viernes, 8 de mayo de 2015

Está bien, acepto el mote

En un blog de periodismo llamado «La réplica», Marta Güelfo Márquez explora desde la perspectiva de género los [supuestos] subterfugios (especialmente de lenguaje, aunque no sólo) por medio de los que llega a caracterizar una nueva categoría: la del «neomachista», que ya no es «machista», porque es políticamente incorrecto, pero continúa consolidando lo que la perspectiva de género llama la «cultura patriarcal».
Pues bien, puesto que el periódico se llama «La réplica», supongo que, a pesar del escaso margen que la autora deja, se le podrá replicar... salvo que por ese pecado se saque otro mote con el que intimidar a los que no vemos con sus mismas gafas (comienza declarando ella misma que lo que tiene puestas son unas gafas. A confesión de parte...).
Porque de eso se trata este artículo, de encontrar un mote descalificador. Lo curioso es que el juego de los motes todos lo reconocemos como nocivo para el pensamiento: la misma autora, como veremos, encuentra en el uso de un mote infamante («feminazi», punto 4) uno de los puntos que revelan las malas intenciones del otro.

Vayamos uno por uno (en cada uno copio la explicación de la autora, y disculpen que resulte largo):
1- «Yo no soy feminista ni machista, yo creo en la igualdad»: Este es un error muy frecuente producto del desconocimiento. El feminismo es un movimiento que reivindica la igualdad de derechos entre hombres y mujeres. El machismo se conforma por actitudes, conductas y creencias de superioridad del hombre con respecto a la mujer.

Me alegro de que la autora sea tan penetrante: en palabras que no lo indican en absoluto, ha llegado a descubrir intenciones ocultas... ¿o será que las palabras son decidoras y transparentes sólo si vienen aprobadas por ella misma? Si yo digo que "creo en la igualdad", hasta que se demuestre lo contrario será que creo en la igualdad. La igualdad no quiere decir ni apunta necesariamente a «actitudes, conductas y creencias de superioridad del hombre con respecto a la mujer», la igualdad quiere decir igualdad.
Por supuesto, puede ser que alguien diga que "cree en la igualdad" y en realidad mantenga "actitudes, conductas y creencias de superioridad del hombre con respecto a la mujer", en cuyo caso está mintiendo, o se está autoengañando, pero no es la frase la que lo revela, sino el contraste de los hechos de esa persona con la frase que suscribe.
Ahora bien, cuando se pasa de contrastar hechos y frases a que la frase misma está viciada "lingüísticamente", por así decirlo, se está pasando de la raya, se está saliendo de la ambigüedad de todo lo humano al cielo puro de las categorías, que sólo existen en la obra de Kant y en las ideologías de toda especie.
Muchos, como es mi caso, no tendríamos ningún problema en reivindicarnos como feministas, pero si eso significa formar parte del cotarro donde una persona se sienta a categorizar al resto a partir de fragmentos de palabras y sin molestarse en nadar enlodada entre la ambigüedad de las palabras y los gestos, prefiero decir que no soy machista ni feminista, sino que creo en la igualdad. Y si eso me hace adquirir el mote de "neomachista", lo aceptaré por mis pecados. No es el único mote que sobrellevo.
¿Cómo podría decir esto mismo la autora, si en vez de dedicarse a categorizar, se dedicara a pensar el problema? Posiblemente hubiera sido interesante criticar la frase «Yo no soy feminista ni machista, yo creo en la igualdad» explicando que no hay simetría entre los dos campos, y que la «igualdad» aunque es el justo medio de los derechos, no es el justo medio de las actitudes culturales. En eso tiene razón: en ese uso de la frase, sólo en ese, podría ser un indicativo de pervivencia camuflada del machismo. Lo que implica que si se la escucho decir a alguien, eso no significa que sea neomachista (claro que tampoco que no lo sea).

2- «También hay violencia de género contra los hombres»: la violencia de género no se da de la mujer hacia el hombre porque no existe un sistema ideológico y cultural que oprima al hombre, sino a la mujer. La violencia de género se da en la pareja o expareja, del hombre hacia la mujer y tiene sus raíces en el patriarcado, el androcentrismo, el sentimiento de posesión y la idea tradicional de amor romántico. Conforma un fenómeno social que se da en todas las culturas y que provoca sólo en nuestro país 50, 60 ó 70 mujeres asesinadas al año por sus parejas o exparejas. Supone por tanto una situación de emergencia que precisa respuestas educativas, sociales y políticas concretas.

Por qué tú lo digas... La expresión «violencia de género» tiende al menos dos sentidos, y los dos pueden darse (y de hecho creo que se dan) también en la dirección de la mujer al varón: en un sentido «real» (el menos importante para la teoría del género), se puede dar por el simple hecho de que donde hay poder, está el contexto necesario para el abuso de poder, y por tanto para la violencia: si hay contextos de poder donde la que enarbola ese poder es una mujer, puede darse (y de hecho es muy probable que se dé), la violencia de la mujer hacia el varón. El segundo sentido tiene que ver como lo usa la autora: la violencia «estructural» -por así decirlo- es decir, la existencia de un relato unas estructuras, un lenguaje en general que, al justificar la violencia, la amparan y dificultan su erradicación.
Naturalmente estoy de acuerdo con ello: ese relato justificador existe, y eso es suficiente emergencia como para emprender todo tipo de acciones (educativas fundamentalmente, pero también preventivas y punitivas) contra ello.
Ahora bien, precisamente por eso mismo, la axiomática negación que la autora hace se me representa como la exacta réplica feminista del relato ocultador del androcentrismo: «la violencia de género no se da de la mujer hacia el hombre». Pues mira, ¿y si se da? ¿no estás reproduciendo el mecanismo negador del androcentrismo? ¿no es ese discurso mismo, sin necesidad de ningún aditamento, ya el desarrollo, o al menos el conato de un sistema ideológico y cultural de represión, al dejar de lado que la causa de la violencia, encarnada mayoritariamente en el varón del sistema androcentrismo, es el ser humano?
Hay violencia de la mujer al varón, muchos la hemos experimentado, muchos la vemos o hemos visto, y para liberar realmente al ser humano, lo que hay que hacer es no negar.

3- «Existen muchas denuncias falsas»: Según la Fiscalía General del Estado, el porcentaje de denuncias falsas en materia de violencia de género es de un 0,018%.

Puede ser. Tratándose de estadísticas, soy absolutamente incompetente: tanto para el indeterminado «muchas» como para el determinado «0,018%». Lo que no termino de entender es cómo la existencia de una convicción sobre la cantidad de denuncias falsas le sirve a la autora para establecer sus cortes de clase.
A mí el sólo hecho de que haya una denuncia falsa me parece dos cosas:
-que es lógico, puesto que somos seres humanos todos, mujeres y varones, por tanto el poder nos va a tentar de corromper de manera necesaria, así que si a través de denunciar adquiero algún poder sobre otro, es seguro que un porcentaje cualquiera (0,01 o 99,99) intentará abusar de él.
-que no cabe usar como elemento ideológicamente discriminador (el que reconoce denuncias falsas es porque es neomachista, no porque de hecho hay denuncias falsas) el sufrimiento de otro ser humano, en este caso del 1, 2 o 3 que son víctimas del abuso de poder de una denuncia falsa.

4- «Eres una feminazi radical»: No existe tal cosa. La palabra feminazi ha sido inventada por el neomachismo para demonizar y ridiculizar al movimiento feminista. Esta palabra ha sido utilizada incluso por neomachistas de renombre como Arturo Pérez-Reverte para atacar al feminismo.

No me gusta la palabra «feminazi» y de hecho no la uso en mis escritos, pero este punto es uno de los que me parecen más interesantes, porque reconoce el poder demonizador y ridiculizante de los motes... ¡en un artículo dedicado a poner en circulación un mote sobre el contrario!

5- «El lenguaje inclusivo es una tontería, acabaremos diciendo sillas y sillos»: El uso del lenguaje es importante en cuanto que con él construimos nuestro pensamiento y nuestra representación mental. Aquello que no se nombra, no se ve, y lo que no se ve, no existe. Nuestro lenguaje se ha regulado en base a los valores sociales y culturales dominantes patriarcales y androcéntricos, y es por esto por lo que debe ser cuestionado. Utilizar como argumento el femenino y el masculino en cualquier sustantivo es un intento de ridiculizar el lenguaje no sexista, que no tiene fundamento puesto que no hay que diferenciar el género en aquellos sustantivos que no tienen sexo biológico ni género.

Naturalmente que «El uso del lenguaje es importante en cuanto que con él construimos nuestro pensamiento y nuestra representación mental», eso es un principio completamente indiscutible. Y también que «aquello que no se nombra, no se ve», Precisamente por eso el llamado «lenguaje inclusivo», en la medida en que representa los esfuerzos voluntarios por imponerlo, podría hacerse conscientemente muchísimo mejor, y no imponer «abusos» de la inclusividad.
Por ejemplo, cuando yo digo "los estudiantes y las estudiantes", hago visibles dos conjuntos donde parece haber sólo el de los varones. Ahora bien, precisamente por dejar de nombrar una realidad, la condeno a la desaparición: cuando el profesor ve delante suyo a los estudiantes y las estudiantes, no ve dos conjuntos, ve uno, porque en tanto estudiantes no son dos, sino uno.
Quizás sea cierto que con el tiempo este equilibrio al que los idiomas indoeuropeos habían llegado se haya ideologizado androcéntricamente (en esto creo que la teoría del género tiene razón), pero la solución no es poner dos donde hay realmente uno, sino romper la alianza de ese uno con el androcentrismo. Me explico: si en vez de decir "los estudiantes y las estudiantes" dijéramos "les estudiantes", específicamente como una nueva forma de neutro inclusivo, estaríamos al mismo tiempo desandrocentrando, y reconociendo la unicidad donde hay y no debe dejar de haber unicidad. Y más bien reservar la duplicación de palabras donde realmente tiene sentido, que es cuando necesitamos realmente referirnos a dos conjuntos.
En la práctica el sistema de la lengua funciona poco por convenciones conscientes, así que el genio popular ha reemplazado la innecesaria duplicación por dos maneras que hoy coexisten: "lxs estudiantes", que incluye a todos los géneros posibles, y "l@s estudiantes", que convencionalmente todos entendemos que se refiere a las y los. La verdad que las dos soluciones son estupendas, pero lamentablemente no son pronunciables. Hay que buscar otros lexemas que remedien la situación.

En vez de dedicarse a clasificar al otro a partir de que le parece una tontería el hecho de que podremos acabar diciendo "sillos y sillas", podría la autora aprender de esa crítica que, aunque no tiene razón en el principio (el lenguaje inclusivo sí es necesario), la tiene en haber pescado el aspecto incómodo y puramente artificial de un sistema que funciona muy por fuera de nuestras voluntades individuales.

6- «Sois muy pesadas con eso del feminismo»: sí, hay días que nos levantamos y nos da por pelear y reivindicar nuestros derechos y nuestro lugar en cualquier ámbito de nuestras vidas. Incluidos en aquellos contextos y situaciones en los que la desigualdad no es fácilmente apreciable.

Ajá, bueno, gracias por la confesión de parte, de nuevo... efectivamente hay muchas feministas pesadas con el feminismo; a muchos les gusta el fútbol pero uno les huye porque son pesados con el fútbol, muchos son pesados con lo que les interesa.
Eso no tiene nada que ver con que el otro se convierta en "neo nada" por reconocer lo que es evidente: que ni el feminismo se libra de los pesados.

7- «No es acoso, es un piropo»: un piropo es algo agradable que se dice a la cara de alguien conocido con respeto y con la intención de animar y/o agradar a la persona a la que se le está diciendo o mostrarle afecto. Silbar y/o gritar por la calle a una mujer desconocida algo relacionado con su aspecto, su cuerpo y su ropa es acoso verbal.

Sí, estoy completamente de acuerdo. Ahora bien: la frase, tal como la copia la periodista, no niega eso. Será, no neomachista sino machista a secas, quien acose verbalmente, y dirá un piropo quien le diga "algo agradable a la cara de alguien conocido con respeto y con la intención de animar y/o agradar a la persona". No hace falta inventarse un mote nuevo.

8- «Me da igual que sea un hombre o una mujer, lo que importa es la persona»: este argumento es muy repetido en organizaciones políticas o sociales cuando se trata el tema de la paridad en listas o en cargos. Por cuestiones relacionadas con la educación, la socialización, los estereotipos y la falta de referentes es probable que el protagonismo, el liderazgo y el poder de las organizaciones acabe siendo masculino. Herramientas paritarias como las listas cremallera fomentan una participación más igualitaria y representativa.

«es probable que...», puede ser, como puede ser que no, la frase en sí no es machista ni neomachista, en absoluto, al contrario, debería ser el ideal al que tendiera la lucha por la igualdad.

9- «También debería existir un día del hombre»: el 8 de marzo fue declarado el día Internacional de la Mujer Trabajadora por la ONU en 1975. Conmemora las luchas de las mujeres obreras que reivindicaban sus derechos y la igualdad en la sociedad. Actualmente aún vivimos en una sociedad que oprime a la mujer y en la que la desigualdad en el ámbito laboral, económico, político y familiar sigue siendo evidente, por lo que seguimos peleando y reivindicando nuestros derechos cada día y, en especial, el 8 de marzo.
Ajá, bueno, la frase original no me parece demasiado lúcida, más bien un tanto pava, así que por suerte encontré una con la que estoy de acuerdo con la autora, mi nivel de neomachismo a descendido 1/10.

10- «Ya hemos conseguido “la igualdad”»: creer que las mujeres ya estamos en igualdad de condiciones en todas las esferas de la vida es un error frecuente. La infrarrepresentación política, la brecha salarial, las mujeres asesinadas por sus parejas, el techo de cristal o el sobrecargo de los cuidados nos indican todo lo contrario: vivimos en una sociedad desigual.

No, no hemos conseguido la igualdad. Pero no me apunto un 2/10 con la periodista porque me parece que yo lucho a mi manera y en mi ámbito, por la igualdad, y ella también; pero estoy convencido de que la lucha de ella es estéril en muchos aspectos, por luchar en el plano de la ideología, por excluir en vez de incluir, por invitar a condenar sin juicio, y, en fin, por pretender primero la adhesión y luego la acción.
No digo que la autora no luche, y que no lo haga con buenas intenciones, digo que las luchas que se hacen desde esos referentes han resultado a lo largo de la historia, estériles.
Yo no puedo formar parte de esa lucha. Ya sé que a la autora no le interesará, porque de hecho parece más interesada en denunciar a gente como nosotros con un mote nuevo que a incluir luchadores a sus filas. Pero es una lástima que ante tanta necesidad de lucha haya gente que gaste sus energías así.


miércoles, 15 de abril de 2015

Ideología de la ideología de género, o cómo aprovecharse de un papa para llevar agua al propio molino

El Papa comenzó hoy a dedicar sus catequesis de los miércoles a la cuestión de varón y mujer, de la matrimonialidad, la diferencia, etc. Son enseñanzas muy sencillas, casi obvias, pero muy ricas porque con su habitual cotidianeidad en el hablar, consigue "bajar" algunas imágenes bíblicas muy potentes (como la del ser humano creado a imagen de Dios), a la comprensión de los peregrinos que -muchas veces bajo la inclemencia del tiempo- lo están oyendo en ese mismo momento.
Esto es, en cierto sentido, una gran novedad. Si comparamos las catequesis de los miércoles de Juan Pablo II sobre el mismo tema (catequesis entre septiembre de 1979 y noviembre de 1984) no hay duda de que llega a hacer una verdadera y perdurable teología... sin embargo dudo de que el que estuviera escuchando en ese momento entendiera algo de lo que el Papa estaba en ese mismo momento diciendo. Digamos que lo de Juan Pablo II era una teología, mientras que lo de Francisco es una muy sencilla explicación catequética para el momento en que se produce. Las dos cosas cumplen funciones definidas e importantes (aunque a algunos nos pueda parecer mucho más adecuado al contexto lo de Francisco que lo de Juan Pablo II).
Todo esto implica que, aunque lo que dice Francisco está teológica y bíblicamente fundado, no debería uno sacarle demasiada punta, porque la elaboración misma de las charlas está subordinada a la sencillez e inmediata captación, no a la búsqueda de profundidad ni, diría, enorme trascendencia: procura más bien un concepto claro que la gente se pueda llevar, como se lleva los evangelios de bolsillo y devocionarios que el mismo Papa hacer regalar en esas ocasiones.
Hablar de la diferencia varón/mujer como lo hizo hoy invita a confrontar con la llamada «ideología de género», uno de los aspectos más omnipresentes y acríticamente desparramados en Occidente, y con la que ese mismo público que lo estaba escuchando se las tiene que ver uno y otro día. Sin embargo el Papa apenas aludió a ello, y lo hizo, no en tono confrontativo, sino con mucho respeto. El párrafo dice:
«La cultura moderna y contemporánea ha abierto nuevos espacios, nuevas libertades y nuevas profundidades para el enriquecimiento de la comprensión de esta diferencia. Pero también ha introducido muchas dudas y mucho escepticismo. Por ejemplo, yo me pregunto si la así llamada 'teoría del género' no es también expresión de una frustración y de una resignación que apunta a cancelar la diferencia sexual porque ya no sabe confrontarse con ella. Nos arriesgamos a dar un paso atrás.»
No habló de «ideología de género» sino de «teoría del género», como en realidad corresponde hacer, ya que es su auténtico nombre, y no confrontó radicalmente, no "condenó", "alertó", ni "mostró una serie de preocupaciones que se derivan de ella", ni nada de todo eso que no puede resolverse en un párrafo... se hizo una pregunta: no cuestionó sino que SE cuestionó, y no habló de un tercero fuera de la plaza, sino en primera persona, como una teoría en la que, lo sepamos o no, estamos inmersos, porque es una de las marcas de nuestra época; y lo hizo ante todo valorando primero los logros de la época, antes de dejar caer su (auto)cuestionamiento.

No habló tampoco de ningún «plan de Dios», sino (lo más parecido que dice) de un «designio de Dios», al cual no lo identifica con la diferencia de sexos, sino que en realidad deja entender (si uno quiere elaborar un poco teológicamente lo que dice, aunque él no lo hace) que el designio de Dios tiene como uno de sus elementos, esa diferencia:
«De aquí viene la gran responsabilidad de la Iglesia, de todos los creyentes, y ante todo de las familias creyentes, para redescubrir la belleza del designio de Dios también en la alianza entre el hombre y la mujer.» (el destacado es mío)
No es el designio DE la alianza entre varón y mujer, sino el designio que se manifiesta EN esa alianza. El designio de Dios -que es único- trasciende los modos en que se manifiesta, y permite una gran creatividad y libertad por parte del hombre para descubrir ese designio y hacerlo propio.

Muchos utilizan la expresión "plan de Dios". Sin embargo es una expresión bastante impropia, y teológicamente problemática y peligrosa (como muy humorísticamente muestra el chiste gráfico que ilustra este post). Es verdad que en el Antiguo Testamento a veces Dios habla de sus "planes", pero en general la palabra «plan» se utiliza preferentemente para las maquinaciones de los malvados (Sal 33, Jeremías 18,23, Isaías 8,10, etc), mientras que, aplicado a Dios, equivale a los "caminos de Dios", trayectorias, andares, no arquitecturas cerradas que el hombre tiene que repetir (como es nuestra noción espontánea de «plan»).
En el Nuevo Testamento alude muy indirectamente a la idea de «plan de Dios», en las expresiones «voluntad de Dios» (Lc 7,30) o «economía divina» (1Tim 7,4); en ambos caso se puede traducir como «plan», mientras entendamos que no se refiere a un modelo trazado que los demás (nosotros) tienen que repetir, sino a un modo de moverse Dios mismo en el mundo, acorde con su interés salvífico por el hombre, siempre frustrado por nuestro pecado, y retomado por Dios con un cambio en los «planes maestros», que deja intacto el «misterio de su voluntad»: conseguir que todas las cosas tuviesen a Cristo por cabeza (Efesios 1,9-10)

No hay nada en el Nuevo Testamento, ni en la Biblia en general, que suponga la idea de quienes predican que nosotros tenemos que realizar ciertas cosas rigurosamente predichas (y que por lo tanto el pecado consistiría en irse del molde trazado); al contrario: a eso Pablo lo llamaba "vivir según la Ley", y lo consideraba contrario a la libertad en Cristo, y por tanto contrario al designio divino.

Porque hay, sí, un designio de Dios, que se realiza en el actuar del hombre, y también a pesar del actuar del hombre: quien vive de cara a ese «misterio de su voluntad», ya ha entrado en la dimensión de la fe, y por tanto de la salvación, y quien se niega a percibir el «misterio de su voluntad» es invitado una y otra vez a hacerlo, que para eso está este tiempo: para invitar, no para evaluar los planes y sus resultados.

Ahora vayamos a lo que motiva el título de esta nota: leo hoy en Aciprensa que el Papa dice que «la Ideología de género contradice el plan de Dios», e incluso pone entre comillas la expresión «ideología de género», como si fueran palabras del Papa, cuando leyendo la catequesis se nota precisamente la delicadeza del Papa al evitar esa expresión. También en Infocatólica se se dice que «El Papa afirma que la ideología de género es expresión de una frustración que busca borrar la diferencia sexual», cuando, como hemos visto, no sólo no habla de la «ideología de género», sino que evita «afirmar» y más bien «se pregunta». Mientras que Infovaticana convirtió la autopregunta del Papa en una afirmación, aunque -todo hay que decirlo- fue por esta vez la más moderada de este grupo casi unísono, ya que no habla de «ideología de género», ni de «plan de Dios», y es la única de las tres que reproduce el discurso entero tal como lo dijo el Papa.

jueves, 12 de febrero de 2015

Poder, no-poder, denuncia

Dice José María Vidal, director de Religión Digital, algunas frases interesantes en un reportaje que le hicieron. Están recopiladas (presumiblemente por él mismo) aquí.
De su persona no me ocuparé porque no soy quién. Pero hay algunas cuestiones que dice que, convertidas en principios, son habituales y dan que pensar. Dice, por ejemplo:
«Hay mucho de verdad en las 'intrigas vaticanas'. El Vaticano es una corte donde a veces falta aplicar el Evangelio». Cierto, aunque como "denuncia profética" llega un poco a destiempo, quiero decir que lo han dicho muchísimos antes:
«Yo vy allá en Roma, do es la santidat,
que todos al dinero fazianl' omilidat,
grand onrra le fazían con grand solenidat:
todos a él se omillan como a la magestat.» (Libro de Buen Amor)
Pero es verdad que debe ser denunciado una y otra vez, y siempre de nuevo; en definitiva Jesús no prometió una Iglesia impecable, sino una Iglesia que se vigilara como para no pecar: «No sea así entre vosotros...»
Más que con el dinero (que también) la cuestión tiene que ver con el poder: las relaciones entre los hombres expresan poder en circulación; en definitiva, el signo del Pecado es el poder: la tierra puede sobre el hombre, y en la pareja uno de los dos domina sobre el otro, y con el demonio se lucha cuerpo a cuerpo, a vencer o morir (Gn 3,14-19). Pecado y poder van de la mano. Las relaciones en el mundo son poder, porque el mundo está bajo el dominio del Pecado.
No se puede decir que no tengan buena intención las utopías de tipo anarquista, pacifista, ecologista, etc. que lo que hacen es plantear el no-poder como solución. El no-poder es la solución, el no-poder es el signo de la salvación... la cuestión es si podemos llegar al no-poder por nosotros mismos.

Jesús predicó un evangelio que es todo un programa del no-poder, y lo garantizó con su muerte en la cruz, pero al revés de las utopías, no empezó por diseñar el objetivo, sino por la cuestión de la efectividad: "esto se ha cumplido hoy", "hoy ha llegado la salvación a esta casa", "El que cree en el Hijo tiene [ya] vida eterna". En él está el no-poder y la posibilidad del no-poder.
Todo esto es catecismo básico, ya lo sé, pero me gusta recordármelo.

Efectividad: es posible el no-poder, puesto que lo realiza Cristo en el mundo, él mismo o entre los suyos y a través de ellos.
Programa: la presencia del no-poder (que es Cristo en la cruz) hace reales, en vez de utópicas, las acciones del no-poder.
Realidad: "no es el discípulo más que el Maestro" y si Cristo pasó por la cruz, la vida del cristiano tiene que pasar por la cruz, si no no se manifiesta la vida que de antemano está dada.

¿Cómo se llega, sin embargo, a hacerse uno con la efectividad del no-poder? No en el programa. Comenzando con el programa del no-poder se llega a la utopía, no a la realidad; es necesario comenzar más atrás: en la disposición total y completa a la acción de Cristo en el mundo: ser simplemente un canal a través del cual pase la gracia hacia el mundo; siquiera un canal, un tubo, abierto por los dos extremos: recibe gracia, mana gracia. En suma: la efectividad inicial para realizar adecuadamente la presencia del no-poder de Cristo entre el poder del mundo la alcanza el no-ser yo mismo.
Pero no cualquier no-ser yo mismo. No el no-ser del suicidio, por ejemplo (que más bien es lo contrario); no el no-ser del abandonarme a mí mismo entre los vaivenes del hado y la fortuna; el único no-ser adecuado a esta efectividad de Cristo en el mundo es el no-ser del amor: como el que ama no quiere nada de sí que no tenga su origen o su término en el amado, así en el creyente enamorado de Cristo se realiza, por la fuerza misma de ese amor, el no-ser suficiente para hacer presente la efectividad del no-poder de Cristo entre el poder del mundo. No se trata de ir a socorrer pobres "porque" le gusta a Cristo, como si el mandato de amor al prójimo fuera un mandato distinto del amar a Dios; se trata de estar tan vacío de sí que lo que ocurra sea que Cristo socorre, con los brazos y las piernas del creyente, a los débiles según el mundo.
Precisamente hoy san Agustín decía en la segunda lectura del Oficio de lecturas una frase que resume esto mismo que estoy tratando yo de balbucir: «Cristo toma forma en aquel que recibe la forma de Cristo, y recibe la forma de Cristo el que vive unido a él con un amor espiritual.» Dicho queda.

Pero volvamos a los dichos de Vidal: nos decía él que en la Iglesia hay mucho poder, es más, nos dice: «Primero uno es periodista y luego es creyente. Uno es antídoto del poder, y la Iglesia siempre es el poder.»
Es verdad que en el mundo los periodistas son un freno a los tres poderes del Estado: denunciando, sacando a la luz, investigando, rompen las cadenas del ocultamiento en el que trabajan silenciosamente los tres poderes; no en vano la profesión ha merecido el nombre de "cuarto poder". Pero precisamente la frase de Vidal suena un poco disparatada: si para denunciar el poder en la Iglesia (¡y hay que denunciarlo!) se debe actuar como periodista antes que como creyente, se trata de una denuncia mundana, de una denuncia que busca poder: no es la denuncia del no-poder, sino la denuncia de un poder frente a otro poder. Y en ese obtener poder frente aotro poder tiene ya su recompensa. Por muy justa y verdadera que sea la denuncia (algunas lo son, naturalmente, por la simple estadística de que la no-verdad absoluta no existe) no es una denuncia hecha desde el camino del no-poder, y por tanto no sirve en el camino del Reino de Cristo en este mundo.
Dicho de otra manera: si la denuncia del poder en la Iglesia que hace el creyente, del santo, triunfa, se manifiesta de una manera renovada la presencia de Cristo; si la denuncia del poder en la Iglesia que hace el periodista especializado en cuestiones religiosas triunfa, se suplanta un poder por otro poder, y es necesario, a su vez, denunciarlo.
Lo que plantea Vidal es enteramente mundano, de cabo a rabo, independientemente de que pueda él tener buena intención al plantearlo, e incluso que crea que sirve al Reino: muchos en la Iglesia actúan desde el poder, y en esa misma medida, son mundanos y no sirven al Reino. No sólo no sirven, claro, es que lo retrasan e incluso impiden.

sábado, 10 de enero de 2015

¿Yo soy Charlie?

Junto al estupor, el miedo, y la sensación de indefensión que más o menos todos estamos sintiendo estos días, circula con toda fuerza, especialmente desde blogs católicos, el debate por lo que significa este lema "yo soy Charlie". Un verdadero problema:
-"Yo no soy Charlie" significa rechazar cierto abuso de la libertad de expresión, significa mantener la dignidad de católico, o simplemente de creyente religioso (porque las blasfemias de las portadas de Charlie Hebdo excede al cristianismo), frente a un medio que, en nombre de la libertad de expresión, nos ofende de manera continua y "privilegiada" (menudo privilegio).
-"Yo soy Charlie" significa sentirse atacado, en la persona de estas víctimas, en el corazón mismo de las libertades occidentales, de nuestro modo de ser, de sentir y de vivir.

Claro que uno y otro tienen también su contracara: "yo soy Charlie", junto a la sensibilidad frente a nuestro estilo vital atacado, implica un poco admitir que todo eso tan caro a nuestra fe: ¡Dios mismo! (esta gente no se anda con vueltas en la blasfemia) vale menos que un "derecho" recientemente adquirido, la libertad casi absoluta de expresión, y que aun deberíamos debatir si es un "valor supremo". ¿Y acaso "yo no soy Charlie", aunque se haga en nombre de la indignación religiosa, no es un primer peldaño hacia la justificación del atentado?
Me apresuro a aclarar que no he leído en medios católicos ninguna justificación del atentado, pero sí críticas a la "libertad de expresión" como si el extremismo que lleva a estos atentados se hubiera podido evitar censurando a Charlie Hebdo. En suma, como si la "libertad de expresión" no tuviera que constituir un valor tan alto como lo es en nuestras legislaciones occidentales, tal como hasta hace poco era habitual culpar al largo de la falda por la violación.

Descartemos una primera cuestión: recién oía por la radio a un cura periodista afirmando que "a ningún católico se le ocurriría oponerse violentamente a las blasfemias de Charlie Hebdo". Aunque la yihda sea ahora únicamente patrimonio del islam, la yihda es un tema tan coránico como bíblico, y tuvo su aplicación en toda nuestra bimilenaria historia. Y no me refiero a hace 5 o 10 siglos; los católicos no estamos tan lejos de los tiempos en se quemaba algún teatro, se apedreaba algún cine, se golpeaba a algún artista, por películas o espectáculos como Jesucristo Superstar, La última tentación de Cristo o Jesús de Montreal. Y los cristianos (y representándonos, los obispos) no salían a condenar, sino que miraban para otro lado, a lo sumo los consideraban "unos muchachos locos, exaltados"... Es verdad que eran grupos muy minoritarios, no eran "todo el catolicismo", ni eran representativos salvo en un punto: había un continuum entre esos yihadistas y el sentir del católico integrado.
Gracias a las burlas, a las descalificaciones que nos han hecho, a la vergüenza por la que hemos pasado de saber que estábamos cerca de todo eso, hemos ido cambiando, y hoy a ningún católico se le ocurre defender la yihda cristiana: nos han hecho madurar a garrotazos.
Es algo que le debemos a nuestros contrarios, se lo debemos a medios revulsivos (y a menudo repulsivos) como Charlie Hebdo. Por supuesto, ellos no lo hacían por amor a nosotros, pero objetivamente nos han ayudado. Siquiera por ello, yo soy Charlie.

Además, es verdad que hasta hace poco se usaba la expresión "occidental y cristiano" en un sentido integrista, cercano a las formas del nacionalcatolicismo; pero esa frase dice algo literalmente cierto: todos los cristianos de Occidente somos "occidentales y cristianos"; y con esto quiero hacer notar no la obviedad de que como individuos nacimos en Occidente, sino que Occidente es en parte desarrollo nuestro, no sólo de los dorios, los aqueos, los germanos y las tribus del Lacio. Este Occidente de las libertades es también (no en todo, pero sí en mucha parte) herencia nuestra: porta nuestras bellezas y nuestras taras. La exaltación de la libertad como valor supremo es constitutiva de nuestra fe, aunque el mundo secular, al secularizar los ideales cristianos del Reino de Dios, nos haya sobrepujado en la búsqueda aquí y ahora de unas libertades que nosotros quizás sólo concebimos en la vida futura. Pero son ideales que nosotros también llevamos. Como cristianos podemos entender esa pasión por la libertad absoluta; y como occidentales podemos participar también de su búsqueda. En definitiva los occidentales somos caóticos, individualistas, libertarios, irrespetuosos, y eso es nuestro, también de los cristianos. Por eso también, y a pesar de todo, yo soy Charlie.

Pero también desde un punto de vista estrictamente cristiano merece una atención especial esta cuestión: al morir Saúl, David se alza con el poder total, primero en las tribus del sur, y siete años más tarde, en todo Israel, aunque no sin grandes resistencia. Ante la rebelión de su hijo Absalón, y antes de tener consolidado su reinado, David llegó a huir de Jerusalén junto con su corte. Yendo de camino... pero no, no lo cuento, porque mejor lo cuenta la propia Biblia:
«Cuando el rey David llegó a Bajurim salió de allí un hombre del mismo clan que la casa de Saúl, llamado Semeí, hijo de Guerá. Iba maldiciendo mientras avanzaba. Tiraba piedras a David y a todos los servidores del rey, mientras toda la gente y todos los servidores se colocaban a derecha e izquierda. Semeí decía maldiciendo: "Vete, vete, hombre sanguinario y malvado. Yahveh te devuelva toda la sangre de la casa de Saúl, cuyo reino usurpaste. Así Yahveh ha entregado tu reino en manos de Absalón tu hijo. Has caído en tu propia maldad, porque eres un hombre sanguinario."
Abisay, hijo de Sarvia, dijo al rey: "¿Por qué ha de maldecir este perro muerto a mi señor el rey? Voy ahora mismo y le corto la cabeza."
Respondió el rey: "¿Qué tengo yo con vosotros, hijos de Sarvia? Deja que maldiga, pues si Yahveh le ha dicho: "Maldice a David" ¿quién le puede decir: "Por qué haces esto?"
Y añadió David a Abisay y a todos sus siervos: "Mirad, mi hijo, salido de mis entrañas, busca mi muerte, pues ¿cuánto más ahora un benjaminita? Dejadle que maldiga, pues se lo ha mandado Yahveh. Acaso Yahveh mire mi aflicción y me devuelva Yahveh bien por las maldiciones de este día."
Y David y sus hombres prosiguieron su camino, mientras Semeí marchaba por el flanco de la montaña, paralelo a él; iba maldiciendo, tirando piedras y arrojando polvo.» (1Samuel 16,5-13)
Charlie Hebdo es también un instrumento de Dios para corrección nuestra, y si ocasionalmente no necesitamos la corrección, para cruz, que es lo que Cristo nos predijo. Yo desearía que nadie nos maldijera, desearía que supieran todos la maravilla que significa ser cristiano, la grandeza de nuestra fe, que ninguna de nuestras maldades empaña, sino que por el contrario, cuando no pecamos glorificamos a Cristo al reflejarlo, y cuando pecamos lo glorificamos, al obligarlo a su misericordia. Una vida sin la cercanía de Cristo la considero, para mí, irrespirable, y quisiera que todos tuvieran esa experiencia.
Pero una vida en Cristo es una gracia, y si aun no se le ha dado esa gracia a Charlie Hebdo, a sus miembros, a la sociedad en la que toda esa blasfemia es una expresión de humor, ¿quién soy yo para decir "por qué haces esto"?
En cuanto al deseo de gracia, a la inmersión en la profundidad de la desesperación humana, que se refleja en la blasfemia y el pavoneo autosuficiente de Charlie Hebdo, en cuanto al prometeismo de Occidente, tan cercano al deseo de Dios, también yo soy Charlie.


Nota: no me gusta reproducir blasfemias, pero para quienes quieran ver portadas de Charlie Hebdo, el blog "Todo era bueno" ha reproducido unas cuantas de la serie anticristiana.

domingo, 4 de enero de 2015

Buena apologética


La verdad es que no soy muy amigo de la apologética religiosa, y no porque no reconozca su utilidad, e incluso su necesidad, sino sobre todo porque se la ha bastardeado tanto, simplemente llevando y trayendo argumentos remanidos, y no pocas veces ridículos, que llega un momento en que el paladar se estraga, y termina rechazando incluso los alimentos más básicos.
Encontré, sin embargo, un video en internet de una defensa de la fe cristiana muy sólidamente expuesta, por el Profesor Dr. John Lennox, matemático de la Universidad de Oxford, donde están, a mi entender, los elementos fundamentales de una buena apologética.
Luego, la gracia en exponer los argumentos puede llegar más a uno que a otro, o incluso los presupuestos culturales pueden hacer que la mejor apologética del mundo no "toque" ni la mente ni el corazón del oyente, pero esos elementos fundamentales, sea como sea que se expongan, no deberían faltar nunca.
Esos elementos son, a mi juicio:

1- Exponer con tanta humildad como claridad el aspecto de la fe que se quiere defender: No basta con decir "creo en Dios", porque la palabra "dios" significa muchas cosas, y no todos entienden lo mismo cuando la pronuncian o la escuchan. En el video lo tenemos con toda concisión y a la vez transparentemente dicho:
"Creo en Dios. Creo en el Dios sobrenatural que creó los cielos y la tierra. Creo en un Dios que sostiene los cielos y la tierra en su existencia". Luego agregará más elementos a esa fe fundamental, en particular llegará a la cuestión del Dios personal, revelado en Cristo, pero es importante ponerse de acuerdo acerca de qué se está hablando.
Al dirigirse a un público culto, evita una formulación inadecuada y confusa como "Creo en el Dios que hizo los cielos y la tierra": ya habrá tiempo de hacer distinciones, pero el verbo "hacer" no es ya correcto para exponer la doctrina de la creación, y mucho menos cuando se va a confrontar racionalmente con doctrinas científicas; podría usarse en un sentido poético, y así puede entenderse cuando lo usa la Biblia, pero uno de los más grandes cuidados que debe tenerse en la apologética es el del lenguaje utilizado: que la necesidad de simplificar no nos lleve a la formulación errónea.
"Crear" tiene posiblemente un sentido distinto en el uso popular (donde se lo identifica con "hacer") que en el lenguaje teológico, por eso el Profesor acompaña la fórmula "el Dios sobrenatural que creó los cielos y la tierra" con "un Dios que sostiene los cielos y la tierra en su existencia", que resulta ser la explicación del verbo "crear". Podría aclararse más, y despejar equívocos con esa palabra, pero así como está es breve y absolutamente verdadera, ya vendrá luego la oportunidad de explayar.

2- Respetar a rajatabla el sitio en el que se está, la persona con la que se habla, y sus objeciones y creencias, aunque las consideremos erróneas. El objetivo de la apologética no es decir "mi verdad" para que me respeten a mí, ni convencer al otro para provocar en él una irreflexiva adhesión a mis argumentos. El objetivo de la apologética es, entiendo yo, remover en el otro los obstáculos intelectuales que le impiden considerar con total libertad la amplitud de la verdad. Pienso que (y esto lo veo muy bien expresado en el video) los creyentes tenemos una mirada mucho más amplia sobre las cosas que aquellos que no creen: se trata de ayudar a abrir ese campo, para muchos enteramente nuevo, si pudieran librarse de prejuicios culturales (a veces adquiridos gracias a nuestra negligencia, prepotencia e ignorancia, todo hay que decirlo).

3- Dentro de esa amplitud de mirada, un aspecto fundamental es que nuestra verdad incluye también lo de verdadero que hay en la postura del otro: la verdad, venga de donde venga, proviene del Espíritu Santo. En la apologética seria debe evitarse la confrontación futbolística. No se trata de equipos dialécticamente enfrentados, donde si el otro dice "blanco" yo quedo obligado a decir "negro". Por ejemplo, en ningún momento del video se dice que el evolucionismo sea un error, ¡porque no lo es! el evolucionismo no es lo contrario del creacionismo, aunque los fundamentalistas bíblicos norteamericanos -por falta de estudio y de muchas cosas más- así lo repitan. Hace 150 años los católicos mirábamos el evolucionismo con rechazo, luego estudiamos más a fondo, y pareció aceptable, luego, estudiada la cuestión más a fondo aun, se consiguió comprender la profunda compatibilidad entre la doctrina teológica de la creación, y la doctrina científica de la evolución. Hemos profundizado en la fe y ampliado la mirada, la apologética no tiene que caer de nuevo en la superficialidad de una dialéctica que no es nuestra: si los cientificistas ateos cren que hay que elegir entre evolución y creación, nuestra misión no es convencerlos de nada, sino ayudarlos a liberarse de ese prejuicio.

4- Evitar un innecesario biblicismo. La Biblia es el fundamento último de nuestra fe, puesto que se contiene en ella la Palabra de Dios; pero no es manjar fácil de digerir para quien no se mueve en un plano profundo del lenguaje de la fe. Una cita bíblica, en un público alejado de su ámbito, más puede oscurecer que aclarar, más puede cerrar la mente del otro, que ayudar a comprender. Eso no significa que la Biblia no deba estar presente, pero no es necesario -y puede ser contraproducente- pretender fundar explícitamente todo en ella.
El video es muy ilustrativo al respecto: citando el núcleo de su fe en la creación, citando las frases en los lemas de Oxford y Cambridge, en realidad ha citado la Biblia, pero lo ha hecho de manera indirecta, para reservar la mención directa de la Biblia para cuando sea oportuno hacerla (11 min) y en la referencia a una intensa experiencia personal.

5- El recurso a autoridades debe ser mesurado y pertinente, ceñido a las autoridades reconocibles por el otro. Que el Catecismo de la Iglesia Católica, o el Papa en tal encíclica diga esto o aquello puede ser mucha autoridad para mí, pero tiene valor cero para quien me escucha; son importantes, en cambio, los testimonios admisibles para el agonista. En el caso del video: Newton, Whitehead, Einstein, tienen mayor fuerza y peso que cualquier Padre de la Iglesia.

6- La fe es, como muy bien la caracteriza Paul Ricoeur, una "experiencia vivida". Aunque el apologeta se dirija a la comprensión racional del otro, aunque despliegue argumentos con una excelente base lógica, la dimensión de experiencia personal debe estar en primer plano: si no comprendo, no llegaré a creer, pero nadie conseguirá que comprenda si no es a partir de testimoniar lo que él mismo cree. Por eso nuestro Señor privilegió la vía del testimonio y no la de la demostración para que propaguemos la fe. En el video aparece el testimonio personal en el minuto cero, del momento en que comienza con la palabra "creo"; pero aun podría ser una fórmula y no un testimonio. Sin embargo ya en el minuto 1:32 el testimonio personal toma toda su fuerza y, por decirlo así, asume el control del discurso: "no me avergüenzo de ser científico y cristiano".

7- No tomar a la ligera las objeciones del que no puede creer, en particular, no rechazar la gran pregunta por el mal y la negatividad: quien objeta tiene razones poderosas para objetar. Y en último término la respuesta que Dios dio no fue con palabras, sino con la cruz.


martes, 23 de diciembre de 2014

Pecado y pecador


«No odiar a los hombres por los vicios y no amar a los vicios por los hombres» (Ps 138,28), así define san Agustín lo que él llama el "odio perfecto", que nunca puede dirigirse a una persona, sino sólo a sus pecados. La sentencia se ha hecho famosa, e incluso el propio san Agustín la dice de diversas maneras: «odiar el pecado, amar al pecador» es el modo como suele citarse.
Me da la impresión de que después de 300 años de cristianismo, los creyentes habían desarrollado en época de Agustín el mismo vicio con el que continuamos: creer que eran superiores a los demás, al mundo, a los pecadores, al paganismo circundante, en algo. San Agustín, dirigiéndose a esa catolicidad ensoberbecida, pagada de sí misma y olvidada del don, no se pone en la acera de enfrente, pero predica una y otra vez lo mismo: la gracia. Por pura gracia estamos salvados; mío: nada; de Cristo: todo. ¿Quién soy yo para juzgar a quién?
Me encanta, por ejemplo, este pasaje:
«En fin, el mismo Señor intercedió ante los hombres para que no fuese apedreada la adúltera: de ese modo nos recomendó el oficio de intercesores. La diferencia está en que El hizo con el terror lo que nosotros hacemos con una petición. Es que El era el Señor, y nosotros somos los siervos. De todos modos, El sembró el terror para que todos debamos temer. Porque ¿quién de nosotros está sin pecado? Cuando dijo a los que le traían a la pecadora para que la castigase que quien fuese consciente de estar sin pecado arrojase primero la piedra contra ella, se rindió la crueldad por el temor de la conciencia; se desvaneció toda aquella reunión y dejaron sola a la mísera con la Misericordia. Ríndase la piedad cristiana a esta sentencia, a la que se rindió la impiedad de los judíos; ríndase a ella la humildad de los seguidores, pues se rindió la soberbia de los perseguidores; ríndase la confesión de los fieles, pues se rindió el disimulo del tentador. Perdona a los malos, hombre bueno. Sé tanto más benigno cuanto eres mejor. Hazte tanto más humilde cuanto más te encumbras por el poder.» (Carta 153,11)
Y como éste tiene el santo de Hipona muchísimos otros pasajes. Por todas partes aflora en su obra enseñar al creyente a desear para el otro la misma misericordia que obtuvimos nosotros mismos y por lo cual somos creyentes, y a interceder ante Dios para que esa misericordia llegue al hermano cuanto antes mejor.

Andando el tiempo, la sentencia de san Agustín se invirtió: el santo enseñaba el odio al pecado y el amor al pecador, para insistir con el amor al pecador, para enseñar cómo amar en medio de la inevitabilidad del odio, nosotros la enseñamos para insistir en el odio al pecado: enseñamos a odiar a pesar del mandato del amor. Veamos con qué matiz distinto aparece esta misma sentencia en el catecismo de la Iglesia Católica. Viene hablando de la convivencia en la sociedad, del deber del cristiano de mirar al otro como prójimo, y dice:
«Este mismo deber se extiende a los que piensan y actúan diversamente de nosotros. La enseñanza de Cristo exige incluso el perdón de las ofensas. Extiende el mandamiento del amor que es el de la nueva ley a todos los enemigos (cf Mt 5, 43-44). La liberación en el espíritu del Evangelio es incompatible con el odio al enemigo en cuanto persona, pero no con el odio al mal que hace en cuanto enemigo.» (nº 1933)
Me llamó la atención la fórmula, que no calza bien en el contexto -no está hablando del pecado sino del pecador- y que además manifiesta la intención contraria a la de la fórmula agustiniana: cómo encontrar el subterfugio para seguir odiando, a pesar del evangelio. Y no se crea que esta inversión es un defecto de la traducción al español, habitualmente tan descuidada y pobre; no: está así en la formulación latina: hablando del pecador y cómo debemos amarlo, cierra el pensamiento enseñándonos qué cosa debemos seguir odiando y cómo hacerlo sin violar el evangelio... Esa sentencia no tiene allí contexto, no se está hablando de ello, si se quería hacer el distingo entre pecador y pecado, entonces debía hacerse en un párrafo aparte.

Y vemos que en general los católicos encontramos en la sentencia agustiniana el parapeto ideal para seguir ejercitándonos en el odio: no odiamos pecadores sino pecados, así mantenemos el "tuning", nos mantenemos en forma, sin violar el evangelio, que por suerte sólo nos prohíbe un odio, no todos... con san Agustín en la mano, hemos conseguido enmendarle la plana al santo, y hacer que en vez de predicarnos para que aprendiéramos a amar, nos ayudara a poder seguir odiando.

Porque el odio no es cosa sólo del objeto. Ya sé yo que no se puede amar la idolatría, la perversión, el crimen, el pecado. Todo eso es odioso, y es natural que el hombre que pretende pertenecer al círculo de la bondad divina lo odie: Dios mismo no ama todo aquello, que es no ser, vacío y oscuridad. Pero el odio es también cosa de quien odia, y mientras odiamos, aunque odiemos con justicia, y cumplamos en ello con el evangelio, estamos alimentando un espíritu de mal dentro nuestro. Es inevitable que odiemos, pero de ninguna manera tenemos que tratar de odiar, aunque nuestro odio sea justo; y mucho menos aprender qué cosas podemos continuar odiando, a pesar del evangelio. El odio, como auténtico mal espíritu, se reviste de ángel de luz, y nos tienta, no mostrándonos cosas prohibidas, sino cómo podemos perpetuar el propio odio en el mundo haciendo cosas permitidas, sin violar ningún precepto evangélico.

El mayor problema es que el consejo agustiniano nos viene muy bien, resuelve problemas concretos: sea una madre que tiene un hijo delincuente, ¿cómo continuar amando a ese hijo, sin ponerse del lado del delito? ama al pecador sin amar su pecado. Sea un mundo sumido en el mal obrar, ¿cómo continuar viviendo en él y amándolo lo suficiente como para desearle lo bueno? ama a cada uno de los pecadores que hay en él, sin amar su pecado. El consejo de Agustín no sólo es bueno, es que es necesario.

Pero en esos dos ejemplos se ve con claridad que cuando se ama al pecador sin amar su pecado una nota distingue al que ama: sufre por quien ama. La madre, por amar a su hijo y odiar el pecado de su hijo sufre, atrae sobre sí el dolor del pecado del hijo, y al hacerlo, de algún modo misterioso lo redime. Lo mismo puede decirse del pecado en el mundo: el mártir sufre por el mundo que lo está matando, y redime al mundo en la medida de su amor por el mundo (fruto misterioso de ese amor es la frecuente conversión de los perseguidores).
Lo que a mí me da la impresión (y esto sabrá cada uno, no puedo saberlo yo, es sólo una impresión) es que cuando en la vida corriente invocamos en la Iglesia el consejo agustiniano, no sufrimos por el pecador al que decimos amar; usamos la frase de san Agustín sólo como subterfugio. Vemos que, por ejemplo, en las páginas católicas se odia los pecados de esta época que nos tocó vivir, pero junto con ellos se odia también a los pecadores de esta época... ¿y cómo lo notamos? en que aunque nos reciten la frase agustiniana, no sufren con ellos ni por ellos (las páginas católicas son semejantes a las parroquias, pero más visibles, y en esa misma medida, más dañinas).

¿Pero debemos entonces integrar toda la lacra moderna en nuestra vida cristiana para mostrar que no odiamos a los pecadores? No, quizás el remedio sea simplemente dejar de ponernos en el lugar de Dios. Sea una familia, de la que somos el hermano "bueno", y sabemos que inevitablemente las obras del hermano "malo" llegarán a oídos del padre de la casa, ¿trataremos de que efectivamente lleguen? ¿trataremos de juzgar todo el tiempo a nuestro hermano, y proclamaremos en voz alta sus acciones cada día, para que sea claro quién es el malvado y cuán malvado es? ¿o si amamos realmente a nuestro hermano (aunque no a su maldad) trataremos de poner un "colchón" a sus acciones, para que el padre sufra lo menos posible, pero también el hijo malo permanezca en el círculo del amor del padre?
Cuando el episodio del becerro en Éxodo 32, Dios quiso destruir al pueblo pecador y contumaz, y ofreció a Moisés crearle un nuevo pueblo. Sin embargo Moisés (que estaba tan harto de los israelitas como el propio Dios) extremó los argumentos para obligar a Dios a reconsiderar su decisión:
«Entonces habló Yahveh a Moisés, y dijo: "¡Anda, baja! Porque tu pueblo, el que sacaste de la tierra de Egipto, ha pecado. Bien pronto se han apartado el camino que yo les había prescrito. Se han hecho un becerro fundido y se han postrado ante él; le han ofrecido sacrificios y han dicho: 'Este es tu Dios, Israel, el que te ha sacado de la tierra de Egipto.'"
Y dijo Yahveh a Moisés: "Ya veo que este pueblo es un pueblo de dura cerviz. Déjame ahora que se encienda mi ira contra ellos y los devore; de ti, en cambio, haré un gran pueblo."
Pero Moisés trató de aplacar a Yahveh su Dios, diciendo: "¿Por qué, oh Yahveh, ha de encenderse tu ira contra tu pueblo, el que tú sacaste de la tierra de Egipto con gran poder y mano fuerte? ¿Van a poder decir los egipcios: Por malicia los ha sacado, para matarlos en las montañas y exterminarlos de la faz de la tierra? Abandona el ardor de tu cólera y renuncia a lanzar el mal contra tu pueblo. Acuérdate de Abraham, de Isaac y de Israel, siervos tuyos, a los cuales juraste por ti mismo: Multiplicaré vuestra descendencia como las estrellas del cielo; toda esta tierra que os tengo prometida, la daré a vuestros descendientes, y ellos la poseerán como herencia para siempre."
Y Yahveh renunció a lanzar el mal con que había amenazado a su pueblo.» (Ex 32,7-14, hay otras intercesiones similares en Números y Deutreronomio)

Dios no necesita una Iglesia de gente que se adelanta a los sentimientos divinos y pretende obrar como Dios, juzgar como Dios, y condenar con la legitimidad de Dios. Primero que nada porque no somos Dios, y no lo sabemos hacer, y en segundo lugar porque para eso está Dios. Si creó una Iglesia es para continuar su obra redentora: si necesitaba enviarse como Hijo para poder rescatar, si no podía rescatarnos del pecado como Padre, sino sólo como Hijo, tal vez es porque en el misterio del pecado los hermanos que ahora somos cumplimos una función única e irremplazable, ¡que no estamos cumpliendo! No reemplazar al Padre sino ser ese hermano que apacigua la justa cólera del Padre. Como el mismo Agustín lo decía en la cita inicial: «nos recomendó el oficio de intercesores».

En cambio de eso hay ejércitos de cristianos defendiendo la pureza de los derechos divinos, no les importa si los hermanos por los que deben interceder se quedan sin sacramentos, se quedan en las tinieblas del mundo, desesperan o se escandalizan de no ser recibidos ni escuchados. Nosotros estamos dedicados a odiar el pecado, en vez de a lo que toca: amar al pecador e interceder por él.

De cada hombre que desespera de poder alcanzar la gracia a causa de nuestros estúpidos distingos teológicos se nos pedirá cuenta.

viernes, 19 de diciembre de 2014

Presunción o desesperación

Estaba leyendo en el blog Todo Era Bueno (TEB), como hago habitualmente, y un comentario de un lector me disparó una reflexión. El comentario decía:
«Yo un problema muy gordo que le veo al cristianismo que yo conozco es la cantidad de cristianos que creen que no necesitan sacramentos, sobre todo confesión. Porque, en lugar de considerarnos pecadores y sufridores de las consecuencias del pecado original y necesitar, por tanto, perdón de los pecados y reconciliación con Dios, pues consideramos que nuestro mal es fruto de las circunstancias sociales al más puro estilo del materialismo histórico. Como decía el bueno de Marx: "No es la conciencia del hombre la que determina su ser sino, por el contrario, el ser social es lo que determina su conciencia." Y por eso vemos obispos diciendo que lo mejor es que los divorciados adúlteros comulguen y otros desastres. Y claro, si no necesitamos conversión sino subsidios, pues... el cristianismo no vale para mucho, la verdad.» (user: quebellassontustiendas)

A decir verdad, mi reflexión se disparó muy pronto de ese comentario, y no digamos del tema principal del post... sin embargo se me unió al diálogo el P. Javier Vicens, con quien frecuentemente tenemos intercambios allí mismo, a partir de puntos de vista bastante disímiles.
El tema se fue profundizando y ramificando, y me resultaba vergonzoso ya utilizarle el blog a TEB para responder, así que traigo aquí toda la conversación, agrego un paso más, y si quiere D. Javier (o quien lo desee), podemos continuar.

Abel:
Ese que dijo que "los publicanos y prostitutas os precederán en el Reino", sin aclarar si tenían que dejar de serlo para preceder, seguramente era un populista, qué fácil es prometer utopías para ganarse al pueblito: "liberación a los cautivos...", "Yo os aliviaré..." ¡demagogo! 
Afortunadamente al Demagogo populista lo crucificaron, si no, no sé a dónde hubiéramos llegado... tras lo cual la paciente obra del Gran Inquisidor (en distintas versiones, pero idéntica pasión por la Verdad), año tras años ha conseguido poner un poco de orden en tanto revuelto que casi amenazaba con acabar con nuestra religión.
Lo importante ahora sería completar la obra, sacar del medio a toda la antiiglesia, a todos los pecadores que no consiguen dejar de serlo, a todos los manchados cuya mancha no se puede tapar ni dejar a cero; que se vayan, así no habrá salvación ni alegría de redimidos, ni segundas oportunidades, pero al menos sabremos quién es quién.

Javier:
Si Nuestro Señor, tan amable siempre, le dijo a la amable adultera que no pecase mas, me extrañaría que hubiera propuesto a las prostitutas como ejemplo a seguir sin hacer mención de su arrepentimiento. Herodes escuchaba con gusto a Juan -el bautizador- pero no se arrepentía de estar con la amable mujer de su hermano. Si Herodes se hubiera arrepentido, Jesus -Nuestro Señor- nos habría dicho: "hasta el mismo Herodes os precederá en en el Reino". 
Y perdonen las faltas de acentuación. Es que mi tablet -como los teólogos modernos- pone los acentos no según las reglas de acentuación sino siguiendo los impulsos de su noble corazón o, por decirlo al modo antiguo, a su albur.

Abel:
Lo interesante del relato de la adúltera es que muestra que Jesús daba con mucha facilidad y liberalidad cheques en blanco: "en adelante no peques más"... y nosotros convertimos esa afirmación en su contraria: "Jesús la perdonó A CONDICIÓN de que no pecara más". En realidad nadie sabe si la adúltera siguió pecando o no; ni siquiera es exactamente una condición, bien puede ser un consejo, o un deseo; y a la vista de nuestra naturaleza humana, podemos casi asegurar el resultado. 
Pero mientras tanto salió de la arena feliz con su cheque en blanco, y nadie le pudo quitar ese perdón ya dado de antemano, sin condiciones, sin racionalizaciones, y sin proporciones. 
Jesús predicó y enseñó cosas muy contrastantes, sobre la puerta angosta, pero también con la mano ancha, y cuando dijo el apotegma del camello por el ojo de la aguja y los discípulos sacaron la consecuencia lógica: "entonces ningún rico se puede salvar", les salió por la tangente: "no hay nada imposible para Dios". 
La verdad es que no termino de entender de dónde sacamos y justificamos este agobiante racionalismo que convierte una fe auténticamente liberadora en una religión como todas las demás, "y si no te gusta, vete". 
Luego al propio TEB le contraría un tanto que el Papa aparezca mencionado entre "los demás líderes religiosos"

Javier:
Más que dar cheques en blanco, tal como lo veo yo, Jesus pedía y pide cheques en blanco. Nunca -que yo sepa- dijo: "poned lo que queráis y yo lo firmo y os lo pago" Esa era la actitud de Herodes cuando había bebido más de la cuenta y se emocionaba con el baile de Salomé: "pídeme lo que quieras, la mitad de mi reino o la cabeza del bautizador, tan amable". Nuestro Señor no es Herodes. Lo que vino a decir y dice es, mas bien, "Firmadme un cheque en blanco y dejad que yo ponga la cantidad que me debéis. Todos me debéis mas de lo que podeis pagar pero no os preocupéis. Cualquier deuda reconocida será perdonada porque no he venido al mundo para cobrar deudas sino para perdonar deudas reconocidas".
El "yo confieso" es un cheque en blanco que firmamos en cada Misa confiando en Nuestro Señor Jesucristo que no pondrá ni mas ni menos de lo que le debemos. Una sola gota de su sangre puede librar al mundo entero de todos sus crímenes. Pero el mundo debe firmar algo así como un cheque en blanco o algo así como un reconocimiento de sus crímenes.

Abel:
Ya que estamos en el "tal como lo veo yo", te diría que estoy completamente de acuerdo con lo que dices excepto en un punto: puedo firmar el cheque en blanco, porque Él me lo firmó primero. 
Tú pones el acento en lo que el mundo (la comunidad, el individuo) DEBE hacer primero; lo que yo pienso es que lo bueno y saludable, lo mejor para el mundo y para cada hombre es llegar en algún momento, en esta vida o en la otra (que para algo creemos en el purgatorio) a reconocer los crímenes. Pero eso, que es lo bueno, lo saludable y la salvación, aunque quizás DEBERÍA reconocerlo primero, no PUEDE reconocerlo primero (yo no puedo, y por solidaridad de naturaleza, me atrevo a pensar que tú tampoco); así que se nos da un cheque en blanco, un perdón gratuito de manera absoluta, no relativa, sino absoluta, y gracias a ese perdón, y en la medida en que vamos penetrando en él, que vamos interiorizando ese perdón, que se van curando las heridas de nuestro corazón, nos vamos haciendo capaces (no nosotros a nosotros mismos, sino que ese perdón nos hace capaces) de salir de nuestro pecado. 
Eso tarda en unos lo que una confesión, en otros toda una vida, y otros necesitan un vida terrena + un plus de purgatorio... 
Por racionalizar esto y tomar el efecto como causa, es que convertimos nuestra fe en una máquina de desesperar pecadores: tú no vengas, tú no te acerques, tú no estás limpio, tú no crees lo suficientemente bien, tú no comprendes, tú no ves, tú no sabes, tú no vives, tú no alcanzas la contrición necesaria, tú no pones los medios para dejar de pecar... 
Pero en fin, es "como lo veo yo", así que no hace falta que me hagas más caso que el justito.

Javier:
Conste que sus puntos de vista me interesan muchísimo y que disfruto de lo lindo -y aprendo- leyendo su blog. No discuto la verdad -misteriosa- del perdón de Dios que precede a nuestro arrepentimiento: perdónalos, no saben lo que hacen. Y si, en efecto, nuestro arrepentimiento no es condición para su perdón, si (acento) que lo es para que su perdón nos salve: Dios que te creo (no sale el acento) sin ti, no te salvara (acento) sin ti. Tenemos ante los ojos a Uno que da su Vida por nosotros. Tenemos una vida para reconocer ese Amor. Se nos dice que no desesperemos y que -pase lo que pase- confiemos en ese Amor que siempre perdona. Pero también se nos dice: no tentaras (acento) al Señor. Y se nos advierte así tanto contra la desesperación como contra la presunción. Cierto que la Ley sin gracia es una carga que ni nuestros padres pudieron llevar ni podemos llevar nosotros. Pero no en vano el anuncio del Evangelio va unido a la llamada a la conversión. Podemos convertir nuestra fe en una maquina de desesperar o en una máquina de fabricar presunción. De todo se ha dado en la historia del cristianismo. Gracias por su atención.

Hasta aquí lo ya habido, en comentarios agregaré mi respuesta a esto último, y queda abierto para continuar.