domingo, 12 de marzo de 2017

¿Por qué deberíamos, como católicos, desmarcarnos con claridad de iniciativas contraculturales como el autobús de Hazteoír?

Ante todo quiero aclarar que soy consciente de que HO (en la actualidad CitizenGo) no es una asociación de la Iglesia, y que incluso en algunas diócesis españolas está vetada la colaboración institucional con ella. Hay razones de peso: la sospecha (y a esta altura una sospecha más que fundada) de que la verdadera naturaleza de esta asociación no tiene nada de católico, que es una asociación de presión social con estructura de tipo masónica, aunque de orientación integrista-cristiana.
No obstante, hay que reconocer que desde cierto punto de vista ellos "hacen algo" contra los avances de la "cultura de la muerte", y ahora contra el avance del relativismo de género, mientras que muchos católicos "no hacemos nada", empezando por los obispos, que no parecen haber tenido mejor idea que rechazar las iniciativas de HO, pero sin hacer nada más decisivo que recordar que la ideología de género "está mal".
Ese "ellos hacen algo" es el motivo por el cual muchos católicos de base, viendo el retroceso aceleradísimo de los retazos todavía existentes de la antigua "cultura católica", aunque lo consideran algo "a título personal", en tanto ciudadanos y no en tanto católicos, aplauden y avalan (con cadenas en las redes sociales, con firmas en distintas plataformas de opinión ciudadana) ese tipo de iniciativas.

Naturalmente, podemos hacer muchas cosas con la intención puesta en luchar contra la ideología de género y la cultura de la muerte. Podemos salir a rezar rosarios a la calle, podemos quejarnos por internet, podemos tirarle huevos y harina a los políticos que votan a favor de esas iniciativas, podemos poner quince autobuces en las principales capitales europeas, podemos rezar en casa, etc etc etc... el tema no es si "hacemos algo" sino si lo que hacemos tiene algún sentido.

Por otro lado, la lucha contra estas novedades culturales parece estar identificada en Occidente con el catolicismo, así que deberíamos tener bastante presente si lo que hacemos, aunque para nosotros sea "a título personal", o como iniciativa cívica, repercute o no en la cara del catolicismo en la sociedad. Los medios, por ejemplo, ya han calificado a la asociación integrista Hazteoír como "ultracatólicos". Vaya a saber lo que quiere decir "ultracatólicos", pero lo cierto es que el mote está muy extendido en la opinión pública, de tal modo que nos guste o no, incluso los católicos que nos desmarcamos de ese integrismo, incluso los obispos, estamos irremediablemente asociados como católicos que somos, a los "ultras". Cada vez que un católico firma una iniciativa de esa asociación, está en realidad consolidando la imagen de que hay un puente que une católicos con ultracatólicos. Esto le está haciendo un daño bastante serio al catolicismo, ya que cualquier idiotez que hagan los de HO -que tienen todo el derecho de ser idiotas "a título personal"- la sociedad lo carga a la cuenta de los católicos, con el aval de nuestras firmas católicas en ese web integrista.

¿Pero por qué está mal el integrismo?
Me gustaría traer aquí un párrafo de una obra del teólogo Von Balthasar que habla precisamente de ello, y define muy bien la profunda anticatolicidad del integrismo. Antes de leerlo, quisiera hacer notar un contexto de este párrafo: en la obra ("¿Quién es un cristiano?"), el teólogo habla sobre la realidad de la Iglesia en el post-Concilio (comenzó a trabajar en este texto en 1965), y constata cómo el ambiente interno de la Iglesia era casi de tanta confusión como en el mundo. No se chupa el dedo. Von Balthasar no es un contemporizador a ultranza con el mundo moderno, al contrario, tiene muchas prevenciones acerca del "alegre diálogo" y la fácil contemporización con cualquier tendencia cultural que se nos ponga delante. Precisamente en esos momentos de confusión cualquier persona formada en los principios de su catolicismo tiene la tentación del integrismo, es decir, de romper del todo con cualquier tipo de interacción con el mundo que nos rodea, y más bien centrarse en imponer los valores cristianos, que bien pueden expresarse en leyes y costumbres de inspiración cristiana, como fue durante siglos y funcionó razonablemente bien (a pesar de lo que digan algunas "leyendas negras", que siempre se pueden contraargumentar).
Esto es una tentación, una tentación que siente cualquier persona decente y formada. Ver que el estado te impone la aceptación de la educación transgénero para los pequeños no le gusta a nadie que sepa que todo eso no es más que ideología; ver que el estado permite, pero además positivamente promueve el aborto, no le gusta a nadie que esté bien formado y tenga hijos, sobrinos o nietos adolescentes; uno sabe a qué llevan todas esas ideologías.
Y es verdad, llevan a la infelicidad, pero ¿es el integrismo la solución? ¿es posible y deseable que los valores cristianos se impongan de esa manera?
Responde Von Balthasar:

«le está vedada al cristiano esa forma de síntesis que nosotros hemos llamado «integrismo» y que es la mera aplicación práctica de la gnosis antes descrita: a saber la utilización (con olvido de Dios) de medios de poder específicamente mundanos para una supuesta promoción del reino de Dios en la tierra. La intención puede ser sana, pero es malsana la identidad ingenuamente sobreentendida entre el reino de Dios y la influencia político-cultural de la Iglesia, influencia que luego se identifica en práctica con el poder de influencia de un grupo de «mamelucos» cristianos que ansían conquistar el mundo. Pero no estamos ya en la Edad Media; se acabó el tiempo de las equiparaciones simplistas de cielo y tierra; toda forma de «francmasonería» cristiana moderna resulta, a la larga, sospechosa y odiosa para cristianos y no cristianos. El que hace esas cosas no ha entendido bien ni la impotencia de la cruz (que él debiera anunciar) ni la omnipotencia de Dios (a la que quisiera socorrer presuroso con el poder mundano) ni las leyes del poder mundano (que aplica desprevenida y acríticamente). Los seguidores de Jesús estamos en una situación mucho más desprotegida de lo que nos gustaría. Estamos radicalmente expuestos: como cristianos expuestos ante el mundo, y por Cristo expuestos en el mundo. Con la Iglesia quisiéramos, de mil amores, forjarnos un escudo contra el mundo y con nuestra misión en el mundo un escudo contra la palabra y la pretensión de Cristo. Pero Cristo desautoriza la espada mundana del integrista Pedro, toma partido por los agresores y cura la oreja de Malco. Y el mundo desautoriza también esa misma noche los acercamientos colaboracionistas del mismo Pedro y lo pone en el lugar que le corresponde: «Tú también eres de ellos, seguro; te traiciona tu mismo modo de hablar» (Mt 26,73). Desde ambos frentes es rechazada la búsqueda angustiosa de cobertura.»

"Búsqueda angustiosa de cobertura". Es eso y no otra cosa el integrismo, del signo que sea. El programa de acciones integrista no es sino una gran empresa de autocubrirse ante un mundo inhóspito, con la falsa fachada de hacerle un bien "al Reino de Dios", a la fe, etc... ser católico no es defender un conjunto de valores que "te hacen feliz", para eso basta una gnosis con fachada de cristiana. Ser católico es acompañar al Señor, seguirlo como el discípulo al maestro, identificarse con él; por supuesto, identificarse sobre todo en lo más central de su vida, que es la cruz: "El siervo no es más que su señor. Si a mí me han perseguido, también os perseguirán a vosotros; si han guardado mi Palabra, también la vuestra guardarán." (Juan 15,20). La cruz es la forma de la fe en el mundo. Es posible que en alguna época se dé una convivencia con el mundo un poco más amable, pero es un "caramelito" un don de Dios a su Iglesia que no debemos -por imperativo de la propia fe- tratar de provocar por nosotros mismos. Todo intento de nuestra parte de actuar simétricamente pero en sentido contrario al mundo, de frenar el rechazo de Dios con armas que no sean las del evangelio -la persuasión y la cruz- se pone irremediablemente al margen del evangelio, exactamente como, en el ejemplo que da Von Balthasar, Pedro al cortarle la oreja a Malco. Puede hacerse con mala intención o con buena intención, pero no hay duda que está fuera del evangelio, y puesto que el evangelio es muy claro y constante en este punto, el juicio al respecto es verdaderamente severo.

En suma, que no se trata de ponernos a "hacer algo" porque "los obispos no hacen nada" y esta es "la hora de los laicos". La hora de la Iglesia es siempre la hora de la cruz, para todos, obispos y laicos; cualquier hora que no sea esa, no pertenece al reloj de Cristo, y por tanto, como no recoge con él, desparrama (Mt 12,30). Es tan claro el evangelio en este punto, que es verdaderamente algo demoníaco que los católicos se confundan tan a menudo.

domingo, 5 de marzo de 2017

De ofensas carnavalescas

Días pasados, en el carnaval de Tenerife, en la ya tradicional noche "drag", se presentó a concurso -y ganó-, una parodia de la Virgen y de la crucificción.
Como todos saben, eso levantó un inmediato debate sobre los famosos límites de la libertad de expresión, y la consabida frase, que ya es un eslogan: "a que no se animan con los musulmanes...".
La cosa no es nueva en absoluto, el año pasado fue una imagen de un colectivo LGTB que puso en una foto un "beso lésbico" de dos imágenes de la Virgen, y así un largo etcétera.
Obviamente que como cristiano no me gustan ese tipo de imágenes; me parece triste que nuestras mayores realidades, en un país que hace mucho tiempo fue abanderado del catolicismo europeo, se hayan convertido en objetos cómicos para adornar el lógico desmadre del carnaval, y generar -artificialmente- una polémica, quizás para suplir una pasión que la creatividad artística no consigue encender.
Dicho esto, la cuestión es si y cómo debemos reaccionar los cristianos; hay varias formas posibles:
-Podemos pasar al ataque: si nos dan, demos. ¿Pero no dice el evangelio que hay que poner la otra mejilla? sí, pero eso, que es un reclamo de Jesús a cada creyente, no es exigible por otro más que por Jesús, nadie me puede reclamar que si me siento ofendido, reaccione; y mucho menos tienen derecho a reclamármelo en nombre de Jesús quienes no creen en Jesús, y ni siquiera lo respetan.
-Podemos reivindicar nuestra pertenencia a esta sociedad y por tanto reclamar nuestra cuota de respeto en una sociedad que, por tener que juntar muchas mentalidades heterogéneas, tiene que practicar y enseñar a practicar el autodominio sobre lo que puede ser ofensivo para los demás, aunque para uno no lo sea.
-Podemos también soportar silenciosamente la ofensa, e incluso sentir una profunda alegría (una alegría cristiana, no carnavalesca ni pagana) por la ofensa: atentos a la palabra del Señor que dice «Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos; pues de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros.» (Mt 5,11-12)

Al primero lo podemos llamar el método "hazteoír", cristiano sólo en apariencia; porque si bien nadie puede exigirnos desde fuera el mandato de Cristo "ofreced la otra mejilla" -es algo que tiene que salir de nosotros mismos-, parece profundamente anticristiano reclamar por las ofensas que hacen a nuestra fe, con métodos que a su vez niegan el respeto a quienes nos ofendieron, o que al menos se ponen a su misma altura.

Al segundo no sé cómo lo podríamos llamar (no quiero ofender a nadie), pero es un clásico cuando ocurren estos episodios: muchos cristianos y medios de comunicación cristianos nos atiborran de razonamientos sobre la simetría que debe regir en nuestra sociedad  respecto de la "libertad de expresión", que no es un derecho absoluto, que nuestra libertad termina donde comienza la del vecino, etc, etc. etc...
¿Tienen razón? ¡claro que tendrían razón!... si no fueran cristianos; porque siéndolo, no se dan cuenta que en cuanto ponen el problema de las ofensas a la fe al nivel de cualquier ofensa que pueda circular en la sociedad (las ofensas a las mujeres, a los negros, a los gays, a los obesos, a los bajitos, a los altos, a los chinos, a los tuertos, etc), convierten a la fe cristiana en un colectivo más, un "diferente" que tiene que ser aceptado precisamente porque es diferente... Y la fe cristiana no es ni igual ni diferente a nada, simplemente, cuando funciona, es la sal de la tierra, y cuando no funciona, no sirve más que para ser tirada afuera y pisoteada por los hombres.

En las realidades sociales, el respeto lo reparte Papá Estado. No quiero ese respeto, como cristiano me niego a que Papá Estado diga que yo "debo ser respetado", porque soy como el enano, del que no debo burlarme. ¡Claro que no debo burlarme del enano! A mí me sale naturalmente reírme de quien se cae al suelo por un accidente tonto... ¡claro que no debo reírme! ¡me parece estupendo que Papá Estado me penalice si me burlo del tonto del pueblo! ¡claro que no debo burlarme!
No debo burlarme porque la cultura supera al estado de naturaleza... no debo burlarme porque naturalmente me burlaría, no debo discriminar al que es diferente porque soy una persona del 2017, no un bruto cavernícola, que discrimina a cualquiera que no pertenezca a su caverna. Hemos desarrollado el Estado (con todas sus estupideces y excesos) para que custodie el estado de cultura que tantos milenios nos costó conseguir, así que me alegra que Papá Estado me recuerde las cosas que por mi naturaleza no me sale respetar.

Pero como cristiano yo no soy un "colectivo" del que todos deberían naturalmente reírse, excepto que Papá Estado les mande no reírse... si la sociedad que me rodea no me respeta debo más bien pensar que: o bien no me supe ganar el respeto (y entonces, a intentarlo de nuevo), o es cumplimiento de la profecía de Cristo acerca de que pertenecer a los suyos implica vivir rodeado del rechazo del mundo.

Si no me respetan en tanto que cristiano, si no respetan el sublime significado de mis símbolos... eso sólo significa que Cristo debe seguir muriendo por nosotros, por cada uno, por mí -que no siento todavía de manera natural la alegría en medio de las persecuciones, sino que tengo que ordenármela- y por el "drag" que no tiene íntimo temor de Dios.

Y significa también -y es lo más misterioso- que la sociedad en la que vivo está preparándose, sin saberlo, para recibir toneladas de gracia, porque la abundancia del pecado prepara sobreabundancia de gracia.

martes, 7 de febrero de 2017

Silencio, de Scorsese

Estoy realmente impresionado por la belleza cinematográfica y por la profundidad de reflexión de "Silencio" de Scorsese. Reconozco que es un gran artista, pero normalmente no sintonizo mucho con los temas que trata. En su momento me costó mucho apreciar "La última tentación de Cristo"; recién luego de verla un par de veces la guardé en mi espíritu como una gran película de tema religioso. Pero podría decir -ya comparando con Silencio- que en aquella la profundidad religiosa la aportaba el libro de Kazantzakis, y Scorsese ponía el interés en el tema, y el oficio artístico. En Silencio está todo más unido y amalgamado: belleza cinematográfica y profunda reflexión religiosa, espíritu genuinamente cristiano que se nota que no proviene solo de la novela de Sushaku Endo -reconocido autor católico- sino también del propio Scorsese, que ha encontrado una respuesta cristiana para su vida, que por supuesto solo a él tocará seguir explorando.
Si tuviera que sintetizar en una frase del Evangelio esta obra, pondría "Mirarán al que traspasaron". Porque toda la película es eso: Cristo en el centro del mundo, mirado con gozo por los cristianos, celebrado y gustado por ellos, mirado con odio por el inquisidor, mirado con vergüenza por los tres apóstatas (Ferreira, Rodriges, Kichijiro). Al final Cristo triunfa: es el centro de todas las miradas, y distribuye perdón, incluso a aquellos a quienes sólo lo miran secretamente (Rodriges, Kichijiro).
Para todo creyente enamorado de su fe, Ferreira es un personaje horroroso... ¡pero tan eclesiástico! ¡la Iglesia está tan llena de Ferreiras!  de racionalistas de la fe, de gente que cree ser superior en su contacto con Dios, porque no confunde al Hijo de Dios con el brillo de la luna. Ya sabemos lo que Cristo reserva para ellos, lo dice tan claramente en los evangelios, que la apostasía que cuenta Ferreira la podíamos predecir todos.
La apostasía de Rodrigues, naturalmente, es más compleja (es el centro de la reflexión): Rodrigues y Garupe son los dos discípulos de Ferreira, pero también son discípulos de Cristo. Deberán elegir a qué maestro realmente siguen, y como el discípulo no es más que su maestro, uno termina mártir y el otro apóstata.
La voz de Cristo cuando él está por pisar: "¡Ven ahora! Todo está bien. Pisa sobre mí. Entiendo tu dolor. Nací­ en este Mundo para compartir el dolor de los hombres. Llevo la cruz por tu dolor. Tu vida está conmigo ahora. Pisa.". ¿Es la voz de Cristo? ¿es su imaginación/deseo?
Todo sería más fácil si fuera su deseo, pero Cristo no rompiera realmente su silencio. Todos podríamos acusarlo de apóstata y seguir yendo a nuestra vida cristiana sabiendo quién es el bueno, quién el malo. Pero realmente Cristo murió también por él, y en la cruz de Cristo, en la nota de deuda, está clavada también la apostasía, si quiere Rodrigues, y también la de Ferreira, si quiere, como está repetidamente la de Kichijiro, que una y otra vez vuelve a pedir perdón. Cristo no abandona a nadie, muere por todos. Unos se apropian de la alegría de la salvación hoy, otros quizás abrazando un crucifijo secretamente, al morir.
Parece que la película tuviera como tema central la apostasía, pero no, ese es un foco de la elipse, el otro está en la alegría de los cristianos: ¡son verdaderos cristianos! ¡por fin alguien que filma sin afectación a un cristiano! no poniendo cara de tonto, sino simplemente transparentando la alegría de un tiempo mesiánico en el que ya, por gracia, estamos viviendo. En ese sentido, es revelador el diálogo entre Rodrigues y Garupe y la pareja a la que le bautizan el niño (aprox. 25 minutos de la película):
(la pareja): -¿Ahora estamos con Dios en el paraíso?
Garupe: - ¿Paraí­so?
P:- Sí­, paraí­so.
G:- ¿Ahora?
P- Sí­.
G:-No... no. Pero Dios está ahí­ ahora y para siempre. Él prepara un lugar para todos, incluso ahora.
La pareja se mira confundida, y no es para menos: simplemente los padrecitos no tienen verdadera idea de la fe cristiana, tienen teología, y tendrán que adquirir la fe en el contacto con esos creyentes, como Garupe, o se enredarán en su teología solidaria, como Rodrigues.
¡Sí estamos en el paraíso por el bautismo! eso es la fe cristiana. El tiempo mesiánico se ha introducido en nuestro tiempo y lo ha implosionado. Es mucho más complicado decirlo que simplemente creerlo en la fe.
Me parece que la primer hora de película es un canto a la alegría cristiana por el paraíso adquirido en el bautismo, en medio de todo, persecuciones, silencios, incluso discusiones de parroquia ¡tan reales! como la que tienen en la cabaña para ver quién va a ir de voluntario al martirio.
En una crítica a la película del Obispo de Mons. Robert Barron dice "el establishment secular siempre prefiere a los cristianos vacilantes, inseguros, divididos y ansiosos por privatizar su religión. Y está demasiado dispuesto a desechar a las personas apasionadamente religiosas tildándolas de peligrosas, violentas, y seamos realistas, no tan brillantes." (la crítica entera aquí) La frase como tal es cierta, y se refiere, en su contexto, a personajes como Ferreira o Rodrigues, y a nuestra cultura; pero creo que Scorsese no ha pintado unos cristianos "no tan brillantes", más bien al contrario (yo no creo que Mons Barron haya querido decir eso, pero lamentablemente su párrafo fue interpretado así): ha pintado el valor de un cristianismo de base, apasionado, centrado en el evangelio, incluso en la ingenuidad del mensaje, y la solidaridad amorosa a la que necesariamente lleva (el "juego de las manos" en torno a la cruz a los 22 minutos es la verdad misma de la fe, filmada). Esa primera hora, la brillantez y lucidez de esos cristianos, no se pierde en absoluto cuando llega la oscuridad del otro centro de la trama.

martes, 11 de octubre de 2016

El 12 de octubre tengo algo que celebrar

Es verdad que en la colonización, conquista y posterior gobierno de los territorios de ultramar se cometieron barbaridades, pero también se hicieron muchas cosas buenas. En el balance, me gusta la civilización europea que llevaron, la considero un avance (con todo lo negativo que también debe recordarse) con respecto a unos pueblos que por muy originarios que sean, ya no son los míos.
Yo mismo soy descendiente de europeos, por todos los costados (Della Costa, Brüggemann, Piaggio, Krämer, Echevarría, Swindt, etc... son apellidos de mi familia, mapuches de pura cepa, como se ve). ¿Y eso qué? ¿el hijo de europeos no puede ver una injusticia europea y denunciarla? ¿no puedo como inmigrante europeo estar en contra de la colonización? ¿el hecho de que yo sea de origen europeo me incapacita para denunciar la barbarie europea?
No, si realmente pensara que la conquista implicó una injusticia total, una barbarie en el pleno sentido de la palabra, tendría todo el derecho de denunciarla, haciéndome al mismo tiempo cargo de reparar la injusticia, y abandonando inmediatamente el continente, desde ya. 
Pero la pregunta es más compleja de lo que parece: la conquista abrió un proceso histórico largo, del cual mi propia existencia es sólo un eslabón, ¿puedo entonces rechazarla de plano?
Suponiendo que en el origen de los pueblos americanos actuales hubiera realmente sólo genocidio, expoliación y barbarie (y es seguro que no hay sólo eso, y tal vez ni siquiera hay eso!), el sólo hecho de que los que somos herederos del proceso civilizador estamos rectificando con nuestra propia existencia la historia, hace que el proceso histórico sea fundamentalmente bueno, y no fundamentalmente malo.
Camus lo escribía respecto de la sangrienta historia europea del siglo XX: "todo el continente se revuelve buscando una justicia que pretende ser total", y en el mismo artículo (El destierro de Helena, si mal no recuerdo): "no podemos vivir odiándonos".
Los procesos históricos son conducidos por personas que aparecen, obran un poco bien y un poco mal, y luego desaparecen, mueren, y nuevas generaciones de personas, que obrarán también en la medianía de lo bueno y lo malo, los reemplazan. La justicia total no es un posible histórico. No se trata de la grandeza de la utopía, sino de la vaciedad de lo imposible. Aunque fuera cierto que la tierra de mis tatarabuelos era de los mapuches, la tierra que yo piso es tan justo devolvérsela a los descendientes de los mapuches originarios como dejármela a mí, porque ninguno de los dos somos parte del momento de injusticia, los dos sufrimos con cualquier opción que se adopte. Lo justo, entonces, no es llenarse la cabeza con rectificaciones imposibles del pasado, sino realizar algo conjunto en el presente.
La historia sólo avanza en una dirección, aunque nunca podamos en un punto saber cuál es.
En Centro y Sud América hay un gran sustrato indígena, cosa que no hay en el Norte. Sólo eso muestra que no hubo tal aniquilación generalizada de Río Grande para abajo. La independencia de los estados americanos se hizo en nombre de la racionalidad y la libertad, la autonomía, y no sé cuántas cosas más que nos iban a curar de los males de haber pertenecido a la bárbara España, y ahí tenemos: 200 años de dar tumbos, con la racionalidad a cuestas, sin saber qué hacer para ser buenos pueblos, así que dejen de echarle la culpa a Colón si América la pueblan seres humanos que roban y expolian hoy.
Yo me alegro de mi idioma, y de los demás idiomas que conozco, me alegro de haber hecho una carrera universitaria en una universidad heredera de los bárbaros del siglo XII, me alegro también de que me hayan evangelizado, y me hayan permitido que a 12.000 Km de Europa, mi país perteneciera a una civilización como la que pertenece.
Y ahora que estamos a tiro de la racionalidad europea, ahora sí a inventar una nueva forma de vida, que sea verdaderamente americana, sin tanto llantito vacuo por un pasado que no podemos modificar y que ni siquiera sabemos valorar en su justa verdad.

jueves, 5 de noviembre de 2015

Poietés

De normal hablamos del lenguaje binariamente: mensaje y forma, comunicación y expresión, y hasta la grosera "envoltorio" y "contenido" (como si se tratara de caramelos). Pero el lenguaje no es binario sino -como mínimo- trinario:
-el lenguaje siempre habla desde una Forma. La forma me es dada, no la puedo inventar yo, la puedo ir modificando, y en la medida en que las modificaciones van desindividualizándose, haciéndose patrimonio común, van enriqueciendo la Forma.
Es mucho más que el "código" en el esquema de la comunicación, porque la Forma da forma real a la comunicación en todos sus aspectos: antes de que haya Forma, ni yo sé lo que quiero comunicar, es en la Forma, que me precede, donde la comunicación adquiere realmente sus contornos.
-y apareció el segundo elemento: la comunicación, el "mensaje", el "contenido"... sólo concesivamente hablo de "mensaje" y "contenido". En realidad la comunicación envuelve más: también el proceso por el cual el destinatario toma contacto con él; no se sabría decir dónde acaba el "contenido" y comienza la recepción.
-y está finalmente la "expresión", la forma concreta desde la que me apropio de la Forma y la digo: nunca la Forma da forma en abstracto, siempre es en concreto, en cosas tales como un "estilo", unas maneras personales: este escrito, que es una poesía o una prosa, que es un soneto o una elegía que canta la muerte de un señor, es la elegía indudablemente cantada por J. o por R.: sólo él se ha apropiado de la Forma de tal manera que deviene SU expresión. Es su Poeta.

Dije "y finalmente", pero en realidad se podrían desglosar quizás nuevas dimensiones. A mí me parece que estas tres dan suficiente cuenta del transmitirnos unos a otros las palabras, pasarlas de mano en mano e ir dejando en cada uno más -y no menos- de lo recibido. Y quién lo dice es siempre "poeta", "poietés", a lo griego, porque fabrica la palabra, una palabra que sólo a veces es poética.
Siempre me pregunto cuándo una palabra es poética. Ya sé que mucha gente tiene en claro el asunto, pero yo no. Con lo importante que me resulta que haya una palabra en el mundo que sea poética, sin embargo no sabría cómo decir cuándo una palabra es poética:

«No olvidéis que la poesía,
si la pura sensitiva o la ineludible sensitiva,
es asimismo, o acaso sobre todo, la intemperie sin fin,
cruzada o crucificada, si queréis, por los llamados sin fin
y tendida humildemente, humildemente, para el invento del amor...»
(Juanele, De las Raíces y del Cielo, "Ah, mis amigos, habláis de rimas...")

Es hasta el día de hoy la única "definición" que me parece aceptable: la palabra poética nos saca de nuestros aposentos, nos lleva a cielo abierto, al raso, en el frío de las noches sin ninguna guarida ni escondrijo cerca. Nos deja allí, a la intemperie, a mirarla.
El peligro de la palabra: «Si el lirio da a los precipicios, qué le vamos a hacer?» (Juanele, "Deja las letras..."). Nos envuelve en sus redes sensibles, "ay, qué sutil", o "qué agradable", "mira qué profundo este verso", "increíble que el poeta haya podido decir esto"... ¿el poeta? ¿quién dijo que es el poeta el que lo dice? El poeta es posiblemente poietés de todas las palabras, excepto de la palabra poética. También el poeta ha sido llamado en ella a ese desierto donde, crucificada, la encuentra hablando en la intemperie, y allí se queda. Al revés que el esclavo de Platón, que libre de sus cadenas sale a la luz, el poeta, que podía ser libre, votar, gozar con la fantasmagórica anomia de las ciudades queda ahora encadenado a la intemperie: ya no ve, es de noche; ya no elige, es esclavo; ya no puede amar.
¿Y todo esto para qué? me dirán. Único remedo humano, simbolema del mundo trascendente donde Uno se entrega por otros para que todos puedan entregarse. "Para el invento del amor", dice Juanele. Y aun sobre ello, en palabras más prosaicas pero con experiencia de la palabra poética dirá A. Schökel: «la capacidad de engendrar una experiencia vicaria, o sea, de hacer entrar al lector en situación y permitirle revivir a su modo la experiencia comunicada.» (L. Alonso Schökel: Los Profetas, I, pág. 15).

domingo, 20 de septiembre de 2015

Traición de un retruécano

El Papa ha citado una vez más ese retruécano popular «quien no vive para servir, no sirve para vivir», en la homilía de hoy en La Habana. Además lo ha dicho con toda "solemnidad", pesando las palabras.
No pretendo hacer ninguna crítica "de calado" a la homilía; al contrario, creo que el Papa habla hermosa y sencillamente, y del conjunto emerge una guía accesible a todos para una vida concreta en sintonía con el evangelio. Sin embargo no es la primera vez que el Papa cita esa frase popular, muy ingeniosa por el retruécano, pero bastante poco cristiana, aunque se atribuye a la Madre Teresa, o a San Agustín.
La fe cristiana se caracteriza por reconocer que la vida que Dios nos da está por encima de lo que personalmente merecemos... ¡incluso el mayor pecador "sirve" para vivir! como lo dirá el mismo Jesús en la cruz al terminar exculpando a sus propios verdugos: "Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen".
Ese corazón del evangelio, esa aceptación de todos, hasta del mayor pecador, sin condiciones, nos distingue de las ideologías, incluso de las que, con buena voluntad, están también a favor de los débiles y desposeídos.
Eso está siempre presente en los discursos del Papa, y de ninguna manera pretendo juzgar su decir por sólo una frase que contradice un largo discurso en favor de la aceptación, la misericordia universal, los brazos abiertos a todos. Es sólo una frase, pero lamentablemente es la frase que los medios (los medios más cristianos, incluso News.va) han escogido para titular y resumir esta homilía del Papa, y de alguna manera su pensamiento.
Yo creo que cuando el Papa cita esa frase, realmente no se ha parado a pensar en lo que significa en su conjunto. Traiciones que nos hacen los retruécanos y en general las frases hechas que, a veces, sin darnos cuenta, piensan en lugar de nosotros.

miércoles, 5 de agosto de 2015

Algunos aspectos negativos de la apologética por internet



Quiero dejar claro de antemano que no rechazo la apologética católica como tal; creo que cumple una función insustituible: desde estar allí prontos a deshacer un equívoco sobre la práctica religiosa, sobre el funcionamiento de la Iglesia, etc. hasta ayudar a desmadejar más en profundidad los juicios contrapuestos de nuestro propio espíritu, que muchas veces no nos dejan ir a Dios con una confiada entrega de sí mismo.
El problema es que hay apologética buena, medianita, peorcita y decididamente mala. Alguna apologética hay que es un simple "argumentario" que contrapone al argumentario del mundo su propia tira de interpretaciones, y el resultado es que la persona simplemente se ve abocada a aceptar ideológicamente las cosas, no a comprender y crecer.
Hoy leí un artículo interesante que se titula «Asistir a la iglesia, clave para la buena salud mental entre los mayores europeos»; parece el típico "un estudio de la Universidad de Michigan demostró (en una muestra de tres seres humanos) que los que comen tomate hablan mejor", pero las escasas explicaciones prometen (lástima que seguramente no habrá forma de hacerse con el estudio entero).
Se trata de un estudio científico, así que si está bien hecho va a lo suyo y punto, el que quiera encontrar significado apologético que lo encuentre. Naturalmente, ese significado no se hizo esperar, y así viene el tuit de Mons. Munilla (@ObispoMunilla):

Pequeño tuit, pero que contiene lo que a mi entender son dos errores apologéticos habituales en la apologética católica, y que nos hace tan antipáticos:

1- No entender que nadie tiene obligación de querernos, de entendernos, de aceptarnos...
¿Por qué voy a llamar "censura laicista" a que los grandes medios no estén interesados en promocionarnos? No tienen por qué: no publican todos los estudios científicos de todas partes del planeta, publican los que sirven a sus gustos, a conformar a su público, etc. es decir: lo lógico.
Si quieres que alguien conozca ese estudio, publícalo tú, en tu tuitter, en tu facebook, si eres Mons. Munilla, envíaselo a la COPE, que es de la tribu, habla con algún amigo del Mundo a ver si a cambio de algún favor quiere publicar la noticia.... pero no esperes que quieran publicarla porque eres católico y tienen la obligación de darse cuenta que tienes la verdad de tu parte...
Tal como está redactado, el tuit genera mal clima, no es apologético: se dirige más bien a los de adentro, para mostrarle lo pobrecillos maltratados que son, no hacia el mundo para hacernos llegadores. Y por supuesto a partir de una errada interpretación de lo que es ser "maltratado".

2- La noticia misma es dudosamente apologética:
Lo único que muestra es que puedes "sentirte bien" yendo a la iglesia; el mismo experto añade:
«no está claro para nosotros cuándo esto es debido a la misma religión en sí, o si puede ser motivado por el sentido de pertenencia y de no ser socialmente aislados».
También hay gente que se "siente bien" con una tarde de promiscuidad en el sauna, viendo Telecinco, o en mil otras cosas que nos hacen sentir subjetivamente bien, aunque objetivamente sean poco recomendables... :-)
La noticia no es inmediatamente apologética; tomada como tal consolida una religiosidad ya excesivamente antropocéntrica: «la religión es buena porque te hace "sentir bien"».
Podría ser apologética si se presenta indirectamente; "mira qué curiosidad esto", o "van a la Iglesia por Dios, pero reciben la añadidura", algo que deshaga la idea de que ese estudio capta en algo nuestra experiencia personal y religiosa de ir a la Iglesia.
El peligro de una mala apologética en este aspecto es prometerle a la gente algo que luego no se le cumple. Posiblemente la gente que se "siente bien" yendo a la parroquia es gente que ha ido toda su vida, que conoce por nombre hasta las baldosas de la sacristía, y entonces forma parte de esa estructura y allí "se siente bien"; pero invita a cualquiera de la calle a la parroquia, incluso bien dispuesto hacia nuestra fe, o incluso siendo un buen creyente, mételo en una de nuestras parroquias, con todas las pruebas que hacemos pasar a la gente para aceptarlos, con las cuchilladas que nos tiramos unos a otros todos el tiempo por todo, con el cotilleo que hay, con toda la negatividad de las parroquias (normal en gente que no es santa sino que sólo pretende ser hecha alguna vez tal), y luego vemos si "se siente bien".
No vamos a la iglesia a "sentirnos bien", aunque a menudo ocurre que nos sentimos bien yendo, pero es un efecto colateral, teológicamente es una añadidura (Mt 6,33), no algo que deba ni siquiera darse por supuesto que lo ofrecemos, porque no lo podemos ofrecer, y cuando lo hacemos, es simple propaganda engañosa.