juicio ni el fuego del cielo, sino llevar salvación, llevar jaris -gracia, alegría-, "misericordiando" entre los hombres.

Al nivel del lenguaje y de la predicación tenemos mucho para hacer:
-Recibir al mundo con buena voluntad, con voluntad de encontrar en él lo que tenga de verdadero, y eso no se hace sin buena voluntad.
A veces esto se entiende así: yo tengo ya de antemano lo que es verdadero, en lo que el mundo coincide, lo puedo aceptar. No se trata de eso, sino de estar dispuesto a encontrar en el mundo vestigios de verdad que nosotros perdimos, o que nunca tuvimos.
-Nosotros no somos el mundo ni del mundo: aceptar del mundo el lenguaje con el que él habla de la realidad, tal como el mundo la percibe; sólo así podremos transformarla, si es que realmente queremos transformarla por amor a los hombres y deseo de su salvación, y no por mera vanagloria, y para demostrar que teníamos razón.
Sobre esto hay muchos ejemplos, me detengo en uno particularmente lacerante: algún ingenioso bautizó "gaymonio" al matrimonio entre personas del mismo sexo, y en general a lo que es la actual doctrina civil sobre el matrimonio en los países más desarrollados. Cuando un blog habla de "gaymonio", ya sabemos que estamos entre amigos, mientras que si dice "matrimonio homosexual", "matrimonio gay", o "matrimonio entre personas del mismo sexo", es un progre, y si es cristiano, es un "miope" y "le han lavado el cerebro". A mí me han reconvenido varias veces por hablar de "matrimonio homosexual" y no de "gaymonio": "eso no es matrimonio", me han dicho.
Pues permítanme que lo diga con todas las letras: eso es un cristiano irrespetuoso, soberbio, y que le interesa un pito la salvación del mundo, puesto que no está siquiera dispuesto a empezar por aceptarlo tal cual es, primer paso para desear transformarlo.
No se trata de "respetos humanos" (en el mal sentido), sino de auténtica humanidad, una humanidad de la que cada uno de nosotros participamos, y de convicciones que posiblemente sustentaríamos nosotros mismos si Cristo no nos hubiera enseñado el misterio profundo del matrimonio, la matrimonialidad del mundo. Somos privilegiados por haber accedido al secreto sentido de muchas realidades, de muchas instituciones humanas; y resulta entonces un gesto de soberbia hacer de nuestro privilegio la medida de la verdad.
Si queremos transformar el mundo, aceptemos lo verdadero del mundo: sus definiciones de matrimonio, sus definiciones de vida humana, sus definiciones numéricas de la verdad. Aceptando la legitimidad de esas verdades, aceptando que el mundo tiene derecho a plantearse a sí mismo como mejor le parezca, estaremos en el primer peldaño de una escala que en su último paso es la transformación de esos criterios.
Conozco la objeción: "pero el mundo no me acepta mis criterios, me llaman fascista, retrógrado, conserva, me insultan... por qué tendría yo que aceptar esos criterios torcidos y encima sonreír?"
¿Quieres una razón sobrenatural? porque Cristo lo aceptó todo, y partió de allí a proponer algo nuevo, y a los que les propuso y aceptaron, los "sacó del mundo"
¿Quieres una razón civil? porque tu postura representa sólo el 2% de una sociedad que gobierna para el 100%, y se maneja con votos y mayorías, que es una convención, pero es mejor que otras convenciones, al menos es la que mejor funciona de las últimas que hemos probado.
Si quieres que tu postura sea respetada, comienza por aceptar la verdad del mundo, que es que "la verdad" es aquello que consiga el 51% de los votos.
Una vez aceptado esto, sigue por ganar voluntades, entender lo que le ocurre al 98% que no te quiere, corregir lo que es soberbio en tu postura, lo que la hace repelente aunque pudiera ser verdadera. Gana conciencias, no aplastes discursivamente, se trata de transformar la mirada del otro, y no violentándolo, no "lavándole el cerebro", sino ampliándole su campo de mirada.
Una vez comenzado esto, ten mucha paciencia, los procesos históricos no se realizan de un día para el otro. Ahora estamos con el impulso de la absoluta autonomía de la mónada humana. Es un proceso, un proceso que captó algo verdadero y olvidado en el mundo anterior, y está persigueindo esa verdad a la manera humana: a los tumbos. Si no somos capaces de acompañar el proceso de la autonomía, si nos limitamos a ensalzar las partes buenas de la verdad anterior, y nos olvidamos que traía también mucho dolor, muchos excluidos concretos, no conseguiremos ayudar a "optimizar el proceso", y evitar los excluidos del mundo actual.

La carta de Reig Plá, que puertas adentro gustó mucho y que podemos tomar como paradigma de las soluciones católicas a los problemas del mundo, realiza uno a uno lo contrario de todo esto:
-Deslegitima la democracia formal (la única existente hoy).
-No sabe leer el programa electoral tal como fue lanzado a -y recibido por- su mayoría de votantes.
-No entiende ni le interesa entender las cuestiones de lenguaje implicadas en "derecho de la mujer".
-Manda una serie de insultos -o pretendidos insultos- encadenados, como el berrinche de un chico: liberal, marxista, lobby, capitalista, LGTBQ, individualista... una colección de términos destinados a quienes se sienten fuera de todos ellos, y por tanto no a quienes estaba dirigido (supuestamente Monseñor quiere persuadir al Gobierno a que reconsidere), y que juntos no quieren decir absolutamente nada.

No cito la Carta para mofarme de ella, pienso que está escrita con pasión y sinceridad, pero es un modelo de cómo nos movemos los católicos con el mundo, y un muestrario de todos nuestros fallos.

sábado, 5 de julio de 2014

¿Qué espero del sínodo de la familia?


La verdad es que a la vista del "instrumentum laboris" y de la ideologización general que hay en la Iglesia, según la cual importa primero si eres "progre" o "retro" y luego si hay razones en lo que piensas, hay poco para esperar del Sínodo y de nada. Pero de todos modos un sínodo, hermano menor de un concilio, es un acontecimiento especial de gracia, un momento de impulso del Espíritu Santo, y él sí puede hacer mucho, como hizo mucho en cada uno de los concilios, en especial en el Vaticano II.
¿No será "en especial en el de Nicea I" o "en especial en el de Trento"? No, es "en especial en el Vaticano II", porque en cierto sentido todos los anteriores lo tuvieron un tanto más fácil (y fueron concilios difíciles, de tiempos muy conflictivos!); el Concilio Vaticano II tuvo que bregar por hacer pasar a la Iglesia del repliegue en sí misma de la modernidad a una nueva apertura, que la recondujera a lo que ella es: nada en sí, todo desde Cristo, todo para el mundo. Fue un concilio para pasar de la modernidad a la posmodernidad.
No se consiguió en todo, pero sí en mucho. Entre los diversos "aggiornamientos", doctrinales, teológicos, litúrgicos, pastorales, no se abordó un aggiornamiento muy necesario, pero para el que posiblemente la Iglesia no estaba preparada: el aggiornmamiento moral. Sólo la moral (no específicamente la sexual, pero es la más visible en este punto) quedó anclada en el moralismo moderno.
Sería una simpática ironía (de esas que gustan al E.S. y que tanto se ven en la Escritura) que un moralismo inventado por jesuitas sea liquidado por el primer papa jesuita; pero bueno, no es él el que lo liquida, sino una Iglesia que en este momento marcha en ritmos (mal) sincopados: una buena parte va bastante a tempo, en el ritmo del Concilio Vaticano II, tratando de mantenerse pertrechada para el encuentro con la posmodernidad, y una parte viene un tiempo más tarde, a las cansadas, arrítmicamente sincronizada todavía al mundo moderno, y respondiendo a criterios y problemas que el mundo ya no tiene.
Porque toda esa moral que algunos se aferran en defender como el non-plus-ultra de la moral cristiana, o el destilado quintaesencial del irreformable pensamiento de la tradición (perdón, de la Tradición), no tiene más de cinco siglos, es jesuítica de punta a punta, porque es casuística de punta a punta, y tiene como eje el muy jesuítico reemplazo de la conciencia personal por la conciencia del director espiritual.
Claro que ya no es común el director espiritual, así que a la heteronomía de la conciencia hasta cierto punto admisible de abandonarse en manos de otra persona de más experiencia, le sucedió la heteronomía de abandonarse a la interpretación (de más en más literalista y carente de matices) de encíclicas y documentos... La pregunta moral por excelencia «¿entonces qué debo hacer?» resulta ser respondida con: «Lo que dice la "Humanae Vitae"».
Lo que espero del Sínodo de la familia es que se anime a poner como punto de partida la conciencia del creyente: no los documentos, ni la doctrina, ni el director espiritual, sino la conciencia de cada creyente, a partir de lo cual cobran sentido las demás realidades.

Por ejemplo, a la pregunta "¿puede comulgar el que está en una unión matrimonial irregular?" Yo desearía que se respondiera: "es algo que cada creyente tiene que preguntarse y responder primero desde sí mismo, desde su propia conciencia de creyente, en oración, ante la Escritura, ante el Santísimo, ante la exigencia misma de la grandeza del misterio al que quiere acceder. Si le resulta enorme el peso de esa respuesta, que lo consulte con su confesor, su director espìritual, su párroco, su obispo".
No otra es la pregunta que debe hacerse cada creyente para entrar en comunión con su Señor, y en él, con la Iglesia. Resulta un tanto indigno pretender reducir la cuestión a una lista, necesariamente casuística, de los que pueden y los que no pueden comulgar.
La responsabilidad de acercarse a la comunión o no hacerlo sólo la puede tener el propio creyente, ya que tenemos los dos mandatos contrapuestos de respetar la trascendente santidad de la Eucaristía, al tiempo que el contenido de esa misma Eucaritía es "tomad y comed todos de él".

Otro ejemplo: la Humanae Vitae retoma (un poco a regañadientes, n. 7) el concepto de "paternidad responsable"; hace una estupenda síntesis doctrinaria de un concepto cristiano de matrimonio y amor conyugal (nn. 8-9), y luego deduce de allí, entre otras cuestiones, la del control de la natalidad: "En la misión de transmitir la vida, los esposos no quedan, por tanto, libres para proceder arbitrariamente, como si ellos pudiesen determinar de manera completamente autónoma los caminos lícitos a seguir, sino que deben conformar su conducta a la intención creadora de Dios, manifestada en la misma naturaleza del matrimonio y de sus actos y constantemente enseñada por la Iglesia" (n. 10)
Como principio, no podría estar mejor dicho. Ahora bien: el resultado histórico es que lo que no se dejó a la libre autonomía, en vez de volverse teó-nomo -que es lo que introduce como concepto: "conformar su conducta a la intención creadora de Dios"- se volvió "heterónomo": "¿Entonces, ¿qué método me deja usar la Iglesia?", o aun peor: "La Iglesia te deja usar este método, pero no este", "curso para aprender el método de la Iglesia", etc.
Se sentó a la vez una ficticia división entre métodos "naturales" (típicamente el Billings) y métodos "artificiales". División cuestionable por dos motivos:
-Porque el llamado método "natural" es tan técnico como los otros, sólo que toma como parámetro el ciclo ovular (más visible y por ello en apariencia más "natural"), en lugar de incidir en modificar ese ciclo, como las pastillas, o impedir la unión de óvulo y espermatozoide con una barrera. Sólo es "natural" en apariencia, o bien todos son naturales, porque todos actúan sobre posibilidades que están en la naturaleza de la relación sexual.
-Porque si en los documentos conciliares se habla de que la creación humana y técnica es extensión del poder creador divino, y que cuando el hombre incide en la creación no se opone a los designios creadores divinos sino que más bien los actualiza (esto es doctrina común, incluso mencionada en HV n. 16), ¿cómo es que se va a parar a un concepto en el que la incidencia técnica del hombre parece como raigalmente -y no sólo accidentalmente- opuesta a la acción creadora de Dios?
De esta división surgen los resultados de una lectura heterónoma (y por tanto exterior) de una doctrina que daba (y puede seguir dando) para una comprensión personalista de la cuestión de la natalidad, en donde la conciencia de los esposos fuera el punto de partida, y el diálogo conyugal el lugar donde el poder creador de Dios hablara.

Pienso yo que hay un consenso muy grande entre los creyentes para admitir cambios que serán -sean cuales sean- radicales, si es que se va a las raíces profundas de los problemas, y a la raíz profunda por excelencia, el cambio de época.
El consenso de los creyentes es fundamental, del momento en que en la fe vivida se expresa gran parte del Espíritu. Y en este momento muchos creyentes sinceros, bienintencionados, formados, no pueden, en conciencia, plegarse a las exigencias de una moral puramente moderna (es decir heterónoma y casuísitica), por lo que se da esa impresión de desafección por parte de una masa importante de católicos. No se trata de nada orquestado: la desafección tiene, creo yo, la raíz de no poder discutirse con alguien que de antemano siempre va a tener la razón (la Iglesia), y al mismo tiempo entrar en colisión con lo que personalmente se cree, se vive, y se ve como proveniente de Dios.

Me parece a mí que poner las bases de una superación de esa "arritmia" de la que hablaba antes podrá ser -y ruego que lo sea- uno de los frutos de este sínodo. Independientemente de que los documentos serán, como siempre, conciliadores con todos, y de que conseguirán, como siempre, no dejar conforme a nadie.

lunes, 9 de diciembre de 2013

Laicismo II

Francisco planteó una pregunta sobre la cárcel, dice:
«En el Evangelio, Jesús enseña con sus palabras y sus actos a perdonar siempre, a poner la otra mejilla, a no resistir el mal, etc. En esta línea, aparentemente, un cristiano no debería encerrar a su hermano a la fuerza ni entrenar a otros para pedirles que lo hagan por él, aunque aquél hubiera hecho un gran daño. El mandamiento es perdonar.
¿Cuál es él sentido cristiano de castigar al malvado o, si no se lee así, de encarcelar al que viola la ley?»

Carlos le respondió con un principio que parece de lo más lógico y natural:
«El perdón no anula el equilibrio de la culpa»
Luego yo a mi vez también respondí (puede verse allí mismo en los comentarios). Pero Francisco lanza un nuevo reto a ellas. Responder a esas nuevas objeciones se hace un poco difícil en los comentarios; y además me gusta el tema como para complementar el principio de laicismo del que hablé en otro post. Así que este es respuesta a Francisco, pero apunta a un poco más. Igual he conservado la forma de respuesta directa:

Francisco: por la dispersión de mensajes no es problema, el problema es lo que dices... :-) no consigo encontrar por dónde entenderlo... perdona mi sinceridad, sin ánimo de molestar, pero la verdad es que lo veo una ensalada conceptual: mezclas conceptos que corresponden a una visión cristiana del hombre y de la sociedad, y que por tanto pertenecen a los derivados de la fe personal, con conceptos que corresponden a la organización de la sociedad sin más, desde un punto de vista "natural" (por llamarlo de alguna manera).
Vamos por partes:
«la respuesta metafísica está incompleta ya que no explica porqué debemos precisamente nosotros restablecer el equilibrio de la culpa»
¿a qué nosotros te refieres? ¿a los creyentes? ¿o a los seres humanos? creo que Carlos (y lo dí por sentado al llamarla "respuesta metafísica" y no "respuesta religiosa") se refiere a los seres humanos. Los creyentes no tenemos ninguna prerrogativa en eso: como seres humanos, todos estamos llamados a la realización de la justicia. Se puede renunciar a ello, claro, y arruinar la historia, pero si se quiere una sociedad justa, hay que arremangarse y hacerla. Parte de ese hacer (insisto: no religioso sino humano, metafísico) es equilibrar la injusticia herida por el delito.
«¿es un derecho o un deber?»
un deber, está inscripto en el ser humano. Puede no realizarse, y hacer de esta tierra y de esta historia un asco infumable... ah, cierto, es precisamente eso....
«¿es moralmente malo no denunciar al asesino de mi padre?»
Moralmente, en el sentido de una moral natural, sí.
«¿por qué eso se hace con cárcel y no con otras penas o derechamente el ojo por ojo?»
Puede hacerse de otras maneras; ahora se usa la "probation" hasta para infanticidas múltiples, si es con violación y sodomía del nucleo familiar, limpieza de cestos de basura por tres semanas, conmutables por una partida de candy crush... El «ojo por ojo», la «venganza clánica», etc. son otros métodos, parece que peores que la cárcel.
«Si no hay cárceles, ¿debemos encerrar a nuestro hermano en alguna habitación?»
Una cosa es que la sociedad tenga que restablecer el equilibrio, y otra es que deba (o incluso que pueda, que le corresponda) hacerlo cada individuo por su cuenta. Se supone que sólo el Estado detenta el uso de la violencia (y mantener encerrado a uno es violencia) en la sociedad moderna.
«Y si debemos actuar con él como Dios, ¿no deberíamos dejar la maleza con el trigo y también dejar que llueva lo mismo sobre justos e injustos, cómo hace Él?»
Tú como cristiano estás llamado a una forma nueva de relación con el otro ser humano que está cerca de ti, y que debido a tu fe (no por nada que haga él en particular), resulta ser tu hermano y tu prójimo. Si tú consideras que el Evangelio te manda dejarlo crecer como maleza y trigo, tienes que hacerlo, puesto que así lo ves en la fe, y la fe es el criterio más alto que existe. Pero esa interpretación de las cosas te obliga sólo a ti, e incluso puede tener consecuencias en tu vida civil (como pasa con los mártires); pero no puedes pretender la eliminación de la justicia retributiva humana -que es natural y por tanto buena- porque tú te consideras llamado a una justicia superior.
«¿Qué quiere decir "no resistáis al mal" Mt 5?» 
Posiblemente quiere decir que tú no resistas al mal. Yo sólo te puedo decir lo que ese pasaje NO quiere decir: no quiere decir que tú le tienes que imponer a los demás que lo cumplan, ni siquiera aunque tú lo cumplieras.
«¿No decías en otra parte que la frase "tú eres pecador" es casi siempre falsa?. Una especie de principio de incertidumbre que es parte esencial del mandamiento evangélico de no juzgar.»
No tengo ni la menor idea de qué relación le encuentras tú a eso con la cuestión de la justicia humana, ¿pretendes que yo pienso que no debe haber jueces en la vida civil porque Cristo en el Evangelio dice que no juzguemos? Eso está absolutamente lejos de mi forma de ver, de presentar, de considerar y de vivir la relación entre fe y vida civil. Creo que lo que supones es más o menos parecido a como plantean la cosa los cuáqueros o los amish... :-)

Mira, te lo voy a resumir en una frase: la vida civil es y debe ser esencialmente a-tea. El espacio público sólo lo deben ocupar los hombres. Eso se llama «laicismo», y es un modo de resolver la siempre conflictiva relación entre religión y sociedad civil.
Sin embargo, hay que tener cierto cuidado con esa proposición, porque puede entenderse de distintas maneras: hay una forma de laicismo que lo que pretende es eliminar toda presencia religiosa en la vida civil, apoyándose en que el espacio público sólo debe estar ocupado por hombres, no por seres divinos. Enarbola el principio de defensa de los sentimientos adversos, y cuando uno se siente ofendido porque en Roma hay una cruz, hay que quitarla, porque un turista se sintió ofendido...
Eso en realidad es reductivo, y es lo contrario de un espacio público ocupado por hombres. Afirmar que el espacio público está ocupado por hombres significa aceptar la esencial relatividad de cada uno de los hombres que integran ese espacio público, y aceptar por tanto que cada uno lleva un algo de verdad, ¿cuánto? es imposible determinarlo de una manera no totalitaria, así que en bien de todos, aceptamos ese principio de incertidumbre que me hace respetar la verdad de los otros por lo que pudieran tener de verdaderas, y reclamar el respeto de la mía no por lo que tiene de verdadero para mí (que es todo) sino por la parte que le toque en el concierto de la verdad.
Esto trae ciertas consecuencias: por ejemplo, los símbolos religiosos deben aceptarse, pero siempre como expresión de convicciones de seres humanos concretos que forman la sociedad, nunca como «verdades públicas».
Igualmente, no tienen cabida en la vida civil los criterios de justicia del evangelio, aunque a mí como cristiano me parezcan más altos y perfectos que los civiles.
Ahora bien, yo, como cristiano, sí que me puedo, en medio de esa sociedad "a-tea" saber reclamado por Dios, y actuar en mi sociedad promoviendo un cambio, una transformación en la justicia, por ejemplo. Pero si quieres aplicar el criterio de trigo y cizaña a la vida civil, tiene que ser porque lo descubres inscripto entre las formas humanas posibles de la justicia humana, no porque lo dice el evangelio, aunque tú hayas llegado a eso a través del evangelio.
Es una dialéctica difícil, pero nos resguarda de otras formas de interactuar religión y sociedad, que no las libran de mutuos avasallamientos, como es testimonio la historia.

jueves, 7 de noviembre de 2013

Una moral tuiteable

Hoy se cumplen cien años del nacimiento de Albert Camus. No creo que pase día sin que recuerde algo de él, pero un aniversario es siempre un aguijón para pensar un tema más concentradamente.
En uno de los últimos post citaba una frase del ensayo "El destierro de Helena", un magnífico escrito incluido en "El Verano". Casi al final de ese mismo breve texto hay una frase en la que plantea las bases de una «moral humanística» que pueda hacer frente al embate de izquierdas y derechas, de ideologizados de cualquier especie (incluyendo claro está -y son los que más me interesan- los ideologizados en nombre de Cristo).
Tuiteé esa especie de moral básica esta mañana: «La ignorancia reconocida, el rechazo del fanatismo, los límites del mundo y del hombre, el rostro amado, la belleza en fin». ¡Todo el humanismo pueda caber en menos de 140 caracteres!, no hay excusas para el odio. Lo bueno es que toda esta moral empieza en uno mismo, no en el error del de enfrente, sino en el propio.

-la ignorancia reconocida; saber que no se sabe, que el otro es siempre portador de alguna verdad nueva. Y cuando digo el otro no me refiero a Gandhi y la Madre Teresa solamente, sino también a Belén Esteban entre los idiotas, y a Hitler entre los malvados. Los límites del rechazo personal están en las lindes de la verdad que el otro inevitablemente trae, mal que me pese. En este valor están contenidos y en germen todos los demás

-el rechazo del fanatismo; viene inevitablemente de atisbar, o de al menos disponerse a hacerle lugar a ese mínimo de verdad que pueda venir en el otro. El fanatismo acecha siempre, incluso la causa humanista puede abrazarse fanáticamente; acecha en uno mismo, y hay que estar vigilantes, y acecha en los demás, y hay que aprender a rechazarlo delicadamente pero con no menos firmeza.

-los límites del mundo y del hombre; los límites no son solamente cercos que negativamente marcan un freno a la audacia del hombre, también crean el espacio acotado en el que nuestra finitud puede expandirse lo suficiente como para abrir esos límites de manera creativa.

-el rostro amado; no hay mayor revelación de la verdad que el amor que se profesa a otros y en otros. Aunque parezca por momentos que la verdad es cosa de "concordancia entre la cosa y el intelecto", realmente jamás se alcanza esa concordancia si no concuerda primero el corazón con ello. Nada hay en el intelecto que no haya estado antes en el corazón; y esto no rige solo verdades de valor moral, afectivo, subjetivo, o como se las quiera llamar, ¡hasta para conocer una mesa cambia la facultad perceptiva según las condiciones de nuestro corazón! Por mi parte, jamás habría conocido la verdad del humanismo -tan ajeno a nuestras tendencias de homo lupus- si no hubiera amado primero a Camus, jamás habría descubierto el secreto lenguaje del ser en las cosas caducas si no hubiera comenzado por amar a Heidegger, o amado las mediaciones si no hubiera primero amado a Ricoeur; y estos son solo tres autores-ejemplo a los que amo de manera especial, pero el principio del rostro amado se aplica a cada mínimo descubrimiento, adhesión, compromiso: uno cree que adhiere a tal o cual gran principio -sí, incluida la fe- porque la "lógica" de ese principio se le manifestó, pero en realidad adhiere porque se le reveló en el amor de alguien que adhiere o adhería a él. Esta es la razón por la que los argumentos lógicos, incluso en las cosas más "lógicas" fallan de manera inevitable, ¡la infantil apologética de querer "demostrar la fe" con "pruebas de la existencia de Dios"! El mismo Camus cuenta (aunque ahora no recuerdo dónde) que tuvo que ejercer una especial delicadeza narrativa en La Peste para poder hablar contra la fe cristiana -en la que no creía- pero sin lastimar a sus amigos cristianos, a quienes amaba. Cualquiera puede ver que finalmente se impuso la verdad del rostro amado, y la "crítica a la fe" de esa novela, como del resto de su obra, lejos de rechazar la fe, ayuda a vivirla en una mayor pureza, a desideologizarla.

-la belleza en fin; el gran principio del que nace el humanismo es que ser, verdad, bondad se manifiestan al hombre como belleza. Todo eso que es finito, caduco y poco permanente para merecer nuestro amor (no el Ser sino los seres), todo aquello a lo que el análisis lógico le encuentra siempre un "pero" (no la Verdad sino las verdades), aquello que aunque sea bueno, excluye a algo y a alguien y deviene mera ley (no la Bondad sino las cosas buenas); todo eso que no es Dios y no puede conceptuarse como ser, como verdad, como bondad, pero participa de manera inenarrable del propio Dios, se nos muestra a los hombres como belleza. Porque la belleza (cuyo nombre precisamente deriva de bellum, guerra) no niega ninguna tensión, ninguna lucha, ninguna fatiga. La belleza no es tranquila, y sin embargo alcanza la serenidad.

La ignorancia reconocida, el rechazo del fanatismo, los límites del mundo y del hombre, el rostro amado, la belleza en fin, ése es el terreno en el que volveremos a reunimos con los griegos. En cierta manera, el sentido de la historia de mañana no es el que se cree. Está en la lucha entré la creación y la inquisición. Pese al precio que hayan de pagar los artistas por sus manos vacías, se puede esperar su victoria. Una vez más, la filosofía de las tinieblas se disipará por encima del mar destellante. ¡Oh pensamiento del Mediterráneo! ¡La guerra de Troya se libra lejos de los campos de batalla! También esta vez los terribles muros de la ciudad moderna caerán para entregar, «alma serena como la calma de los mares», la belleza de Helena.

martes, 5 de noviembre de 2013

Una respuesta al Card. Sarah

Las palabras con las que dialogaré en este post pertenecen al Card. Sarah, presidente del Pontificio Consejo Cor Unum; sin embargo, debo decir que no tengo el mensaje completo, sólo lo que salió publicado en Vatican Insider, por lo que no puedo asegurar que esto es lo que él piensa, pero como lo que dice es bastante usual en algunos círculos de la Iglesia, sitios "muy" catolicos, etc. (y de hecho a dos días ya fue reproducido hasta el hartazgo), me animo a explicar y replicar desde otro lugar desde donde parece estar hablando el cardenal.

«Incluso entre los bautizados y los discípulos de Cristo hay hoy una especie de apostasía silenciosa, un rechazo de Dios y de la fe cristiana en la política, en la economía, en la dimensión ética y moral y en la cultura post-moderna occidental.»

Considero realmente injusto calificar de "apostasía silenciosa" al múltiple esfuerzo, en todos los frentes, que estamos haciendo millones de católicos por vivir nuestra fe de una manera que supere la relación directa e inmediata de la fe con el mundo tal como se practicó en otras épocas, y que ha dado lugar a una cristiandad ruinosa, que desde hace cuatro siglos hace cada vez más agua por todos lados.
Posiblemente muchos nos equivoquemos, estoy seguro de que de todos los intentos, sólo unos pocos valdrán la pena y "harán época". Pero la Iglesia siempre ha confiado en el "sensus fidelium", en el buen sentido de los fieles, en su "olfato" en cuestiones que atañen a la fe. Es hacer trampa hablar de "sensus fidelium" cuando los fieles coinciden con lo que la Iglesia propone en los documentos, pero hablar de apostasía silenciosa cuando esos mismos fieles simplemente le dan la espalda en masa a una forma de solucionar el problema de la relación fe-mundo. No a la fe, sino a una forma eclesiástica de resolver esa delicada cuestión.
Habrá, quizás, muchos bautizados que dan la espalda a Dios, pero muchos otros lo que rechazamos no es a la Iglesia, ni mucho menos a Dios, sino a confundir Iglesia con estructuras mundanas de lucha por el poder, rechazamos que se equipare presencia de la Iglesia en el mundo con casilla de la renta, que se confunda enseñanza de la religión con monopolio catequético en las aulas de escuelas laicas, que se usen las tradiciones de los pueblos (que tienen orígenes religiosos) para afirmar que "España [o Argentina, Brasil, Perú, etc] es católica", y pretender usar ese "dato" para interferir en la autonomía del mundo. Muchos, en suma, queremos volver al mandato de Cristo, de ir, enseñar, convertir, a través del testimonio personal, la coherencia de vida, la propuesta, sin ninguna -porque no hace falta ninguna- relación con el poder.
Por mi parte considero la postmodernidad una bocanada de aire fresco; pero sea positiva o negativa la valoración que se haga de nuestra época, ¿por qué algunos se empeñan en seguir considerando como si las épocas de la cultura fueran una camisa que uno se saca y se pone a voluntad? ¿tan brillante le parece al cardenal Sarah la deplorable Iglesia de la modernidad, aliada de los peores aspectos del poder mundano, amiga de príncipes, politiquera, de lenguaje diplomático y ambiguo, reacia a cualquier intento de justicia histórica para los oprimidos de cada momento, como para rechazar este intento de sacarse de encima esa época, que hacemos presionados por la vacuidad y ahogamiento del proyecto moderno?
No hablo de acciones individuales: en cada momento -y por tanto también en la modernidad- hubo hombres evangélicos, dentro y fuera de la estructura eclesiástica, pero en la modernidad han tenido que actuar de manera sistemática a contrapelo de la Iglesia, en principio rechazados, ¡no por el mundo, como sería lógico, sino por la propia Iglesia!

«Involuntariamente [los hombres actuales] respiran con todos sus pulmones doctrinas que van en contra del hombre y que generan nuevas políticas que tienen un efecto de erosión, destrucción, demolición y grave agresión, lentas pero constantes, sobre todo en la persona humana, su vida, su familia, su trabajo y sus relaciones interpersonales. No tenemos ni siquiera el tiempo para vivir, amar, adorar. Este es un desafío excepcional para la Iglesia y para la pastoral de la caridad. La Iglesia, de hecho -subrayó el cardenal- denuncia también las diferentes formas de sufrimiento de las que es víctima la persona humana»

Por momento no entiendo en absoluto cuál es el punto de partida de la forma de catolicismo al que da voz el Card. Sarah. Me da la impresión de que quisiera un mundo católico, así se lo puede evangelizar... El desafío es, precisamente, que el hombre librado a sí mismo, no se vuelve un dios para sí, sino un demonio. La historia muestra que en cuanto quitamos el diálogo con Dios, el hombre se vuelve realmente lobo para el hombre, incluso para sí mismo. Pero esa no es la fuerza del hombre, sino su debilidad, esa es su enfermedad, y puesto que es una enfermedad, debe ser tratada con toda delicadeza.
Bajo algunos aspectos, la nueva autonomía del hombre es una conquista, y debe ser ayudada y promovida, bajo otros, la autonomía no nos da sino un hombre herido y sin norte: «Solicitado por la publicidad, el hombre se descubre como un ser de deseos sin límites y con un poder tal, que quisiera anular el tiempo, el espacio, el destino de la muerte y del nacimiento. El precio que debe pagarse por esta actitud es la transformación de todas las cosas en instrumentos, en utensilios manipulables y disponibles. Detrás del problema de la autonomía, detrás de la cuestión del goce y del poderío, emerge la pregunta acerca del sentido y de la ausencia de sentido.» (Ricoeur, «Las ciencias humanas y el condicionamiento de la fe»)
Tengo la sensación de que posturas como la del cardenal Sarah han tragado el peor aspecto de la antropología de la modernidad, han "acristianado" sin crítica la concepción moderno-liberal del hombre: el hombre -esa "persona humana" abstracta de este discurso- es bueno, pero la sociedad (los medios, los lobbys, los poderosos, los malos, los ateos, los posmodernos) les quieren imponer una antropología errada.
Es un mal punto de partida hermenéutico para comprender lo que nos pasa como hombres en esta época (porque sí, lo siento, el Card. Sarah, mal que le pese, pertenece a la misma postmodernidad); naturalmente, tal equivocado enfoque hermenéutico no puede dar lugar más que a errores de perspectiva, y no digamos cuando eso se transforma en "estrategias evangelizadoras".
Mi sugerencia al Card. Sarah y a quienes sientan lo que él frente al hombre actual y a la cultura actual, es que por un rato traten de pensar al ser humano actual no como títere de lobbys y poderes ocultos (lo cual es, entre otras cosas, una enorme falta de respeto hacia el destintario de su evangelización), sino como una conciencia desdichada que se experimenta poseedora del inmenso poder de la autonomía, pero cuya clave última, el sentido de esa autonomía, no acierta a nombrar.
Nuestra auténtica tarea cristiana, evangelizadora, incluso en el contexto de las obras de caridad en relación a las que hablaba el cardenal, no está en recordarle los beneficios del mundo idílico que podría construir la fe cristiana si la dejaran, sino acompañar a ese hombre en esa desdicha, como se acompaña a cualquier persona incapacitada, a la que se la alienta a superarse, no se la hunde en la denuncia de su incapacidad.
En definitiva ¡tampoco nosotros poseemos la llave del «sentido», nuestra salvación es en esperanza!

«un humanismo sin Dios, al lado de un subjetivismo exacerbado, ideologías que son difundidas por los medios de comunicación y por los grupos extremadamente influyentes y financieramente potentes, se esconden detrás de las apariencias del servicio internacional y actúan incluso en el ambiente eclesial y en nuestras agencias de caridad»
Considero este párrafo comentado con lo anterior, sólo lo pongo para que se vea hasta qué punto semejante visión sesgada de la realidad tiene que por fuerza inventarse un demonio, ya que no es capaz de imaginar que el mundo pueda sufrir sin que haya un malvado a la mano. En el fondo no se ha pasado del Deuteronomio y su teología retribucionista: al que obra mal, le va mal, y al que obra bien, le va bien; a esa mirada le falta Job, para entender que la conciencia desdichada del hombre contemporáneo puede obedecer a un destino y un desafío de significado divino.
«¡qué tentador puede resultarnos, en ciertos momentos, darle la espalda a este mundo sombrío y descarnado! Pero esta época es la nuestra, y no podemos vivir odiándonos. Ha caído así de bajo tanto por el exceso de sus virtudes como por la grandeza de sus defectos.» (Camus, «El destierro de Helena»)
Ese desafío lleva a reencontrar el Dios de este humanismo, que puede parecer por momentos, al ojo despistado, un humanismo sin Dios.

jueves, 24 de octubre de 2013

Notas sobre la Inversión

Me decías, Hernán, que las tuyas eran notas que no requerían respuesta. A mi vez me puse a anotar tus notas, y quedaron estas notas, así que haz de cuenta que no son una respuesta :-)

Más claro, y también más audaz y espinoso -no digamos de caer con estos planteos en InfoCatolica (los aullidos de repulsa congestionarían la red) pero, digamos... un Ratzinger, no termino de ver que esté muy en línea.

Jajaja, hombre! la iglesia tóxica no necesita llegar a un post como este para crucificar a gente como yo, con cualquiera de mis anteriores ya tendrían para hacerse un banquete.
En cuanto a Ratzinger, no lo sé, es difícil separar en él la audacia del Pensador de la rigidez del Prefecto y la posterior prudencia del Pastor. Aunque no soy un sistemático seguidor de sus escritos, me da la impresión de que, sobre todo en sus años de pontificado, caminó mucho en la dirección de la admisión de la autonomía del mundo. El texto que cité de su encíclica sobre el amor me dejó en su momento sobrecogido, no sé si se ha calibrado la enorme novedad que representa el incluir el Eros en la serie ascendente del amor divino; y la calificación de "divino" entre comillas indica que no está pensando en el amor divino en el sentido clásico de la literatura espiritual-teológica, sino de una divinidad que se aplica de una manera nueva.
También cuando hablaba de laicicidad (en el sentido político) buscaba expresar la autonomía del mundo, recuerda cuando habló de "sana laicicidad" nada menos que con Sarcoszy!... cuando la iglesia tóxica se llenaba la boca repitiendo que sólo había hablado de "sana" y que por tanto había una laicicidad enferma, no calibró con quién y en qué contexto se estaba hablando de "sana" laicicidad, es decir, a qué estaba llamando "sana" :-)
Por lo demás, la "prudencia pastoral" no sé si debe ser así o no, pero con frecuencia, y sobre todo con los papas, se traduce en una lisa y llana ambigüedad, que permita a cada sector de la Iglesia tirar de la manga de la sotana blanca y quedar casi todos conformes, aunque nunca del todo.

Es verdad que en el fondo todos los creyentes que nos interesan estas cosas aspiramos a la teo-nomía del mundo, no a su auto-nomía. Pero esa teo-nomía tal vez sea alcanzable al cabo de la auto-nomía (unos serán más optimistas que otros en ese punto), nunca al cabo de la hetero-nomía moralinera y tóxica. ¿Y si la teo-nomía fuese simplemente el Reino?
Sobre estas tres creo que trabaja "Moralidad y algo más" de Paul Tillich, aunque lo recuerdo vagamente, no fue lo que más me interesó de él.

De Belloc leí otros, pero creo que "El Estado servil " no, anoto- la verdad es que B nunca me cayó muy bien.
Jajajaja, si, provoca cierto rechazo si uno es un poco sensible. Te cuento una aneda: el primer libro que compré de él fue "Europa y la fe", y solo porque estaba de oferta en la librería Libertador, de calle Corrientes, y compraba tanto por semana y me conocía tanto lo que ofertaban, que estaba aburrido. No conocía al autor. Cuando llegué a casa y lo abrí, y leí "Europa es la fe y la fe es Europa" -la frase inicial- lo odié con toda mi alma. No porque odie a Europa, ni muchísimo menos, pero con todo lo que amo a Europa (al menos a cierta Europa, quizás románticamente ideal), más amo la fe, y no podía leerla así instrumentalizada. Con otro libro lo hubiera simplemente descartado, pero a este lo odié, así que lo pasé a prisión: a sostener un estante enclenque de libros, "no para castigo, sino para reeducación del reo". Llegada una mudanza, años después, reapareció, lo abrí, lo leí con cierta atención, y me cautivó, era ya más grande y podía comprender cierto nivel de ironía -inexpresable en otras palabras- que estaba contenido en la frase dichosa. Ninguno de sus libros, de todos modos, llegó nunca al nivel de fascinación que me produjo la lectura de El estado servil, aunque desde hace unos cuantos años no he vuelto a verlo, porque es difícil de conseguir, y sólo lo he tenido en fotocopias.

* * *
Vayamos a lo más medular de tus notas:
"nuestra apuesta por la inversión del paganismo, preparó el terreno para una repetición en un nuevo nivel" La duda (obvia) es si al cristiano le cabe festejar esto, imaginar que ese "grandioso fruto" y esa "completa autonomía" es una especie de progreso o de resultado providencial - o sólo una problemática aplicación de aquello de que "Dios saca bien del mal".

Depende de qué idea del cristianismo se tenga, cómo se reciba el mandato de Jesús de construir la Iglesia. Desde el punto de vista del Reino, entiendo que es trascendente de manera absoluta; "mi Reino no es de este mundo" lo recibo no en sentido fuerte sino fortísimo. Entenderás por qué no me gusta hablar de "distancia infinita": una distancia, aunque sea infinita, es algo inmanente.
Desde ese punto de vista, sólo nos tocaría algo que tenga que ver con construir este mundo, si Dios lo pide, como parece haberlo hecho a través de "signos de los tiempos" en el siglo IV-V. Fuera de eso, no deberíamos ser como el perro del hortelano, ¿por qué habríamos de sentir envidia de que el mundo busque a Dios y lo encuentre a su manera, y lo refleje en sus instituciones y en su vida a su manera? (esa manera necesariamente va a diferir de la nuestra, si no sería evangelio y no mundo). Dios mismo desperdigó "semina verbi", ¿seremos nosotros los malvados segadores que quitan -o envenenan, intoxican- esa semilla antes de tiempo, sólo porque no nos la dieron a nosotros para sembrar?

Ya instaurará Dios mismo su Reino definitivo, donde sea todo en todos, y lo hará a su manera, tomando de cada uno lo que desee tomar; de nuestra obra -quizás-, pero también de la de los demás: "si yo quiero que se quede aquí hasta mi venida, ¡a ti qué?". No me atrevo a poner ningún límite a su obra, al contrario, me alegra que incluso en lo que parece más alejado de Dios se esté de alguna manera trabajando por el Reino, aun sin saberlo.
A esta comprensión del Reino como absolutamente trascendente le va como anillo al dedo la visión de Papa Francisco sobre la Iglesia en este mundo como restañheridas, como hospital de campaña. Es verdad que su expresión y claridad no llega a la altura de BXVI, pero ¡cuánto ha dicho con solo esa imagen!
Sin pretender haberme adelantado a nada, yo había comenzado a contemplar (lentamente, con muchos años y peldaños) de esa forma a la Iglesia a partir de una frase del cínico Jean-Baptiste Clemence, de la Caída de Camus:
«yo más bien vería a la religión como una gigantesca empresa de lavandería, algo que por otra parte ya fue brevemente, durante sólo tres años, y no se llamaba religión. Desde entonces falta el jabón, tenemos la nariz sucia y nos limpiamos los mocos mutuamente.» (La Caída, creo que jornada V, aunque no están numeradas en la edición electrónica que uso ahora).

¿Cuál es la misión de la Iglesia? ¿hacer presente el Reino en el mundo? ¿de qué manera? ¿transformando el "mundo" en "Reino"? ¿pero es eso siquiera posible manteniendo la trascendencia del Reino? ¿anticiparlo en la forma de "figuras" destinadas a perecer? es MUY difícil articular la misión de la Iglesia con la trascendencia del Reino y con la dialéctica de un hombre que está ya redimido y a la vez es y se mueve en el horizonte del pecado (la gran intuición de Lutero, que nunca le hemos agradecido: "simul justus et peccator", al mismo tiempo justo y pecador).
Este hombre que somos todos, que somos cada uno, produce pecado, a cada paso, pato criollo más que hombre. Este hombre que somos no puede dejar de dolerse y afligirse de su pecado, a la vez que de producirlo. La frase de Isaías que retoma Jesús en el inicio de su ministerio (según Lucas) articula a la perfección la misión de la predicación con la trascendencia del Reino:
«anunciar a los pobres la Buena Nueva, proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor.» (Lc 4,18-19, de Is 61,1-2)
La cita de Isaías continúa: «para consolar a todos los que lloran, para darles diadema en vez de ceniza, aceite de gozo en vez de vestido de luto, alabanza en vez de espíritu abatido...»

En suma, creo que la Iglesia en este mundo está para dar, no para exigir, ni siquiera en nombre de Dios. Entiendo que puedo estar muy equivocado en esto, pero de momento es lo que pienso, y lo que mi pobre experiencia de evangelización me va mostrando que hace presente el poder de Dios. En vez de sonarnos los mocos unos a otros, está la Iglesia para hacerlo, ¡y en nombre de Dios! (venid a mí todos los que estáis agobiados...).
¿Acaso Jesús no exige? sí, Jesús, él puede hacerlo, nosotros, creo que con ofrecer la palabra trascendente en la que él exige, tenemos más que suficiente, a partir de allí, el que pueda con ello, que se sienta exigido, y el que no, consolado. ¿Por qué aguardamos un juicio final, si nosotros lo anticipamos cada día juzgando -con pretendidos criterios religiosos- al mundo y a los otros?

Poco después, la cita de Camus dice: «Le voy a decir un gran secreto, querido amigo. No espere el Juicio Final. Tiene lugar todos los días.» ¿Por qué introduciremos nosotros más juicios, si ya el mundo se juzga y se condena a cada minuto? Lo nuestro no es recordar el juicio divino, sino la Clemencia que lo ha aplazado, el Año de gracia: «La paciencia de nuestro Señor juzgadla como salvación» (2Pe 3,15)

Yo no sé si la inversión posmoderna dará lugar a un "adviento inmanente", a una época de manifestación de Dios. No soy especialmente optimista en nada, y en esto, no tendría en qué basarme para ser optimista, desde luego que no en la historia humana... Aunque si te lo piensas, el elogio del Martirologio Romano del 25 de diciembre, el precioso y antiquísimo pregón navideño (las Kalendas), dice:
«estando todo el orbe en paz, Jesucristo, Dios eterno e Hijo del eterno Padre, queriendo consagrar el mundo con su piadosísima venida, concebido del Espíritu Santo, nueve meses después de su concepción, nace en Belén de Judea, hecho hombre, de María Virgen»
¿No es una belleza? ¿Por qué no va a poder el mundo alcanzar -aunque sea inmanente y provisoria- su paz? ¿por qué no se va a manifestar Dios, que tantas veces en la historia, desde la Creación hasta ahora, se manifestó 'polymerós kai polytrópos', de muchas maneras y modos, como dice Hebreos 1,1? No estoy hablando de Milenios, no creo en ellos, pero sí creo en la verdad contenida en el ansia mundana de milenios: la manifestación de Dios es posible -aunque no definitiva- en este mundo:

«La vida es la tarea del hombre en este mundo,
Y así como los años pasan, así como los tiempos hacia lo más alto avanzan,
Así como el cambio existe, así
En el paso de los años se alcanza la permanencia;
La perfección se logra en esta vida
Acomodándose a ella la noble ambición de los hombres...»

Un poema de Hölderlin que lleva el significativo título de Zeitgeist (Espíritu del tiempo, sabes que me es una expresión predilecta, precisamente la conocí en su momento con esta poesía)

No creo que debamos mirar con rabia ni con envidia si el mundo progresa por sí mismo -si es que progresa-, y más bien con pena que con espíritu de "ya lo decía yo", si no lo hace. ¿Festejar? ¿por qué no? ¿no festejamos que se descubran vacunas, a pesar de que todo eso consolida la autonomía del hombre, e incluso lo aleja de los motivos (falsos) con los que la religión infantilmente lo tuvo retenido por siglos? ¿no consagran los descubrimientos científicos la sensación de que Dios no es necesario? y sin embargo los festejamos.
Es verdad que quizás algunos los festejan con espíritu de "Dios escribirá seguramente derecho incluso con esas líneas torcidas", pero creo que lo podemos festejar en su verdad: si cae una falsa imagen de Dios, es porque queda preparado el terreno para una más verdadera. Si perdemos poder, ganamos verdad, en fin, de todo punto de vista, la autonomía del mundo, sin ser la verdad trascendente, sin ser el Reino, es una ganancia y un acontecimiento de gracia para todos, entre tanta desgracia, aunque solo nosotros nos demos cuenta de ese aspecto de ser "de gracia".

Lo que sigue en tus notas, creo que está ya contenido aquí.

miércoles, 23 de octubre de 2013

La inversión explicá

Ay ay! si Hernán no lo entendió, estoy como Houston, tengo un problema... Dices:
"fórmula bastante parecida a la inversión posmoderna"
Todo muy bien, pero no acabo de veo cómo encaja eso, no habías hablado de ninguna inversión posmoderna sino de la inversión cristiana ¿Estás poniendo que el -digamos- posmodernismo está revirtiendo la inversión cristiana y volviendo a la formulación pagana? No lo veo.

Contesto a este comentario en un nuevo post más que nada por la extensión de la respuesta.

El artículo tiene trampa: parece que va a hablar de la inversión cristiana, pero el centro es la inversión posmoderna:

El amor es un dios --> Dios es amor --> El Amor es Dios

La inversión posmoderna no es exactamente una reversión, sino una recuperación en un nivel de mayor profundidad de la verdad contenida en el paganismo. Hemos acompañado al mundo mezclándonos con él (en instituciones, formulaciones, políticas, etc) y propiciando el descubrimiento de una dimensión de mayor profundidad, de la que el propio mundo es capaz; y ese acompañamiento ha dado un grandioso fruto: un mundo que ha quedado habilitado para encontrar a Dios por sí mismo, en el mismo lugar donde antes encontraba al ídolo.
Llegados a un punto, el mundo puede ahora invertir la fórmula cristiana, y en esa inversión adquirir su completa autonomía, ya que el amor es una experiencia que se realiza en todos los seres, en diversidad de grados, desde lo más mínimo, y no requiere de ninguna convicción ni afirmación previa, externa, trascendente, ni de nada que lo motive o suscite. Posiblemente haya que decir que es el primer trascendental del ser viviente: donde algo vive, ama.

* * *

Algunos autores señalan que la pérdida de la fe cristiana como base de la sociedad [occidental] no hará sino propiciar el retorno del paganismo. No tomemos los subproductos tribales, sino los grandes autores de esa línea, como son un Chesterton o un Belloc. Este último lo plantea con todas las letras, en un ensayo de 1913 (quizás me equivoque de año, poco más o menos) realmente apasionante: «El estado servil». Su tesis es que la retirada del cristianismo [como base de las instituciones de Occidente] traerá necesariamente el retorno de la institución básica del paganismo: la esclavitud; ya que los valores paganos no están pensados para ser ejercidos por una gran cantidad de seres humanos, sino por un pequeño núcleo de ciudadanos, que requiere una ingente masa de esclavos a su alrededor.
Eso lo desarrolla de manera muy sugestiva, con multitud de ejemplos, muchos de los cuales los vemos realizarse en el estado neoliberal a la vista de todos. No se ha restaurado la palabra "esclavo", pero en muchísimos aspectos la evolución del mundo 100 años después de esa obra parece darle por completo la razón.
Por mi parte soy un fan de ese escrito, sobre todo porque me parece visionario en lo fenoménico. Sin embargo creo que en lo profundo contiene un fallo fundamental: suponer que en la historia ocurren repeticiones exactas. Ocurren, sí, recuperaciones, pero no repeticiones. Tal vez le cabría a ese fenómeno el nombre de "repetición", pero sólo en el sentido kierkegaardiano del término, es decir: repetición en otro nivel, en una nueva dimensión de realidad.
Por supuesto que no es fácil hablar de estos temas ahora, puesto que nos encontramos apenas en la posmodernidad, y una época postotra es apenas una nada con un impulso uniformemente acelerado. Sin embargo creo yo que el descubrimiento que el mundo va haciendo de que "el Amor es Dios", contiene esa repetición con salto de nivel que permite augurar la epoca futura con algo de esperanza (humana), no exenta, desde luego, de ambigüedad.
Tomo la fórmula "el Amor es Dios" de Bergman, porque la expresa con claridad. No es, desde ya, el único poeta que a lo largo del siglo XX y comienzos del XXI ha cantado el advenimiento de algo que no sea ya postotro. El cine de Bergman me parece especialmente revelatorio en ese punto, y la fresa del postre es el uso literal de la fórmula invertida, tan cercana a ese lenguaje de la encíclica de BXVI, lejana por lo demás a Bergman en el tiempo, el espacio y el entorno espiritual.

* * *

De todos modos yo no estoy especialmente interesado en el destino de este mundo. Me da lo mismo si dura un año que cien mil. Lo que sea que se haga en este mundo deseo que se haga desde la mayor verdad posible, pero si el mundo desea restaurar la esclavitud, y comerse unos a otros con ensalada, allá ellos. Como cristiano no soy ciudadano de este mundo en sentido estricto, sólo tengo que soportar sus contradicciones. Pero sí me preocupa la cuestión por dos aspectos:

-Porque se nos encargó el mundo por algunos siglos, unos 14 (si tomamos muy imprecisamente del V al XIX), y es de malnacidos lavarnos las manos de las contradicciones en que queda encerrada la posmodernidad. Suponiendo que fuera cierta la tesis de Belloc (y que el catolicismo tóxico internético da por excelente sin siquiera molestarse en pensarla), muy mal lo hemos hecho del momento en que nos retiramos y todo (supuestamente) se cae y revierte hacia el sinsentido. Si llegara a tener razón Belloc en lo profundo, la tiene contra la verdad de todo lo que afirma el catolicismo tóxico como grandes realizaciones cristianas del pasado.
Por el contrario, lo que afirmo es que nuestro paso por el mundo, nuestra apuesta por la inversión del paganismo, preparó el terreno para una repetición en un nuevo nivel, para una inversión que abre las puertas a una convivencia humana de otra especie, que no es la del paganismo, aunque no me chupo el dedo: no digo que eso esté ya a la puerta, ni mucho menos que se vaya a lograr automáticamente.

-El otro aspecto que me preocupa es en qué medida seremos capaces nosotros, en el mundo pero no-del-mundo, de acompañar a este mundo en su proceso de identidad. Siendo ante todo capaces de mantener la nuestra, de convocar (especialmente por contagio) a otros al anticipo del Reino y su específica alegría, sin convertirnos en los amargos aguafiestas que contraponen una civilización a otra, lo que además implicaría la enorme mentira de confundir el Reino con una conquista social y cultural.

martes, 22 de octubre de 2013

La inversión


El paganismo llegaba a formular que el amor es un dios. Es a lo más a lo que puede llegar la religión natural, ese impulso interior y espontáneo hacia el misterio último -dirían unos-, o hacia la ilusoria redención de nuestra debilidad -dirían otros-. El amor, una fuerza entre tantas otras de las que que pugnan por atraer y conducir al hombre; el valor, el deber, la sabiduría... cada una de ellas queriendo llegar a ser el principio de los principios. De entre todas esas fuerzas, sin embargo, el amor parece la más extraña, la más híbrida, ¿es racional, en tanto conduce al logos, la razón del hombre, a la unidad? ¿o es irracional, en tanto, tocado por él el hombre pierde todo freno, brida y vergüenza?
El paganismo no podia resolver esto, y ahí lo tenemos al pobre Platón haciendo esfuerzos por fundar en el Amor la redención del hombre en la alta contemplación del Bien (Banquete, Fedro), aunque sin perder la oportunidad en esos mismos diáologos de mofarse un poco de las locuras del amor.

Si hubiera que decir un aporte del cristianismo a la cultura humana, que merecería subsistir incluso aunque la fe cristiana fuera falsa, es la inversión: Dios es amor. Eso que buscaba la cultura natural expresar: cómo es que eso que sale del hombre, parece que le es a la vez ajeno, exterior, viene de atrás, de lejos, de arriba. El cristianismo lo expresó con esa sencilla fórmula: Dios es amor.
Sin embargo no es una mera fórmula, es un nuevo principio, un nuevo punto de partida, un nuevo lugar desde donde comenzar a construir una existencia con sentido, con un nuevo sentido. Si Dios es amor, aquello en lo que se trasluce el amor, está teñido de divinidad. Las instituciones más elementales de cualquier sociedad deben por fuerza quedar trastrocadas por esta inversión.
Tomemos por caso la institución del matrimonio. En el Derecho Romano es una cuestión "de hecho": dos personas forman un matrimonio porque afirman estar casadas, o porque conviven como tales, se profesan un afecto y respeto matrimoniales, y llevan una comunidad de vida, que incluye alguna forma de comunidad de bienes. Recién cuando la cuestión de la unión de dos personas tiene necesarias consecuencias patrimoniales, como en la unión de dos patricios, el matrimonio requiere ser una institución "de derecho".
No es el sitio ni el contexto para desarrollar la complicada cuestión del matrimonio en el Derecho Romano (ni mucho menos en el derecho antiguo, más amplio), con sus diversas etapas de evolución; lo que me interesa destacar es que para el antiguo el amor conyugal (la affectio maritalis) crea el hecho, no el derecho, el derecho proviene de la cuestión patrimonial.
Pero en tanto el cristianismo aporta como novedad que Dios es amor, saca también unas primeras consecuencias prácticas: lo que une a Dios con el mundo no es entonces la relación de servicio del hombre hacia él (que es la perspectiva de la religión "natural"), sino el afecto de Dios hacia lo suyo, su mundo, su creatura humana. De allí a presentar la relación de Dios con el hombre como «matrimonio» hay un solo paso, y lo da San Pablo, cuando ve en la unión de dos esposos un "mysterium" de la unión de Cristo con su Iglesia. Por tanto la «affectio matrimonialis» no es sólo una nota indicativa de una unión estable, sino el verdadero centro de esa unión. Fue el cristianismo el que poco a poco y por sus propias necesidades mistéricas puso en el centro del matrimonio el amor.
De todos modos, las consecuencias de la inversión se dejan ver en todos los aspectos de la sociedad, en todas sus instituciones, no sólo en el matrimonio.

Ahora bien, estamos en una epoca postcristiana (puede ampliarse la cuestión con esto y esto). No significa esto que ya no hay fe cristiana, sino que el cristianismo ni informa la civilización, ni es convocado para interpretarla. Aunque algunos no se resignen a esto, hemos vuelto a ser lo que somos: una fe. No somos los intérpretes autorizados de la Naturaleza, no somos los campeones del Sentido Común... somos creyentes que tienen una interpretación (por cierto bastante paralógica) de la existencia, y a quienes -aleccionados por la fe en la resurrección de su Maestro- anima la esperanza de que todo esto que nos rodea, que parece marchar hacia menos vida, marcha hacia más, hacia toda la vida posible, hacia Dios todo-en-todos.
La época moderna fue la última parte de la era cristiana, que acabó, creo yo (las fechas de estos acontecimientos son siempre extremadamente discutibles), en el siglo XIX. Nos encontramos encaminados ahora hacia donde no sabemos, conducidos por nadie. A falta de nombre llamamos a nuestra época "postmoderna", lo que no quiere decir demasiado, sólo que lo antiguo ya no vige, y no hay nada nuevo que lo haga.

Sin embargo, bajo un aspecto creo que va despuntando algo nuevo, una nueva fuente de valores seculares que (para nuestro consuelo) emerge de la inversión misma operada por la fe cristiana. Como siempre: "lo que permanece lo fundan los poetas", así que es entre ellos donde corresponde buscar eso nuevo.
Bergman (me refiero a Ingmar) habla a propósito de sus películas de crisis religiosa-existencial del 60 (El manantial de la doncella, Los comulgantes, Como en un espejo, El silencio...) de una "certeza conquistada" en "Como en un espejo" (titulada impropiamente en Argentina "Detrás de un vidrio oscuro"); esa certeza es una nueva inversión: El amor es Dios; y lo desarrolla así: «El que está rodeado de amor, también está rodeado de Dios.» (Imágenes, pág 217; el tema lo desarrolla en pág 210 y ss. con su característica neurosis de autoinfravaloración).

No ser podría haber alcanzado esto sin el cristianismo, pero esto excede al cristianismo, se transforma por su propia fuerza en un valor secular, capaz de movilizar todas las fuerzas humanas, independientemente de la fe. La religiosidad natural lo intuye, pero su radicalidad no había llegado nunca a ser adecuadamente desvelada. Esta radicalidad es capaz de dar lugar a nuevas instituciones, pero también a una nueva alegría común: si el amor es Dios, nadie, ni el más abyecto de los hombres, está exento de una experiencia de Dios posible y a la mano.

Un delicado guiño de ojo a la nueva época que va despuntando lo hizo, para quien deseara oírlo, la encíclica de Benedicto XVI "Deus Caritas", que desarrolla (a lo que creo por primera vez de manera oficial) la articulación del "eros" en la serie del amor que alcanza a Dios, de manera que puede incluso terminar su primera parte con una fórmula bastante parecida a la inversión posmoderna: «El amor es "divino"» ("divino" lleva comillas en el original).

¿Seremos capaces, desde nuestra experiencia de un Dios que es Amor, y en la convicción del carácter «divino» del amor, de acompañar al mundo que emerge en la creación de intuiciones e instituciones propias de un Amor que es Dios?